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lunes, 27 de julio de 2009

¿Quién debe pagar la crisis? Por Sami Naïr

El gran poeta francés Edmond Jabès decía de la vida que pasa: "eso sigue su curso". Podemos decir lo mismo de la crisis mundial, y con el mismo tono desengañado y resignado. Porque aunque todo cambie rápidamente, nada cambia en profundidad. Los actores siguen siendo los mismos: los defensores del capital y los representantes de los asalariados. Y, en medio, está la gran e ingente masa de los que nada temen. Pero el debate sobre cómo salir de la crisis ya está en marcha, tanto en EE UU como en Europa, y todos deberán pagar algo. Queda aún por saber quién tiene que pasar primero por caja.

Si planteamos la cuestión de la responsabilidad de la crisis, sabemos quiénes son los culpables: mercados financieros, especuladores delincuentes, banqueros poco escrupulosos, dirigentes políticos cómplices, y partidos políticos que han avalado de hecho este capitalismo especulativo sin ley alguna. Éste es un capitalismo que en el fondo se opone radicalmente al gran capitalismo social basado en el equilibrio entre capital y trabajo, tal como funcionó desde finales de la II Guerra Mundial hasta principios de los ochenta del siglo XX.

La ley del nuevo sistema, que ha prevalecido desde entonces, es sencilla: exigencia de rentabilidad anual del capital totalmente irracional, a un nivel medio del 15% al 20%, y totalmente desconectada de la riqueza real de las empresas. Eso significa, pues, que el capital especulativo y el capital que se posee realmente están desconectados. Y, también, que se produce una sobreremuneración del capital. Pero este crecimiento de capital tenía que llegar de algún sitio. Llegará de la compresión de los sueldos que caracteriza a todas las economías desarrolladas desde principios de los años ochenta. Tanto en EE UU como en Europa, los salarios han evolucionado en realidad a la baja tendencial. Pero, ¿cómo mantener la actividad especulativa, a pesar de esta baja y con la consiguiente falta de ahorro interno? Con el endeudamiento de las hipotecas inmobiliarias. He ahí unos casos de manual: Estados Unidos, Reino Unido, Irlanda y España. Y, en todas partes, la carrera desenfrenada por obtener beneficios no basados en el trabajo ha fomentado la aparición de productos financieros tóxicos y el sobreendeudamiento de las familias en un contexto histórico mundial de deflación salarial. De ahí la crisis de las subprime, y la crisis financiera mundial.

Ahora bien, la falsedad de este sistema ha estallado hoy de verdad. Hemos pasado de una crisis de especulación financiera a una crisis económica, y de ésta a una recesión mundial. De ahí que aumente, y seguirá aumentando más aún, un desempleo masivo. ¿Cómo salir de esta situación?

Hay dos visiones: la de los responsables de la crisis y la de las víctimas. Los responsables mantienen el discurso de siempre: ¡que paguen los demás! Después de que los gobernantes hayan entregado millones de dólares, euros y yens a los bancos, ahora exigen éstos, con el Sr. Trichet y el BCE a la cabeza, que se realice una "reforma" del mercado laboral, es decir, que los sueldos se rebajen más aún, que se reduzcan las compensaciones de desempleo y que la precariedad laboral sea la regla. Resumiendo: que las víctimas paguen la crisis. Tras haberse opuesto en todo momento a una regulación de los mercados financieros, el sistema bancario nacional e internacional amenaza ahora a los Estados exigiéndoles que le rellenen sus arcas y, al mismo tiempo, que obliguen a los asalariados a aceptar los sacrificios que él mismo no quiere asumir de ninguna manera. En EE UU, una cuarta parte de los asalariados sufren ya las consecuencias de esta política desde que empezó la crisis. En España, las reivindicaciones de la CEOE, que los bancos apoyan, son de precisión quirúrgica: impugnar el coste de los despidos, reducir las cotizaciones sociales de las empresas, disminuir la indemnización de desempleo y, sobre todo, flexibilizar aún más el mercado de trabajo, aunque la Comisión Europea lleve años reprochándole a España sus sueldos excesivamente precarios. Los gobiernos están entre dos fuegos: el de los empresarios y los banqueros, a la ofensiva, y el de unos sindicatos que, todo hay que decirlo, están librando una batalla estrictamente defensiva.

¿Hay acaso otra solución? Sí que la hay, pero implica que cambiemos el curso de los acontecimientos. Que pongamos en marcha una reactivación económica distinta, que estimulemos el poder de compra aumentando los salarios, que garanticemos el crédito creando estructuras de garantía, que obliguemos a los bancos, con la presencia del Estado en sus consejos de administración, a invertir en proyectos sociales, etc. Pero cabe preguntarse: ¿son los asalariados capaces de imponer esta visión a los responsables de la crisis?


Fuente: ElPaís.com
Autor: Sami Naïr, (Tlemcen, Argelia, 23 de agosto de 1946) es un politólogo, filósofo, sociólogo y catedrático argelino nacionalizado francés, especialista en movimientos migratorios y creador del concepto de codesarrollo. Es una de las voces destacada del progresismo en Europa, asesor del gobierno de Lionel Jospin de 1997 a 1999 y europarlamentario hasta 2004, es vicepresidente desde 2001 del Mouvement des citoyens o Movimiento de los Ciudadanos.
Traducción: M. Sampons.
Viñeta: "Capitalismo" por Eneko / 20minutos.es

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miércoles, 1 de abril de 2009

La manera de no recuperarse. Por Joseph E. Stiglitz

Algunos pensaban que al elegir a Barack Obama todo cambiaría en Estados Unidos. Como no ha sido así, incluso después de que se aprobara una enorme ley de estímulo y se presentara un nuevo programa para solucionar el problema de la vivienda y diversos planes para estabilizar el sistema financiero, hay incluso quien empieza a culpar a Obama y a su equipo.

Sin embargo, Obama ha heredado una economía en caída libre y era imposible que cambiara la situación en el corto plazo transcurrido desde que ocupa el cargo. Meses antes de abandonar la Casa Blanca, el presidente Bush parecía un ciervo atrapado por los faros de un coche: paralizado e incapaz de hacer prácticamente nada. Es un alivio que por fin Estados Unidos tenga un presidente capaz de actuar, y lo que ha estado haciendo supondrá una gran diferencia.

Por desgracia, lo que está haciendo no basta. El plan de estímulo parece grande -más del 2% del PIB anual-, pero un tercio se va en reducciones de impuestos. Y dado que los estadounidenses afrontan deudas importantes, un desempleo en rápido crecimiento (con el peor sistema de compensación por desempleo de todos los países industrializados) y una caída de los precios bursátiles es probable que ahorren buena parte de esa reducción fiscal.

Casi la mitad del estímulo se limita a compensar el efecto de contracción de los recortes estatales. Los 50 Estados del país deben mantener un presupuesto equilibrado. Hace unos meses se calculaba que el déficit total ascendía a 150.000 millones de dólares; ahora la cifra debe de ser mucho mayor; de hecho, solamente el déficit de California alcanza ya los 40.000 millones de dólares.

Los ahorros de las familias empiezan por fin a crecer, lo cual es bueno para la salud de sus finanzas a largo plazo, pero desastroso para el crecimiento económico. Mientras tanto, la inversión y las exportaciones también están cayendo. Los estabilizadores automáticos de Estados Unidos -la progresividad de nuestros sistemas tributarios, la fortaleza de nuestro sistema de seguridad social- se han debilitado mucho, pero proporcionarán cierto estímulo, aunque el déficit presupuestario previsto se dispara hasta el 10% del PIB.

En resumidas cuentas, el estímulo robustecerá la economía estadounidense, pero probablemente no lo suficiente como para que vuelva a registrar un crecimiento fuerte. Ésta es una mala noticia también para el resto del mundo, porque una recuperación mundial fuerte necesita una economía estadounidense fuerte.

Sin embargo, los verdaderos fallos del programa de recuperación de Obama no radican en el plan de estímulo, sino en sus esfuerzos por revitalizar los mercados financieros. Los errores de Estados Unidos enseñan lecciones importantes a los demás países del mundo, que ahora tienen o tendrán problemas con sus bancos:

- Retrasar la reestructuración bancaria sale caro, tanto en lo que se refiere a los costes de los posibles rescates como a los daños que sufrirá la economía en general en el ínterin.

- A los Gobiernos no les gusta admitir los costes totales del problema, de modo que dan al sistema bancario lo justo para sobrevivir, pero no lo bastante como para devolverle la salud.

- La confianza es importante, pero debe cimentarse en unos fundamentos sólidos. Las medidas no deben basarse en la ficción de que se han hecho buenos préstamos, y que la sagacidad empresarial de los directivos y reguladores de los mercados financieros quedará confirmada una vez que se restaure la confianza.

- Es de esperar que los banqueros actúen en interés propio, sobre la base de los incentivos. Los incentivos perversos llevaron a asumir riesgos excesivos y los bancos que están a punto de hundirse, pero son demasiado grandes como para quebrar, volverán a asumir todavía más. Sabiendo que el Gobierno recogerá los pedazos si hace falta, pospondrán la concesión de hipotecas y pagarán miles de millones en primas y dividendos.

- Socializar las pérdidas y privatizar los beneficios es más preocupante que las consecuencias de nacionalizar los bancos. El trato se vuelve cada vez peor para los contribuyentes estadounidenses. En la primera ronda de inyecciones de efectivo obtuvieron aproximadamente 0,67 dólares en activos por cada dólar que pusieron (aunque los activos estaban casi con seguridad sobrevalorados y su valor cayó enseguida). Pero con las últimas inyecciones de efectivo se calcula que los estadounidenses reciben 0,25 dólares, o menos, por cada dólar que ponen. Malas condiciones significan una gran deuda nacional en el futuro. Una de las razones por las que posiblemente estamos obteniendo malas condiciones es que si obtuviésemos un valor justo por nuestro dinero, a estas alturas seríamos el accionista mayoritario de al menos uno de los grandes bancos.

- No confundamos salvar a los banqueros y a los accionistas con salvar a los bancos. Estados Unidos podía haber salvado a los bancos, y haberse olvidado de los accionistas, por mucho menos de lo que ha gastado.

- La economía de la filtración de la riqueza casi nunca funciona. Dar dinero a los bancos no ha ayudado a los propietarios de viviendas: cada vez hay más desahucios. Permitir que AIG quebrase tal vez habría perjudicado a algunas instituciones importantes para el sistema, pero lidiar con eso habría sido mejor que apostar más de 150.000 millones de dólares y esperar que parte de ellos vayan a parar donde hacen falta.

- La falta de transparencia metió al sistema financiero estadounidense en este lío. La falta de transparencia no lo sacará de él. El Gobierno de Obama promete cargar con las pérdidas para convencer a los fondos especulativos (hedge funds) y a otros inversores privados de que compren los activos incobrables de los bancos. Pero esto no establecerá "precios de mercado", como afirma la Administración. Si el Gobierno asume las pérdidas, los precios se distorsionan. Los bancos ya han incurrido en pérdidas y ahora sus beneficios deben producirse a expensas del contribuyente. Introducir a los hedge funds como terceras partes no hará sino aumentar el coste.

Más vale mirar hacia delante que hacia atrás, centrarse en reducir el riesgo de los nuevos préstamos y garantizar que los fondos crean nueva capacidad de préstamo. Agua pasada no mueve molino. Como punto de referencia, por cada 700.000 millones de dólares proporcionados a un banco nuevo, apalancado en una proporción de 10 a 1, se podrían haber financiado siete billones de nuevos préstamos.

El momento de creer que se puede crear algo de la nada debería estar superado. Las respuestas miopes de los políticos -que esperan salir del paso con un trato lo suficientemente pequeño como para agradar a los contribuyentes y lo suficientemente grande como para agradar a los bancos- no hacen más que prolongar el problema. Nos espera un punto muerto. Hará falta más dinero, pero los estadounidenses no están de humor para aportarlo, o, desde luego, no con las condiciones vistas hasta ahora. El pozo de dinero podría estar secándose y con él, quizá, también el optimismo y la esperanza legendarios de Estados Unidos.

Fuente: El País.com / © Project Syndicate, 2009.
Autor: Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001, es coautor, junto a Linda Bilmes, de The three trillion dollar war: the true costs of the Iraq conflict.
Traducción: News Clips.
Viñeta: Eneko / 20minutos.es

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domingo, 22 de febrero de 2009

¿Quién pagará la crisis? Por Sami Naïr

¿Quién pagará las consecuencias de la crisis? No es una pregunta abstracta, sino central. Conocemos a los culpables de la crisis: mercados financieros ultraespeculativos en los que manipuladores sin escrúpulos y accionistas codiciosos invierten con frecuencia, banqueros sospechosos, que son minoría en el oficio pero que le causan un gran daño, un sistema monetario desconectado de la actividad productiva, etc. Quienes tenían un sentido mínimamente realista de la economía sabían desde hacía tiempo que este sistema iba a reventar. ¿Pero quién les escuchó? Ya se anuncia en todo el mundo uno de los mayores signos del paso de la recesión a la depresión: el aumento de las reivindicaciones salariales y de la pobreza. ¿Qué hacer con este sistema que ha provocado el caos, después de haber pretendido ser en estos últimos decenios el mejor y el único? Hay varias propuestas y una tendencia de fondo que se perfila.

De acuerdo con estas propuestas, unos dicen que hay que restablecer el vínculo entre la producción y los mercados financieros para evitar las huidas especulativas. Son los de la escuela de la racionalización y del buen sentido. Otros creen que esta crisis pasará rápidamente pero que hay que aprovechar el momento para instaurar reglas éticas con el fin de perseguir a los tramposos. Estos pertenecen a la escuela de los ingenuos. Otros, más numerosos y más rigurosos, llaman a instaurar reglas draconianas para encuadrar el mercado y proteger el interés general. Están, por último, quienes defienden dos posiciones simétricas pero totalmente opuestas. Por un lado, los que dicen que la crisis es debida al intervencionismo estatal. Éste es el punto de vista surrealista de algunos banqueros y de los herederos de Margaret Thatcher. Y, por el otro, los que sostienen que el sistema capitalista ha fallecido de muerte natural, y que hace falta una salida hacia un nuevo sistema económico, ecológico y duradero.

Estas posturas diversas pueden coincidir y mezclarse a veces, aunque definen bien el campo de posibilidades actual. La única certeza que tenemos es que no sabemos adónde vamos, y que las elites políticas se muestran incapaces de hacer otra cosa que no sea gobernar a ojo. Impotencia tanto más angustiosa en cuanto la actual tendencia de fondo prepara un cruel porvenir para los más débiles. Porque el dinero que reparte el Estado en forma de recapitalización de los bancos aparentemente no sirve para atajar la crisis. Los bancos no dan préstamos ni a las pequeñas ni a las medianas empresas, las cuales podrían crear empleos, ni a los particulares, quienes podrían relanzar la máquina productiva con el consumo. De ahí a suponer que aquéllos se sirven en realidad del dinero de los contribuyentes para reflotar sus propias capacidades competenciales, sólo hay un paso...

Naturalmente la única manera de evitar esta cínica manipulación sería que, a cambio de su ayuda, el Estado pidiera estar en los consejos de administración de estas instituciones para controlar el uso del dinero prestado. E incluso, en el caso de los bancos y las agencias más vulnerables, nacionalizarlas, perspectiva que muchos se plantean seriamente en EE UU y Reino Unido.

Los mercados financieros, que son los responsables de la crisis, quieren, sin embargo, una mayor "flexibilidad " del mercado laboral, lo que ante todo significa el derecho a contratar y despedir a su gusto, luego recortar los derechos sociales, y finalmente bajar los salarios en un contexto de escasez de empleo y de fuerte competencia entre los asalariados. En definitiva, las recetas ultraliberales de la escuela de Milton Friedman que prevalecían bajo el régimen de Pinochet, y que existen hoy en muchos sectores de actividad en China. Naturalmente, semejante terapia lleva inevitablemente a la explosión social. La Organización Internacional del Trabajo prevé en su último informe, cerca de 240 millones de desempleados en 2009, es decir, 51 millones más que en 2007, lo que llevará a un incremento de la pobreza. El mismo informe sostiene que España será la más afectada en Europa, ya que su tasa de desempleo podría pasar del 11,3 % a más del 16 %.

Es probable que estemos en el ojo del huracán, pero lo peor está aún por llegar. ¿Cuánto tiempo durará esto? Nadie lo sabe. La reunión del G20 prevista en Londres a principios de abril debería ofrecer pistas sobre los caminos a seguir. Pero está claro que no se podrá salir de la crisis sólo en detrimento de las clases asalariadas. Lo que es seguro, en cambio, es que si los gobiernos, a expensas del interés general, toman de manera conjunta y coordinada las decisiones impuestas a regañadientes, las calles se llenarán de manifestantes y eso, sea cual sea el resultado de las elecciones.

Fuente: ElPaís.com
Autor: Sami Naïr, (Tlemcen, Argelia, 23 de agosto de 1946) es un politólogo, filósofo, sociólogo y catedrático argelino nacionalizado francés, especialista en movimientos migratorios y creador del concepto de codesarrollo. Es una de las voces destacada del progresismo en Europa, asesor del gobierno de Lionel Jospin de 1997 a 1999 y europarlamentario hasta 2004, es vicepresidente desde 2001 del Mouvement des citoyens o Movimiento de los Ciudadanos.
Traduccion: M. Sampons.
Viñeta: Eneko / 20minutos.es

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