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miércoles, 1 de abril de 2009

La manera de no recuperarse. Por Joseph E. Stiglitz

Algunos pensaban que al elegir a Barack Obama todo cambiaría en Estados Unidos. Como no ha sido así, incluso después de que se aprobara una enorme ley de estímulo y se presentara un nuevo programa para solucionar el problema de la vivienda y diversos planes para estabilizar el sistema financiero, hay incluso quien empieza a culpar a Obama y a su equipo.

Sin embargo, Obama ha heredado una economía en caída libre y era imposible que cambiara la situación en el corto plazo transcurrido desde que ocupa el cargo. Meses antes de abandonar la Casa Blanca, el presidente Bush parecía un ciervo atrapado por los faros de un coche: paralizado e incapaz de hacer prácticamente nada. Es un alivio que por fin Estados Unidos tenga un presidente capaz de actuar, y lo que ha estado haciendo supondrá una gran diferencia.

Por desgracia, lo que está haciendo no basta. El plan de estímulo parece grande -más del 2% del PIB anual-, pero un tercio se va en reducciones de impuestos. Y dado que los estadounidenses afrontan deudas importantes, un desempleo en rápido crecimiento (con el peor sistema de compensación por desempleo de todos los países industrializados) y una caída de los precios bursátiles es probable que ahorren buena parte de esa reducción fiscal.

Casi la mitad del estímulo se limita a compensar el efecto de contracción de los recortes estatales. Los 50 Estados del país deben mantener un presupuesto equilibrado. Hace unos meses se calculaba que el déficit total ascendía a 150.000 millones de dólares; ahora la cifra debe de ser mucho mayor; de hecho, solamente el déficit de California alcanza ya los 40.000 millones de dólares.

Los ahorros de las familias empiezan por fin a crecer, lo cual es bueno para la salud de sus finanzas a largo plazo, pero desastroso para el crecimiento económico. Mientras tanto, la inversión y las exportaciones también están cayendo. Los estabilizadores automáticos de Estados Unidos -la progresividad de nuestros sistemas tributarios, la fortaleza de nuestro sistema de seguridad social- se han debilitado mucho, pero proporcionarán cierto estímulo, aunque el déficit presupuestario previsto se dispara hasta el 10% del PIB.

En resumidas cuentas, el estímulo robustecerá la economía estadounidense, pero probablemente no lo suficiente como para que vuelva a registrar un crecimiento fuerte. Ésta es una mala noticia también para el resto del mundo, porque una recuperación mundial fuerte necesita una economía estadounidense fuerte.

Sin embargo, los verdaderos fallos del programa de recuperación de Obama no radican en el plan de estímulo, sino en sus esfuerzos por revitalizar los mercados financieros. Los errores de Estados Unidos enseñan lecciones importantes a los demás países del mundo, que ahora tienen o tendrán problemas con sus bancos:

- Retrasar la reestructuración bancaria sale caro, tanto en lo que se refiere a los costes de los posibles rescates como a los daños que sufrirá la economía en general en el ínterin.

- A los Gobiernos no les gusta admitir los costes totales del problema, de modo que dan al sistema bancario lo justo para sobrevivir, pero no lo bastante como para devolverle la salud.

- La confianza es importante, pero debe cimentarse en unos fundamentos sólidos. Las medidas no deben basarse en la ficción de que se han hecho buenos préstamos, y que la sagacidad empresarial de los directivos y reguladores de los mercados financieros quedará confirmada una vez que se restaure la confianza.

- Es de esperar que los banqueros actúen en interés propio, sobre la base de los incentivos. Los incentivos perversos llevaron a asumir riesgos excesivos y los bancos que están a punto de hundirse, pero son demasiado grandes como para quebrar, volverán a asumir todavía más. Sabiendo que el Gobierno recogerá los pedazos si hace falta, pospondrán la concesión de hipotecas y pagarán miles de millones en primas y dividendos.

- Socializar las pérdidas y privatizar los beneficios es más preocupante que las consecuencias de nacionalizar los bancos. El trato se vuelve cada vez peor para los contribuyentes estadounidenses. En la primera ronda de inyecciones de efectivo obtuvieron aproximadamente 0,67 dólares en activos por cada dólar que pusieron (aunque los activos estaban casi con seguridad sobrevalorados y su valor cayó enseguida). Pero con las últimas inyecciones de efectivo se calcula que los estadounidenses reciben 0,25 dólares, o menos, por cada dólar que ponen. Malas condiciones significan una gran deuda nacional en el futuro. Una de las razones por las que posiblemente estamos obteniendo malas condiciones es que si obtuviésemos un valor justo por nuestro dinero, a estas alturas seríamos el accionista mayoritario de al menos uno de los grandes bancos.

- No confundamos salvar a los banqueros y a los accionistas con salvar a los bancos. Estados Unidos podía haber salvado a los bancos, y haberse olvidado de los accionistas, por mucho menos de lo que ha gastado.

- La economía de la filtración de la riqueza casi nunca funciona. Dar dinero a los bancos no ha ayudado a los propietarios de viviendas: cada vez hay más desahucios. Permitir que AIG quebrase tal vez habría perjudicado a algunas instituciones importantes para el sistema, pero lidiar con eso habría sido mejor que apostar más de 150.000 millones de dólares y esperar que parte de ellos vayan a parar donde hacen falta.

- La falta de transparencia metió al sistema financiero estadounidense en este lío. La falta de transparencia no lo sacará de él. El Gobierno de Obama promete cargar con las pérdidas para convencer a los fondos especulativos (hedge funds) y a otros inversores privados de que compren los activos incobrables de los bancos. Pero esto no establecerá "precios de mercado", como afirma la Administración. Si el Gobierno asume las pérdidas, los precios se distorsionan. Los bancos ya han incurrido en pérdidas y ahora sus beneficios deben producirse a expensas del contribuyente. Introducir a los hedge funds como terceras partes no hará sino aumentar el coste.

Más vale mirar hacia delante que hacia atrás, centrarse en reducir el riesgo de los nuevos préstamos y garantizar que los fondos crean nueva capacidad de préstamo. Agua pasada no mueve molino. Como punto de referencia, por cada 700.000 millones de dólares proporcionados a un banco nuevo, apalancado en una proporción de 10 a 1, se podrían haber financiado siete billones de nuevos préstamos.

El momento de creer que se puede crear algo de la nada debería estar superado. Las respuestas miopes de los políticos -que esperan salir del paso con un trato lo suficientemente pequeño como para agradar a los contribuyentes y lo suficientemente grande como para agradar a los bancos- no hacen más que prolongar el problema. Nos espera un punto muerto. Hará falta más dinero, pero los estadounidenses no están de humor para aportarlo, o, desde luego, no con las condiciones vistas hasta ahora. El pozo de dinero podría estar secándose y con él, quizá, también el optimismo y la esperanza legendarios de Estados Unidos.

Fuente: El País.com / © Project Syndicate, 2009.
Autor: Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001, es coautor, junto a Linda Bilmes, de The three trillion dollar war: the true costs of the Iraq conflict.
Traducción: News Clips.
Viñeta: Eneko / 20minutos.es

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domingo, 25 de enero de 2009

El camino escabroso hacia la recuperación. Por Joseph E. Stiglitz

Hoy existe un consenso de que la recesión de Estados Unidos -que ya lleva un año- probablemente sea extensa y profunda, y que casi todos los países se verán afectados. Siempre pensé que la noción de que lo que sucediera en Estados Unidos estaría desacoplado del resto del mundo era un mito. Los acontecimientos lo están confirmando.

Afortunadamente, Estados Unidos por fin tiene un presidente que de alguna manera entiende la naturaleza y la gravedad del problema y que se comprometió a implementar un fuerte programa de estímulo. Esto, junto con la acción concertada de los Gobiernos en otras partes, hará que la depresión sea menos severa de lo que sería si no fuera así.

La Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), que ayudó a crear los problemas mediante una combinación de liquidez excesiva y regulación laxa, intenta enmendar las cosas inundando la economía de liquidez -una medida que, en el mejor de los casos, simplemente impidió que las cosas fueran peor de lo que son-. No sorprende que quienes ayudaron a crear los problemas y no vieron venir el desastre no hicieran un buen trabajo a la hora de resolverlo. Por ahora, ya está establecida la dinámica de la caída y las cosas se pondrán peor, no mejor.

De alguna manera, la Fed se parece a un conductor ebrio que, al darse cuenta de repente de que se está saliendo del camino, empieza a conducir alocadamente de un lado a otro de la ruta. La respuesta a la falta de liquidez es cada vez más liquidez. Cuando la economía empiece a recuperarse y los bancos comiencen a prestar, ¿podrán drenar suavemente la liquidez del sistema? ¿Estados Unidos se enfrentará a un brote de inflación? ¿O, más probablemente, en otro momento de exceso, la Reserva Federal reaccionará exageradamente, cortando la recuperación de raíz? En vistas del trazo confuso exhibido hasta ahora, no podemos tener mucha confianza en lo que nos aguarda.

Aún así, no estoy seguro de que haya un reconocimiento suficiente de algunos de los problemas subyacentes que enfrenta la economía global, sin el cual la recesión global actual quizá no dé lugar a un crecimiento robusto -no importa el buen trabajo que realice la Fed.

Durante mucho tiempo, Estados Unidos desempeñó un papel importante a la hora de mantener en funcionamiento la economía global. El libertinaje de Estados Unidos -el hecho de que el país más rico del mundo no pudiera vivir con sus propios medios- fue muchas veces criticado. Pero tal vez el mundo debería estar agradecido, porque sin el libertinaje norteamericano, la demanda agregada global habría sido insuficiente. En el pasado, los países en desarrollo cumplían este papel a través de un déficit comercial y fiscal. Pero pagaron un precio alto, y ahora están de moda la responsabilidad fiscal y las políticas monetarias conservadoras.

De hecho, muchos países en desarrollo, temerosos de perder su soberanía económica en manos del FMI -como ocurrió durante la crisis financiera asiática de 1997-, acumularon cientos de miles de millones de dólares en reservas. El dinero que se dedica a reservas es ingreso que no se gasta.

Es más, la creciente desigualdad en la mayoría de los países del mundo implicó que el dinero pasó de quienes estaban dispuestos a gastarlo a quienes están tan bien que, por más que lo intenten, no pueden gastarlo todo.

El apetito interminable de petróleo del mundo, más allá de su capacidad o voluntad para producirlo, aportó un tercer factor. Los crecientes precios del petróleo transfirieron dinero a los países ricos en petróleo, contribuyendo nuevamente a la inundación de liquidez. Si bien por ahora se desinflaron los precios del petróleo, una recuperación robusta haría que se dispararan otra vez.

Durante un tiempo, la gente hablaba casi favorablemente de la inundación de liquidez. Pero esto sólo fue la otra cara de lo que había preocupado a Keynes -una insuficiente demanda agregada global-. La búsqueda de retornos contribuyó al apalancamiento y a la aceptación imprudente de riesgos subyacentes a esta crisis.

El Gobierno de Estados Unidos, durante un tiempo, compensará el ahorro creciente de los consumidores norteamericanos. Pero si los consumidores de Estados Unidos pasan de un nivel prácticamente cero de ahorro como tenían a un modesto 4% o 5% del PBI, entonces el efecto desalentador sobre la demanda (además del que resulte de las caídas en la inversión, las exportaciones y los gastos de los Gobiernos estatales y locales) no se verá plenamente compensado ni siquiera por los programas más grandes de gasto del Gobierno. En dos años, los Gobiernos, conscientes de los gigantescos aumentos de la carga de la deuda como resultado de los megarrescates y los asombrosos déficits, se verán presionados a arrojar excedentes primarios (donde el gasto del Gobierno neto de pagos de intereses es menor que los ingresos).

Hace pocos años se le tenía miedo al riesgo de un desdoblamiento desordenado de los "desequilibrios globales". La crisis actual puede ser vista como parte de eso, pero es poco lo que se está haciendo respecto de los problemas subyacentes que dieron origen a esos desequilibrios. No sólo necesitamos estímulos temporales, sino soluciones a más largo plazo. No es que exista una escasez de necesidades; es sólo que quienes podrían satisfacer esas necesidades tienen una escasez de fondos.

Primero: necesitamos revertir las tendencias preocupantes de una creciente desigualdad. Una carga tributaria más progresiva sobre los ingresos también ayudará a estabilizar la economía a través de lo que los economistas llaman "estabilizadores automáticos". También ayudaría si los países desarrollados avanzados cumplieran con sus compromisos de ayudar a los más pobres del mundo aumentando sus presupuestos de ayuda exterior al 0,7% del PBI.

Segundo: el mundo necesita enormes inversiones si ha de responder a los desafíos del calentamiento global. Los sistemas de transporte y los patrones de vida deben cambiarse drásticamente.

Tercero: se necesita un sistema de reservas global. Tiene poco sentido que los países más pobres del mundo les presten dinero a los más ricos a tasas de interés bajas. El sistema es inestable. El sistema de reservas en dólares está deshilachándose, pero probablemente sea reemplazado por un sistema dólar/euro o dólar/euro/yen que es incluso más inestable. Las emisiones anuales de una moneda de reserva global (lo que Keynes llamaba Bancor o el Fondo Monetario Internacional llama DEG) podrían ayudar a estimular la demanda agregada global, y utilizarse para promover el desarrollo y encarar los problemas del calentamiento global.

Este ejercicio será lúgubre. El interrogante que necesitamos formularnos ahora es: ¿cómo podemos mejorar las posibilidades de que finalmente logremos una recuperación robusta?

Fuente: El País.com
Autor: Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001, es coautor, junto a Linda Bilmes, de The three trillion dollar war: the true costs of the Iraq conflict. © Project Syndicate, 2008.
Traducción: Claudia Martínez Joseph

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lunes, 10 de noviembre de 2008

EL SIGUIENTE BRETTON WOODS. Por Joseph E. Stiglitz

El mundo está cayendo en una grave desaceleración mundial, probablemente la peor del último cuarto de siglo, quizá incluso la peor desde la Gran Depresión de 1929. Una crisis que, en más de un sentido, es made in USA, fabricada en Estados Unidos.

Estados Unidos exportó sus hipotecas tóxicas al resto del mundo en forma de títulos respaldados por activos. Exportó su filosofía desreguladora del mercado libre, algo que ahora hasta Alan Greenspan, su sumo sacerdote, admite que fue un error. Exportó su cultura de irresponsabilidad empresarial y la opaca práctica de las opciones de compra de acciones, que fomentan esa mala contabilidad que, al igual que ocurrió en los escándalos de Enron y Worldcom hace unos pocos años, tan importante ha sido en este descalabro. Como colofón, EE UU ha exportado su desaceleración económica.

La Administración de Bush ha acabado haciendo lo que todos los economistas le instaban a hacer: inyectar más liquidez en los bancos. Sin embargo, como siempre, el problema está en los detalles, y puede que el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, haya logrado incluso echar por tierra esta buena idea, ya que parece haber concebido una recapitalización bancaria que no va a producir la reactivación del crédito, algo que no sería nada bueno para la economía.

Más importancia tiene aún que las condiciones impuestas por Paulson a los bancos estadounidenses receptores de capital sean mucho peores que las dictadas por el primer ministro británico Gordon Brown (por no hablar de las que consiguió Warren Buffett cuando proporcionó mucho menos dinero a Goldman Sachs, el banco de inversión más sólido de EE UU). Los precios de las acciones demuestran que, para los inversores, éste ha sido un acuerdo excelente.

Una de las razones para preocuparse por el mal acuerdo que se ha ofrecido a los contribuyentes estadounidenses es la deuda nacional que se nos viene encima. Antes incluso de esta crisis financiera, estaba previsto que el endeudamiento de EE UU pasara de 5,7 billones de dólares en 2001 a más de 9 billones este año. Por sí sola, la deuda del presente año se acercará al medio billón, y la del año próximo, al acentuarse la desaceleración en Estados Unidos, será todavía mayor. El país necesita un gran paquete de medidas de estímulo. Pero los conservadores fiscales de Wall Street (sí, los mismos que nos han conducido a este bajón) ahora pedirán que se modere el déficit (lo cual nos recuerda a Andrew Mellon en la Gran Depresión de 1929).

Podemos decir que la crisis se ha extendido a los mercados emergentes y a los países menosdesarrollados. Por curioso que parezca, Estados Unidos, pese a todos sus problemas, sigue considerándose el lugar más seguro para depositar el dinero. Supongo que no es muy sorprendente, ya que, con todo, el aval del Gobierno de EE UU tiene más credibilidad que el de un país del Tercer Mundo.

Mientras Estados Unidos rebaña los ahorros del mundo para solucionar sus problemas, las primas de riesgo se disparan y, por todas partes, la renta, el comercio y los precios de las materias primas se hunden. Los países en vías de desarrollo van a pasarlo mal. Probablemente algunos vayan a sufrir más que otros: los que ya antes de que arreciara la crisis tenían un considerable déficit comercial, los que debían refinanciar una deuda nacional y los que mantenían vínculos comerciales estrechos con Estados Unidos. Los países que, como China, no han liberalizado del todo sus mercados financieros y de capital, se congratularán de no haber cedido ante Paulson y el Tesoro estadounidense, que les conminaban a hacerlo.

Muchos están pidiendo ayuda ya al Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo que se teme es que, al menos en ciertos casos, el FMI retome sus antiguas y fallidas recetas, basadas en una contracción fiscal y monetaria que no hará más que incrementar la injusticia en el mundo. Aunque los países desarrollados apliquen políticas estabilizadoras anticíclicas, los que están en vías de desarrollo se verán obligados a tomar otras de carácter desestabilizador que alejarán el capital cuando más lo necesitan.

Hace diez años, en la época de la crisis asiática, se habló mucho de la necesidad de reformar la arquitectura financiera mundial. Es evidente que se hizo poco, demasiado poco. En esa época, muchos pensaban que lo que de verdad buscaban esos nobles llamamientos era impedir una auténtica reforma: los que se habían beneficiado del sistema anterior sabían que la crisis pasaría y, con ella, las demandas de reforma. No podemos permitir que eso vuelva a ocurrir.

Quizá estemos de nuevo ante una situación como la de Bretton Woods. Las antiguas instituciones han reconocido que la reforma es necesaria, pero se mueven tan lentas como los glaciares. No hicieron nada por impedir la crisis actual y preocupa que no sean capaces de reaccionar eficazmente ahora que arrecia.

Tuvieron que pasar 15 años y una guerra mundial para que el mundo se reuniera a abordar las debilidades del sistema financiero común que contribuyó a la Gran Depresión de 1929. Esperemos que en esta ocasión no nos cueste tanto tiempo, ya que, dado el grado de interdependencia global, simplemente los costes serían demasiado elevados.

Sin embargo, mientras que el antiguo Bretton Woods lo dominaron Estados Unidos y Gran Bretaña, el panorama global actual es notablemente distinto. De igual manera, las antiguas instituciones de Bretton Woods acabaron definiéndose a partir de un conjunto de doctrinas económicas que ahora se han revelado fallidas, no sólo en los países en vías de desarrollo, sino en el propio núcleo del capitalismo. La inminente cumbre mundial, para conducir realmente a la creación de un orden financiero más estable y equitativo, deberá enfrentarse a estas nuevas realidades.

Fuente: El País.com
Autor: Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001, es coautor, junto a Linda Bilmes, de The three trillion dollar war: the true costs of the Iraq conflict. © Project Syndicate, 2008. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

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lunes, 22 de septiembre de 2008

"ESTO SOLO ES EL PRINCIPIO DE LA CRISIS": Joseph Stiglitz, Nobel de economía.

El paquete de intervención a gran escala en los mercados anunciado por el Gobierno de EEUU está desatinado, pues no responde directamente a la crisis inmobiliaria, la raíz del problema, según el Nobel de economía Joseph Stiglitz, para quien "esto sólo es el principio de la crisis".

Los mercados han recibido con exuberancia el anuncio de una intervención de cientos de miles de millones de dólares, pero Stiglitz dijo en una entrevista con EFE que el ciudadano común debería estar muy preocupado, pues el país, a su juicio, está al borde de la recesión.

"Deuda tóxica"

En lugar de comprar la deuda "tóxica" de los bancos, que nadie quiere, el Gobierno debería conseguir la renegociación de las hipotecas de las personas que están con el agua al cuello, dijo.

Stiglitz cree que la crisis es una consecuencia de la "mala gestión" de la administración republicana y de la Reserva Federal, que no supervisó debidamente el sistema financiero y emborrachó a Wall Street con liquidez antes de la crisis.

También la vincula con Irak, que es "La guerra de los tres billones de dólares", según reza el título de su último libro, en el que da una estimativa "conservadora", según él, del costo del conflicto para Estados Unidos.

Stiglitz

Stiglitz, quien recibió el Nobel en 2001 y ahora es profesor en la Universidad de Columbia, habla desde el bando demócrata y con conocimiento de los entresijos del Gobierno, pues fue el principal consejero económico de Bill Clinton cuando era presidente.

Actualmente asesora a Barack Obama, el candidato presidencial demócrata, pero en la entrevista dijo hablar en nombre propio.

¿Qué opina del programa de intervención en los mercados financieros anunciado por el Gobierno de EEUU?

Stiglitz: Creo que ni es suficiente, ni se ha hecho de forma correcta, ni aborda el problema fundamental, que es la gran cantidad de ejecuciones de hipotecas. El sistema se está desangrando por el peso de la deuda y parte de esa deuda se debe a la guerra en Irak.

¿Usted ve un vínculo directo entre ese conflicto y la crisis financiera?

Stiglitz: La guerra ha contribuido al debilitamiento de la economía. En el 2008-2009 está previsto que tengamos el mayor déficit presupuestario de nuestra historia.

La guerra también ha contribuido al alto precio del petróleo. Hemos drenado nuestra economía para comprar petróleo. Eso fue el motivo de la amplia liquidez (suministrada por la Reserva Federal antes de la crisis): aminorar los efectos de un gasto tan alto en Irak, pero por supuesto, con eso se creaba un problema en el futuro.

Es sorprendente que la economía estadounidense siga creciendo, aunque lentamente, pese a la crisis financiera. ¿Cómo ve usted sus perspectivas?

Stiglitz: El desempleo ha subido, al 6,1 por ciento, y probablemente se eleve sustancialmente más. Esa es una de las razones por las que esto es sólo el principio de la crisis.

Nos dirigimos lentamente hacia un descarrilamiento económico que exacerbará los problemas financieros. A medida que los ingresos caigan, los precios de la vivienda bajarán más y habrá más desahucios, así que estamos dentro de una espiral y nadie hace nada para pararla.

Hay una probabilidad significativa de una recesión en los próximos trimestres.

¿Cómo evalúa la situación actual de los mercados?

Stiglitz: La situación es mucho peor de lo que usted imagina, como demuestra que el mercado monetario casi se colapsara el jueves. Incluso gigantes industriales pueden afrontar problemas de liquidez ahora. Los problemas son muy graves. Es lógico que tras ocho años de mala gestión económica (el mandato de George W. Bush) haya esta falta de confianza.
¿Qué debería hacer el Gobierno para frenar la crisis?

Stiglitz: Podemos fomentar la renegociación de las hipotecas para que menos personas tengan que declarar la bancarrota. No le ayuda a nadie que la gente se vean obligadas a salir de sus casas.

¿Cree que una regulación deficiente ha jugado un papel en la crisis?

Stiglitz: No hay duda. El problema no es sólo la falta de regulación, sino la falta de aplicación de las normas.

Hemos aprendido que no se puede dejar a los bancos de inversión regularse a sí mismos. No se puede dejar a la Reserva Federal, que está aliada estrechamente con los banqueros, a cargo de toda la regulación del sistema financiero. Se suponía que la Reserva se llevaba el ponche cuando la fiesta se vuelve escandalosa, pero en su lugar echó más alcohol.

Fuente: elEconomista.es / EFE

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