OPERACIÓN REDIMENSIONAMIENTO / OJO ADVENTISTA.
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viernes, 14 de agosto de 2009

Quimérica Chimérica. Por Lluís Bassets

Una quimera es un ser mitológico y fantástico, mezcla de dos especies animales distintas. El término se utiliza también en ingeniería genética para designar los seres producidos en el laboratorio con la mezcla de células de animales diferentes. Para la Real Academia es "lo que se propone como posible o verdadero no siéndolo". El británico Niall Ferguson es el inventor de una quimera que además enuncia su propio nombre: Chimérica, palabra que utiliza para designar a un país imaginario formado por China y América, a las que llama espectivamente Chimérica oriental y Chimérica occidental, y que en inglés significa exactamente quimérica.

"Los chiméricos orientales son ahorradores; los chiméricos occidentales son consumidores. Los orientales se dedican a la manufactura; los occidentales a los servicios. Los orientales exportan; los occidentales importan. Los orientales acumulan reservas; los occidentales gestionan déficits y producen bonos denominados en dólares que son codiciados por los orientales". Así es como este imaginativo historiador y periodista explica el funcionamiento de este coloso dual que domina y conduce el mundo, aunque sólo sea por la fuerza de las grandes magnitudes: cuenta con un 13% del territorio mundial, una cuarta parte de la población y un tercio del PIB del planeta.

Hay complementariedad en la quimera de Ferguson, y a ella se debe precisamente el crecimiento de la economía global en los últimos años. Pero también hay elementos que se repelen por su naturaleza misma. Las estructuras de poder en una y otra Chimérica no son tan sólo distintas, sino abiertamente incompatibles. Los chiméricos orientales se rigen por un sistema oscurantista y secreto, en el que no se conocen las reglas y los sistemas de ascenso y selección, que se producen en reuniones cerradas, seguidas de crípticos comunicados y silenciosos gestos de asentimiento. Los chiméricos occidentales en cambio nada pueden hacer si no es a plena luz y bajo el escrutinio público, de forma que quien quiere ascender debe someterse a un examen pormenorizado sobre su vida, sus opiniones e incluso sus parientes y amigos (véanse estos días los prodigiosos interrogatorios parlamentarios a la juez Sonia Sotomayor, designada como juez del Supremo por Barack Obama). Los primeros sacrifican todo, incluso la libertad personal, a la estabilidad del sistema, al prestigio de la autoridad única del partido y a la cohesión nacional. Los segundos, en cambio, ponen la libertad individual por encima de todo y sólo confían en las autoridades públicas sometidas al control de organismos independientes, y a la división y al equilibrio entre poderes.

Hay que subrayar que la parte oriental de Chimérica no ha hecho más que ganar peso respecto a la occidental en los últimos años, principalmente durante la etapa de Bush en la Casa Blanca. Pero es el actual presidente de Chimérica occidental el que tendrá que soportar la desventaja concedida. En la cumbre celebrada estos días en Washington, la preocupación de Pekín por el descontrol del déficit público americano y sus consecuencias en el valor de los bonos acumulados se ha hecho notar mucho más que el desasosiego de Obama por la escasa consideración hacia los derechos de las minorías y las libertades individuales por parte de las autoridades chinas.

Para que Chimérica tenga larga vida y sea la superpotencia del siglo XXI no basta con una buena ecuación entre intereses mutuos, sino que hace falta algo más de equilibrio y una cierta convergencia económica y política. Su primer y mayor servicio al conjunto del planeta, con el que deberá demostrar su propia consistencia, será reducir sus emisiones de gases a la atmósfera, de la que es líder absoluto y por ello principal responsable de los males que se vinculan al calentamiento global: el 40% de las emisiones le pertenecen, y si su parte occidental es ahora el primer emisor con el 22%, la oriental es el segundo con el 18,5% y pronto se convertirá en el primero.

Chimérica es también el nombre que podemos darle a un mundo gobernado, la otra denominación del G-2, la institución que va a sustituir al G-8 y al G-20 si los otros, también los europeos, no espabilan. Pero mundo y gobernado son por el momento términos tan quiméricos como la propia Chimérica. Para que funcionen en el futuro uno y otra, los actuales términos tan desproporcionados de la ecuación que han sido la garantía de éxito deben empezar a invertirse. Y por este lado, el económico, son los occidentales quienes deben realizar el mayor esfuerzo. Pero la mayor convergencia debe ser política, y ahí el esfuerzo corresponde a los chiméricos orientales, aunque algo tendrá que hacer Obama para animarles. Sin pluralismo político, sin un sistema judicial independiente y una democracia parlamentaria eficaz, sin medios de comunicación libres en su parte oriental, Chimérica seguirá siendo una quimera, que en cualquier momento puede desarrollar sus reflejos más monstruosos y amenazantes.

Fuente: El País.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS. Se ocupa de las páginas y artículos de Opinión.

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lunes, 13 de julio de 2009

Megatendencias. Por Joaquín Estefanía

1. Acaba de celebrarse en Italia una cumbre del G-8. En la última semana de septiembre tendrá lugar en EE UU la siguiente reunión del G-20. Las formaciones G parecen instalarse de modo definitivo como los escenarios más eficaces para tratar de la crisis económica y otros problemas no menos urgentes como el cambio climático. Eficacia frente a legitimidad. La Asamblea General de la ONU debatió hace unos días sobre las dificultades económicas y sus conclusiones, como se esperaba, apenas tuvieron relevancia pública. Cobra ahora mayor significación la propuesta que hace bastantes años hizo Jacques Delors, cuando era presidente de la Comisión Europea: crear un Consejo de Seguridad Económica en el seno de las Naciones Unidas para tratar los conflictos económicos de nuestra era. No prosperó y hoy lo echamos de menos.

2. Dentro de las formaciones G, la compuesta por 20 miembros tiene mayor impacto que el G-8. Ello se debe a la composición de la nueva geografía del poder mundial, que incorpora a los principales países emergentes. Así lo declaró la canciller alemana Angela Merkel en los días previos a la cita italiana. Para aumentar los grados de eficiencia organizativa sería preciso que en esas cumbres se conjugase al mismo ritmo la integración regional; por ejemplo, que los europeos o los latinoamericanos actúen con una sola voz en las soluciones que se adopten.

3. Conforme se va superando la parte álgida de la crisis financiera (los efectos sobre la economía real en forma de paro y empobrecimiento de las clases medias siguen vigentes), se manifiesta una pérdida del potencial reformista reclamado tan sólo hace unos meses. Hace tres cuartos de siglo, 66 países se reunieron en Londres (año 1933) para solucionar concertadamente los efectos de la Gran Depresión. Fue un fracaso porque triunfaron los intereses nacionales. Ese fallo le costó al mundo más tiempo de depresión, y sólo 11 años después, en Bretton Woods, se crearon las instituciones necesarias para dar predictibilidad al sistema. No se deben olvidar las lecciones de la historia.

4. En ese mismo año, 1933, Keynes publicó El camino hacia la prosperidad, y mil días después dio a luz su obra central, la Teoría de la ocupación, el interés y el dinero. La pregunta es si la actual crisis, con su potencial agresivo y duradero, alumbrará una nueva teoría económica que sustituya a las utopías regresivas (concepto de Fernando Henrique Cardoso): tanto el fundamentalismo de mercado, hegemónico en las últimas tres décadas, con la llegada de Thatcher y Reagan al poder y la extensión de la revolución conservadora, como el estatismo burocrático anterior, que no supo dar salida al estancamiento con inflación de la primera mitad de los años setenta.

Hay quienes miran a otra parte del keynesianismo menos de moda: los comportamientos humanos y los animal spirits. ¿Todos somos keynesianos?


Fuente: El País.com
Autor: Joaquín Estefanía, (Madrid, 1951-) es un periodista español. Licenciado en Ciencias Económicas y en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, comenzó su actividad profesional en 1974 como redactor en el Diario Informaciones; poco después pasa a ser jefe de la sección de economía de la revista Cuadernos para el diálogo y redactor jefe del diario económico Cinco días. Más adelante se incorpora al Diario El País, del que llegó a ser director entre 1988 y 1993 y de 1993 a 1996 director de publicaciones del Grupo PRISA. Continúa escribiendo una columna sobre economía en el Diario El País.
Es autor, entre otros títulos, de La nueva economía (1995), La nueva economía: la globalización (1996), El capitalismo (1997), Contra el pensamiento único (1998), El poder en el mundo (2000), La cara oculta de la prosperidad (2003) y La mano invisible (2006), La larga marcha: medio siglo de política (económica) entre la historia y al memoria (2007).

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jueves, 9 de julio de 2009

Un cuento chino: el declive del dólar. Por Claudi Pérez

La crisis arrumba iconos de la economía de EE UU, pero el billete verde goza de una mala salud de hierro

Bismarck decía que Dios favorece a los locos, a los borrachos y a los Estados Unidos de América. Pero tal vez -sólo tal vez- la parte final de esa frase se haya quedado algo anticuada. Estados Unidos, la primera potencia económica del mundo, sufre un declive fenomenal. La crisis amenaza con llevarse por delante a varios de sus símbolos: General Motors, Citigroup y los arrogantes banqueros de inversión de Wall Street se han despeñado en los dos últimos años junto con una forma de ejercer el capitalismo que se ha revelado tóxica, salvaje, casi suicida. El estallido de la burbuja inmobiliaria y el colapso del sistema financiero han llevado a Estados Unidos a una recesión histórica.

Como consecuencia de todo eso, la nueva Administración de Barack Obama se encuentra con un déficit público disparado y una economía muy debilitada. E incluso el todopoderoso dólar está en entredicho como moneda de referencia. Lo que prácticamente equivale a poner en tela de juicio la supremacía económica norteamericana: algo que se anuncia desde hace 25 años, pero que no acaba de suceder.

La quiebra de un banco de inversión en Estados Unidos provocó un pánico financiero que llegó hasta Europa, derivó en una crisis de crédito y dejó a miles de empresas sin financiación y a decenas de miles de personas sin trabajo. No, no se trata del relato de la crisis actual. Corría el año 1873 cuando el pánico causado por un banquero insaciable llamado Jay Cooke -unido a una epidemia de gripe que introduce un siniestro paralelismo adicional con la recesión que ahora atravesamos- marcó el comienzo del declive del imperio británico (y de la libra esterlina) y el inicio de la hegemonía norteamericana (y del dólar).

Sencillamente, los británicos no podían competir con el coste de la mano de obra de Estados Unidos ni con el empuje procedente del otro lado del Atlántico. Algo que recuerda peligrosamente a lo que les pasa ahora a los estadounidenses con China. Aun así, tuvieron que pasar muchos años -y una crisis morrocotuda, la de 1929- para que Estados Unidos se asentara en ese liderazgo. Y todavía algunos más -y nada menos que la Segunda Guerra Mundial- para que el dólar empezara a dominar, allá por 1945. El billete verde se impone sin discusión desde entonces.

O quizá con discusión. Reproduciendo el patrón del relevo de Estados Unidos por el Reino Unido, de nuevo hay un cambio de guardia en la economía mundial que la crisis ha exacerbado, pero que estaba ahí latente desde hace tiempo. Un movimiento tectónico que desplaza parte del poder económico hacia el Este, a la costa asiática del Pacífico. Pero el final de la hegemonía del dólar no llegará antes de 2050, según las previsiones más fiables (si es que ese adjetivo conserva su significado después de esta crisis, con la economía convertida en la ciencia del "ya veremos"). Sólo a muy largo plazo puede pensarse en algo parecido a la caída del imperio -económico- americano y del dólar. Y a largo plazo, todos muertos: algo así decía Keynes, cuya abrumadora presencia en los periódicos y en boca de los políticos de izquierdas y de derechas debe tener a su antagonista, el liberal Milton Friedman, revolviéndose en su tumba.

Pero la cosa no va de Keynes ni de Friedman. Zhou Xiaochuan, ése es el hombre. El gobernador del Banco Central chino se ha convertido en una de las figuras clave de la economía mundial, y particularmente en el tablero de ajedrez de las divisas.

Justo antes del G-20 de abril en Londres, un informe firmado por Zhou causó un revuelo considerable en los mercados financieros. Propuso reemplazar el dólar como reserva global -algo que China reiteró la semana pasada- y sustituirlo por una supermoneda controlada por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Se trataría de una cesta formada por las principales divisas y materias primas, algo parecido a lo que ya hace el FMI (y una idea que ya lanzó el inevitable Keynes hace 60 años, por cierto). Zhou obtuvo eco inmediato en el presidente ruso Medvédev y en sus socios del BRIC, el acrónimo que agrupa a los cuatro grandes emergentes: Brasil, Rusia, la India y China.

"El problema es que China y compañía poco o nada pueden hacer: son países que dependen de sus exportaciones, y para ello deben mantener sus monedas devaluadas, para competir mejor. Eso supone que deben acumular enormes reservas en otras monedas para mantener el tipo de cambio. El mercado de la zona euro no es ni lo suficientemente profundo ni tiene la liquidez adecuada, y la supermoneda del Fondo Monetario Internacional es una idea que tardaría años en hacerse realidad, así que la única opción es seguir comprando bonos del Tesoro de Estados Unidos. Y eso deja al dólar sin competidores", afirma Daniel Gros, presidente del Centro de Investigación de Políticas Europeas.

El peso de la economía estadounidense va a seguir reduciéndose en los próximos años, de eso no hay duda, pero el cambio de liderazgo va a ser mucho más lento de lo que se sugiere en ocasiones. Lo mismo ocurrirá con el dólar: todo indica que, de nuevo con mucha lentitud, también su peso internacional se irá deslizando a la baja. Vicente Pallardó, director del Observatorio de Coyuntura Económica Internacional de la Universidad de Valencia, asegura que la pérdida de peso del dólar se producirá "en favor del euro, como ya ha ocurrido en ciertos mercados como el ruso", y no a favor del yuan chino.

"El dólar sigue dominando el comercio mundial, el de materias primas; sigue respaldado por los mercados financieros más amplios, profundos y flexibles, y cuenta con la referencia de la deuda pública estadounidense, que, a pesar de todo, sigue siendo la más fiable. Todo ello irá cambiando, pero con mucha lentitud, y en todo caso, a favor del euro, sólidamente anclado por el Banco Central Europeo", añade Vicente Pallardó.

Pero incluso ese papel cada vez más protagonista del euro está en entredicho. "No hay alternativa al dólar", asegura Desmond Lachman, del think tank American Enterprise Institute, de Washington. "El euro va a recibir fuertes presiones en los próximos años por los problemas de Irlanda, Portugal, Grecia y España, y el yen japonés se enfrenta a una deflación y a una crisis inacabable", sostiene Lachman.

Expertos como Nouriel Roubini, profesor de la Universidad de Nueva York y el gran gurú de esta crisis, discrepan al sugerir que la alternativa es el yuan chino. "Pero eso no lo veremos en vida", señalaba el Nobel Paul Krugman -que cuenta 56 lúcidos años- en un artículo reciente.

Pallardó destaca que China "no tiene libertad de movimientos de capitales, ni libre convertibilidad de la moneda -ligada al dólar-, ni peso en los mercados mundiales como para que el yuan sea una moneda de referencia. La economía china, además, va a tener graves problemas en los próximos años por los desequilibrios de renta entre la cuidad y el campo, la ausencia de un sistema de protección social, la dependencia extrema de la demanda extranjera" o el hecho de que la morosidad en la banca "está en el 15% y las autoridades chinas presentan esa cifra como un éxito", añade José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney.

Actualmente, cinco monedas (dólar, euro, yen, libra y franco suizo) actúan como divisas de reserva internacionales. Dos terceras partes de esas reservas están denominadas en dólares. China acumula en torno a 1,4 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense -algo así como todo lo que produce España en un año-, un activo supuestamente muy seguro y que, por tanto, da una rentabilidad mínima.

Y ahí, en esa acumulación de dólares en la que lleva años, radica el problema: China ha caído en la trampa del dólar. Los chinos tienen miedo de que el déficit público galopante de la Administración de Obama acabe erosionando el valor de la divisa estadounidense -y por tanto, sus ahorros de tantos y tantos años-, sobre todo si sigue emitiendo deuda y los mercados empiezan a pensar que corre el riesgo de no poder pagarla.

Las medidas excepcionales del banco central estadounidense, que ha puesto en marcha la máquina de emitir dinero para paliar los efectos de la crisis, también despiertan recelos en China: si renace el espectro de la inflación en Estados Unidos, pueden esfumarse sus ahorros. Todo son miedos, pero los chinos están atados de pies y manos: cualquier movimiento en contra del dólar sería como pegarse un tiro en el pie, porque supondría un golpe para la cotización del dólar y eso empobrecería las reservas del gigante asiático.

"Para China, sería una debacle que se cumplieran sus deseos: si el dólar pierde peso como moneda de referencia, su valor se resentirá, se depreciará aún más. Si los chinos venden parte de sus dólares para diversificar sus reservas, provocarán un desplome de la divisa estadounidense. Y el dólar ya lleva meses cayendo con respecto a las grandes monedas. Los derroteros que está tomando todo esto pueden causar graves perjuicios a China", resuelve Federico Steinberg, investigador del Real Instituto Elcano.

Tomás Baliño, ex subdirector del FMI, sostiene que es natural que los países que han estado acumulando grandes reservas en dólares muestren inquietud por la situación en Estados Unidos. "Pero su retórica va más lejos que las acciones que pueden tomar: no es fácil para un país como China cambiar rápidamente la composición de sus reservas internacionales, porque puede desestabilizar el mercado. Pero sí puede esperarse que a partir de ahora diversifique sus compras", asegura Baliño, quien declara que no debe olvidarse que Estados Unidos sigue siendo "la mayor economía del mundo, quizá la más flexible y con una política económica más fácil de corregir que, por ejemplo, la de la zona euro". "Por ello es de esperar que el dólar mantenga su posición como moneda de reserva principal, aunque pierda importancia relativa, por bastante tiempo más", zanja el ex subdirector del FMI.

Los propios estadounidenses son muy pragmáticos con "su" dólar y el potencial de su economía. Charles Morris, autor del libro El crac del crédito, uno de los grandes superventas de esta crisis, explica que el billete verde "debería perder gran parte de su valor aristocrático, y me temo que eso va a suceder más pronto que tarde. Esa tendencia es inexorable. Si las importaciones estadounidenses siguen cayendo por la crisis económica, países como China e India empezarán a invertir más en clave interna, y entonces un cambio de guardia en las divisas a favor de las monedas asiáticas será inevitable".

Lo que ha llevado la economía internacional al borde del abismo es su tendencia a los desequilibrios. China, Alemania y Japón consumen poco y ahorran mucho; Estados Unidos -y España- ha vivido años en una fiebre consumista en la que apenas existía el ahorro. Lo normal es que eso se corrija: que los chinos consuman más y los norteamericanos aprendan a ahorrar. "Eso evitaría presiones sobre los tipos de cambio. Pero mientras eso no se resuelva, los mercados seguirán muy nerviosos", apunta José Carlos Díez.

Y si eso no se produce, vienen curvas. Toda grave crisis económica provoca en algún momento una crisis de divisas. El dólar se enfrenta a unos meses en los que los mercados pueden caer de nuevo presa del pánico, por las especulaciones acerca de la posibilidad de que Estados Unidos tenga problemas para pagar las ingentes cantidades de deuda que está emitiendo. Al fin y al cabo, a los estadounidenses les viene bien en medio de esta profunda recesión una moneda débil, que es algo así como una válvula de escape contra la crisis: encarece las importaciones y hace sus propios productos mucho más competitivos en el exterior.

A principios de junio, el secretario del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, viajó al gigante asiático para disipar las dudas que no dejan de sobrevolar el dólar, para estrechar lazos con China, para limar asperezas. Tras acusar en los últimos meses a China de manipular el tipo de cambio, Geithner se mostró tan conciliador como debe serlo el máximo responsable de la política económica de Obama en tiempos de turbulencias. Hay un vídeo en YouTube que da cuenta de ello, una conferencia de Geithner en la Universidad de Pekín. Algo debe estar pasando, porque las imágenes de esa conferencia son reveladoras: al hablar del dólar y soltar la parrafada habitual para calmar los ánimos -"Estados Unidos es partidario de un dólar fuerte"-, la cámara se fija en los estudiantes chinos. Y hay unos cuantos partiéndose de risa.


Fuente: El País.com
Autor: Claudi Pérez, escribe sobre economía y negocios en El País.

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jueves, 16 de abril de 2009

¿Fin de cuál capitalismo? Por Juan Manuel López Caballero

Diferentes teorías y, en consecuencia, diferentes recetas se han aplicado sin que sea claro que estas lleven a una salida exitosa del mal momento.

Más allá de la simple afirmación de que estamos en la peor crisis del sistema capitalista desde el año 29 (o de su historia), se ha buscado dar explicaciones que permitan proponer soluciones.

El primer y más generalizado diagnóstico no parece haber acertado; como la crisis comenzó por los castigos de cartera a los bancos de inversión por los paquetes de hipotecas subprime que intoxicaron el mundo financiero, se ha atribuido el problema a los efectos de las quiebras de las entidades de ese sector (bancos, aseguradoras, etc.), supuestamente porque al no poder irrigar el crédito toda la economía colapsaría.

Por eso se han destinado billones y billones, tanto en Estados Unidos como en Europa y Asia, a mantener a flote las compañías que además de tener que responder por el dinero del público cumplen la función de trasladar el ahorro a la inversión.

Sin embargo, ya hay un cuasi consenso en cuanto a que esto o no ha solucionado la crisis o no ha sido suficiente. Y ha tocado reconocer que el sector productivo también está en problemas y no solo por la falta de crédito (ejemplo: las ayudas a los fabricantes de automóviles en cada país).

Pensando que la solución puede estar en el lado de la demanda, también se han propuesto alternativas que van desde refinanciar a los deudores hasta disminuir los impuestos. Se habla también de una revancha keynesiana, o neokeynesianismo, consistente en grandes programas de inversión que, aunque generadores de grandes déficits fiscales, podrían mantener el empleo y el ingreso para evitar una mayor recesión y un mayor impacto social. También se considera que entramos en una etapa de neoproteccionismo, donde, para el mismo propósito, cada país defiende su industria local.

En fin, diferentes teorías y en consecuencia diferentes recetas se han aplicado sin que sea claro que estas lleven a una salida exitosa del mal momento.

En la reunión del G20 dos posiciones parecen presentarse: la liderada por la Canciller alemana que sostiene que hay que dejar que los remedios implementados en cada país produzcan sus efectos y que lo que toca es preocuparse por la postcrisis y el nuevo orden a crear; y la de quienes desean globalizar el manejo de la crisis, tomando decisiones conjuntas para afrontar la coyuntura.

Al lado de esto se presentan la crisis energética, el cambio ambiental, el aumento de la protesta social, no como consecuencia del modelo capitalista sino como problemas paralelos y, quien sabe por qué, coincidentes pero no dependientes o derivados de un mismo origen.

De esta manera se asume que no es el sistema capitalista mismo el que está en juego sino, internamente, alguna falla que se podrá corregir; y para esos 'paralelos' se buscan las respuestas en los mismos principios del sistema (incentivos económicos y regulaciones).

Se llega a reconocer que los excesos del neoliberalismo como modalidad del capitalismo produjeron la actual catástrofe, pero se supone que con algunos mecanismos regulatorios esto se corrige.

No se asume como una crisis integral, que abarca al sistema capitalista en su conjunto, en otras dimensiones, políticas, sociales, ideológicas, ecológicas, internacionales... que va mucho más allá de una mera crisis bancaria o aún económica.

Hay otras interpretaciones que parten de análisis diferentes y plantean la necesidad de denunciar las mentiras que permanentemente divulga la prensa para minimizar la situación. La gente debe tomar conciencia, por ejemplo, de que el cambio climático puede llevar a una catástrofe de dimensiones incalculables. Pero también de que no es una serie de "desastres naturales" sino creados por el hombre, por un sistema que transforma la naturaleza en recursos económicos, en mercancías que pueden utilizarse sin limitación alguna.

El capitalismo puede haber desarrollado características que depredan más allá de lo que las fuerzas productivas generan, hasta un punto tal en que el conjunto del sistema no puede reproducirse más...

En su modalidad neoliberal permitió y propició el crecimiento de un sector especulativo desbordado. El mercado real hoy es insignificante ante una especie de casino donde se tranzan productos virtuales 60 veces mayores que el total de los presupuestos de todas las naciones.

Por ejemplo, en Colombia en el mercado de futuros de divisas se llegan a realizar en un día compraventas de dólares por sumas del orden de lo que el gobierno americano ha entregado en un año para el Plan Colombia. Es claro que ni en un año podrían los particulares hacer transacciones en efectivo por esas sumas. Lo que sucede es que juegan unos a que el dólar subirá (o a subirlo) y otros a la baja (o a bajarlo) cruzando y liquidando operaciones solo alrededor del cambio en la cotización pero sin que se produzcan los correspondientes movimientos del capital. Y el casino no es nuestra insignificante bolsa sino el conjunto de bolsas de valores e 'inversionistas' o sea jugadores del conjunto del mundo. Entonces, el valor del dólar -y el valor de los commodities y en consecuencia en alguna forma de todos los bienes- no lo determinan la oferta y demanda real de cada cosa sino los jugadores del casino...

Esto lleva a una inconsistencia del capitalismo, puesto que el mercado, que supone ordenar el uso de los recursos mediante el valor que asigna a cada bien, está completamente distorsionado. Como la especulación en el sistema financiero con sus 'derivados' es la evolución natural del capitalismo, el único camino para salir de la encrucijada a la cual hemos llegado sería cambiarlo por un sistema diferente.

Esa 'pirámide' de tahúres no es una realidad separada, independiente de la llamada economía real o productiva: fue engendrada por la dinámica del conjunto del sistema capitalista al igual que las necesidades de rentabilidad de las empresas transnacionales o las necesidades de financiamiento de los Estados. No es una red de especuladores autistas ajenos a la racionalidad misma de esta civilización sino la premonición de su decadencia.

Por otro lado, el crecimiento mundial depende de los cambios tecnológicos. Pero ello ha llevado a que estos tengan un tiempo de aplicación muy corto mientras que su costo es cada vez mayor. En estas condiciones, no se logra amortizar la inversión en el tiempo, ni acumular nuevo capital ya que el que así se forma toca desecharlo cada vez más rápido. El PIB mundial ha disminuido su crecimiento y, teniendo en cuenta lo anterior, su aumento real está hoy prácticamente por debajo del crecimiento demográfico.

Así las cosas, ante una torta que crece al mismo ritmo que la población que la consume, la competencia lo que determina es quién le quita a quién su parte. En esta etapa del capitalismo los 'daños colaterales' (medio ambiente, etc.) son despreciados al igual que los efectos sociales: solo se puede acumular en detrimento de lo uno o de lo otro. Esto explica el aumento de la desigualdad, de la pobreza, y el deterioro planetario, puesto que son estos los que permiten que sobreviva el sistema capitalista.

No sin razón Zbigniew Brzezinski -quien es el Henry Kissinger del partido demócrata hoy en el poder- dejó sus reflexiones sobre política internacional y advierte sobre la posibilidad de agravamiento de los conflictos sociales en los Estados Unidos y el mundo.


Fuente: Dinero.com
Autor: Juan Manuel López Caballero, consultor, economista, escritor e investigador colombiano.

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domingo, 5 de abril de 2009

Nostalgia de Gobierno mundial. Por Juan Ignacio Crespo

La expectación generada por la reunión del G-20 ha puesto de relieve el grado de ingenuidad con el que la población mundial confía mayoritariamente en sus dirigentes. Éstos les han sabido corresponder con una gran operación de propaganda fértil que, seguramente, va a contribuir de manera decisiva a que se cebe la bomba de la recuperación económica.

El éxito de la cumbre se resume en dos imágenes y en dos proclamas. La primera de estas últimas corresponde a Barack Obama y su afirmación de que al más mínimo síntoma de que los mercados financieros empiezan a desestabilizarse de nuevo, acudirá el grupo de los 20, de manera coordinada y con toda la artillería disponible, a ponerlos otra vez en su sitio. No sólo no decepciona, sino que responde a la expectativa de una población mundial doblemente asustada y necesitada de liderazgo.

De las dos imágenes poderosas, la más difundida es a la vez humana, espontánea e igualitaria; está diciendo a gritos que "los tiempos están cambiando": es la de Michelle Obama tomando por los hombros a la reina de Inglaterra. La otra, bastante menos conocida, es la de Barack Obama en la rueda de prensa final cuando, a la vez que parecía a punto de caer dormido de cansancio, bromeaba con una periodista india sobre la entrevista que había mantenido con el presidente de su país. Obama le preguntó entre risas si confiaba en su presidente y la periodista respondió (más que emocionada, arrobada) que sí, culminando la escena en un dúo elogioso hacia los logros del mandatario indio.

¿Qué decir de los acuerdos? Los hay de orden muy distinto. La eliminación de los paraísos fiscales pertenece al terreno estricto de la moral ciudadana. No contribuirá a mejorar la crisis económica y financiera, excepto en la medida en que eso permita incrementar los ingresos por impuestos en un momento en que el gasto presupuestario está creciendo a pasos de gigante, aunque hay que tener claro que ni los paraísos fiscales provocaron la crisis ni los que tuvieran su patrimonio depositado allí habrán podido eludir las pérdidas, como el resto del mundo. De la moralización que se extiende a las retribuciones de los directivos se derivará algo muy práctico y es que evitará que éstos asuman riesgos que atenten contra las normas contables y contra el sentido común.

La creación de una nueva arquitectura financiera internacional (y el dotar de más poder al FMI) tiene la fuerza relativa de lo manido reformulado. Si no se legisla pronto sobre todo ello (aunque sea para que entre en vigor dentro de unos años) se corre el peligro de que la vuelta de la prosperidad acabe con los buenos propósitos.

Junto a Obama, hay que reconocer que Gordon Brown ha estado particularmente inspirado, ya que al señalar a los cinco billones de dólares de gasto público conjunto de los países asistentes a la reunión de Londres parecía estar diciendo: ¡éstos son nuestros poderes! Y eso a pesar de que aquí la magia empiece a verse sustituida por la prestidigitación, pues no se trata de dinero nuevo para gastar que se haya comprometido en la cumbre de Londres sino, más bien, de lo que el FMI estima que será el déficit conjunto de los 20 entre 2007 y 2010.

A Gordon Brown, que es conocido por este tipo de trucos, le ha criticado sin contemplaciones la prensa de su país, pero hay que reconocerle el mérito del mejor marketing: cinco billones de dólares, cuando se ven todos juntos, parecen una cantidad a la que no hay recesión que se resista; mucho mayor que cuando se computan por separado. Seguramente él ha sido consciente del efecto multiplicador de presentarlos así, sumados, pero puede que se le haya escapado lo que es su verdadero hallazgo: ha presentado por primera vez un presupuesto de gasto "mundial" para combatir la crisis. Con ello ha pulsado la cuerda de un anhelo propio de la era de la globalización (que mezcla idiomas, costumbres y actividades económicas). Ha dado directamente en el corazón de la nostalgia por las cosas no vividas. Ha hablado, sin saberlo, de un Gobierno mundial.


Fuente: ElPaís.com
Autor: Juan Ignacio Crespo es analista económico, matemático y especialista en mercados financieros. También es el director europeo de Thomson Reuters, el mayor proveedor del mundo de información financiera.

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domingo, 22 de marzo de 2009

Estados Unidos puede decir no. Por Ian Bremmer

A principios de este mes, el presidente de Kirguizistán, Kurmanbek Bakiyev, fue gorra en mano a Moscú para pedir ayuda financiera. Para que esta petición resultara más digerible, Bakiyev anunció que estaba solicitando que Estados Unidos cerrara su base aérea en Kirguizistán, que reabastece de tropas de la OTAN al vecino Afganistán. De la misma manera, a fines del año pasado, el Gobierno de Islandia le pidió ayuda a Rusia para rescatar su sistema bancario, mientras que el presidente paquistaní, Asif Ali Zardari, visitó China con la esperanza de conseguir una inyección urgente de efectivo.

Algunos observadores mencionan estos episodios como evidencia de una merma en la influencia internacional de Estados Unidos. Pero existe un argumento más amplio: hasta ahora, con excepción de las sumas relativamente pequeñas ofrecidas a Kirguizistán, Rusia y China no han brindado demasiada ayuda.

En medio de lo mucho que se habla de un "mundo post-norteamericano", muchos observadores ven que hay un viraje desde un orden internacional dominado por Estados Unidos a un sistema multipolar, en el que países como China, Rusia y otros compiten por el liderazgo global ante una serie de riesgos comunes.

Hace más de cinco años, el presidente de China, Hu Jintao, proclamó que "la tendencia hacia un mundo multipolar es irreversible y dominante". Cuando Vladímir Putin se quejó durante una conferencia en Múnich el año pasado de que el unilateralismo estadounidense alimentara conflictos en todo el mundo, un ofendido senador John McCain le respondió que la confrontación era innecesaria en el "mundo multipolar de hoy".

Cuando, el pasado septiembre, Putin recibió en Rusia al presidente venezolano, Hugo Chávez, observó que "América Latina se está convirtiendo en un eslabón visible de la cadena del mundo multipolar que se está gestando". Chávez coincidió: "Un mundo multipolar se está convirtiendo en una realidad".

Todos ellos se equivocan. El dominio estadounidense está claramente en decadencia, pero un orden multipolar implica que varias potencias tengan opiniones diferentes sobre cómo debería manejarse el mundo, y estén dispuestas a actuar con vigor para promover sus respectivas agendas. Éste no es el caso.

Por el contrario, somos testigos del nacimiento de un orden no-polar, en el que los principales competidores de Estados Unidos siguen demasiado ocupados con problemas en sus países y con sus vecinos inmediatos como para echarse al hombro las responsabilidades internacionales más pesadas. Ni tan siquiera ninguna de las potencias emergentes ha comenzado a utilizar su creciente peso e influenciapolítica y económica para promover ambiciones verdaderamente globales, o asumir aquellas responsabilidades que Washington ya no puede afrontar.

Empecemos por Rusia. A pesar de sus crecientes vínculos con Venezuela y sus esfuerzos por coordinar una política energética con países ricos en gas natural en el norte de África, el Kremlin no aspira a reconstruir una influencia como la que tuvo en la era soviética en América Latina, África o el sudeste asiático. Este Kremlin tampoco tiene un atractivo ideológico al estilo soviético. Por el contrario, los líderes de Rusia están ocupados en proteger los mercados, las empresas y los bancos de su país de los peores efectos de la crisis financiera global, consolidando el control estatal sobre los sectores económicos domésticos y extendiendo su influencia en materia de política exterior en el ex territorio soviético.

La necesidad de China de satisfacer su sed de petróleo y otras materias primas importadas le ha otorgado una presencia internacional. Pero su influencia es más comercial que política. Los líderes de China deben dedicar su atención a un conjunto sorprendente de inquietudes apremiantes a nivel interno: cómo evitar una desaceleración económica que podría dejar a millones de personas sin empleo, las consecuencias en la población rural de la reforma agraria y los esfuerzos por afrontar los tremendos problemas ambientales y de salud pública.

En cuanto a India, debe garantizar su competitividad frente a la creciente sombra de China. De cara a las elecciones del año próximo, el gobernante Partido del Congreso está invirtiendo tiempo y dinero del Gobierno en subsidios para los consumidores, en aumentos salariales para los empleados públicos y en una condonación de la deuda para los agricultores.

Brasil, por su parte, también está preocupado y, al parecer, no tiene mayores aspiraciones en el corto plazo que promover la estabilidad en América Latina, pilotar los efectos de la crisis financiera global y servir de inspiración para otros.

En resumen, existe un vacío de liderazgo global justo en el momento en que se necesita enormemente. La atención del presidente Barack Obama está concentrada ahora en estimular a la anémica economía norteamericana, pergeñar recortes impositivos, reformar las políticas energéticas y de atención sanitaria y restablecer la confianza en las instituciones financieras de Estados Unidos. Y la Unión Europea sigue con su debate interno sobre cuál es la mejor manera de rescatar a sus bancos e industrias en quiebra, manejar las consecuencias de su expansión al Este, garantizar la fortaleza de la eurozona y estabilizar unas relaciones cada vez más escabrosas con Rusia.

¿Quién, entonces, puede tomar la delantera en los esfuerzos por crear una nueva arquitectura financiera global que refleje las complejidades del comercio del siglo XXI? ¿Quién puede promover consenso sobre una respuesta multilateral al cambio climático? ¿Quién reemplazará un régimen de no proliferación obsoleto, ofrecerá seguridad colectiva en las zonas calientes internacionales y tendrá ímpetu suficiente para impulsar conversaciones de paz de Oriente Medio?

La cumbre internacional celebrada en Washington en noviembre de 2008 subrayó el problema. Los países más ricos del mundo (el G-7) recurrieron a las potencias emergentes dentro del G-20 para que les ayudasen a coordinar una respuesta a la desaceleración financiera global. Pero si resulta difícil que siete países se pongan de acuerdo en algo, imaginen el desafío de generar consenso entre 20. Consideremos las opiniones contradictorias dentro de este grupo en materia de democracia, transparencia, el papel económico del Gobierno, las regulaciones de los mercados financieros y el comercio y cuál es la mejor manera de asegurar que las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial reflejen con justicia el equilibrio de poder global de hoy.

En los próximos años, cuando quienes estén en crisis recurran a Estados Unidos en busca de ayuda, es cada vez más probable que escuchen la palabra no. Y no está claro si alguien más querrá y podrá decir sí.

Fuente: ElPaís.com
Autor: Ian Bremmer (1969-) es un cientifico político especializado en la política exterior de EE.UU., los estados en transición, y de riesgo político global. Él es presidente de Eurasia Group y miembro senior del World Policy Institute. Autor del betseller The J Curve: A New Way to Understand Why Nations Rise and Fall (Simon & Schuster, 2006). Es colaborador habitual de The International Herald Tribune, Foreign Policy, The National Interest, The Harvard Business Review, The New Republic, The Washington Post, The Financial Times, The Wall Street Journal, y The New York Times.

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domingo, 22 de febrero de 2009

¿Quién pagará la crisis? Por Sami Naïr

¿Quién pagará las consecuencias de la crisis? No es una pregunta abstracta, sino central. Conocemos a los culpables de la crisis: mercados financieros ultraespeculativos en los que manipuladores sin escrúpulos y accionistas codiciosos invierten con frecuencia, banqueros sospechosos, que son minoría en el oficio pero que le causan un gran daño, un sistema monetario desconectado de la actividad productiva, etc. Quienes tenían un sentido mínimamente realista de la economía sabían desde hacía tiempo que este sistema iba a reventar. ¿Pero quién les escuchó? Ya se anuncia en todo el mundo uno de los mayores signos del paso de la recesión a la depresión: el aumento de las reivindicaciones salariales y de la pobreza. ¿Qué hacer con este sistema que ha provocado el caos, después de haber pretendido ser en estos últimos decenios el mejor y el único? Hay varias propuestas y una tendencia de fondo que se perfila.

De acuerdo con estas propuestas, unos dicen que hay que restablecer el vínculo entre la producción y los mercados financieros para evitar las huidas especulativas. Son los de la escuela de la racionalización y del buen sentido. Otros creen que esta crisis pasará rápidamente pero que hay que aprovechar el momento para instaurar reglas éticas con el fin de perseguir a los tramposos. Estos pertenecen a la escuela de los ingenuos. Otros, más numerosos y más rigurosos, llaman a instaurar reglas draconianas para encuadrar el mercado y proteger el interés general. Están, por último, quienes defienden dos posiciones simétricas pero totalmente opuestas. Por un lado, los que dicen que la crisis es debida al intervencionismo estatal. Éste es el punto de vista surrealista de algunos banqueros y de los herederos de Margaret Thatcher. Y, por el otro, los que sostienen que el sistema capitalista ha fallecido de muerte natural, y que hace falta una salida hacia un nuevo sistema económico, ecológico y duradero.

Estas posturas diversas pueden coincidir y mezclarse a veces, aunque definen bien el campo de posibilidades actual. La única certeza que tenemos es que no sabemos adónde vamos, y que las elites políticas se muestran incapaces de hacer otra cosa que no sea gobernar a ojo. Impotencia tanto más angustiosa en cuanto la actual tendencia de fondo prepara un cruel porvenir para los más débiles. Porque el dinero que reparte el Estado en forma de recapitalización de los bancos aparentemente no sirve para atajar la crisis. Los bancos no dan préstamos ni a las pequeñas ni a las medianas empresas, las cuales podrían crear empleos, ni a los particulares, quienes podrían relanzar la máquina productiva con el consumo. De ahí a suponer que aquéllos se sirven en realidad del dinero de los contribuyentes para reflotar sus propias capacidades competenciales, sólo hay un paso...

Naturalmente la única manera de evitar esta cínica manipulación sería que, a cambio de su ayuda, el Estado pidiera estar en los consejos de administración de estas instituciones para controlar el uso del dinero prestado. E incluso, en el caso de los bancos y las agencias más vulnerables, nacionalizarlas, perspectiva que muchos se plantean seriamente en EE UU y Reino Unido.

Los mercados financieros, que son los responsables de la crisis, quieren, sin embargo, una mayor "flexibilidad " del mercado laboral, lo que ante todo significa el derecho a contratar y despedir a su gusto, luego recortar los derechos sociales, y finalmente bajar los salarios en un contexto de escasez de empleo y de fuerte competencia entre los asalariados. En definitiva, las recetas ultraliberales de la escuela de Milton Friedman que prevalecían bajo el régimen de Pinochet, y que existen hoy en muchos sectores de actividad en China. Naturalmente, semejante terapia lleva inevitablemente a la explosión social. La Organización Internacional del Trabajo prevé en su último informe, cerca de 240 millones de desempleados en 2009, es decir, 51 millones más que en 2007, lo que llevará a un incremento de la pobreza. El mismo informe sostiene que España será la más afectada en Europa, ya que su tasa de desempleo podría pasar del 11,3 % a más del 16 %.

Es probable que estemos en el ojo del huracán, pero lo peor está aún por llegar. ¿Cuánto tiempo durará esto? Nadie lo sabe. La reunión del G20 prevista en Londres a principios de abril debería ofrecer pistas sobre los caminos a seguir. Pero está claro que no se podrá salir de la crisis sólo en detrimento de las clases asalariadas. Lo que es seguro, en cambio, es que si los gobiernos, a expensas del interés general, toman de manera conjunta y coordinada las decisiones impuestas a regañadientes, las calles se llenarán de manifestantes y eso, sea cual sea el resultado de las elecciones.

Fuente: ElPaís.com
Autor: Sami Naïr, (Tlemcen, Argelia, 23 de agosto de 1946) es un politólogo, filósofo, sociólogo y catedrático argelino nacionalizado francés, especialista en movimientos migratorios y creador del concepto de codesarrollo. Es una de las voces destacada del progresismo en Europa, asesor del gobierno de Lionel Jospin de 1997 a 1999 y europarlamentario hasta 2004, es vicepresidente desde 2001 del Mouvement des citoyens o Movimiento de los Ciudadanos.
Traduccion: M. Sampons.
Viñeta: Eneko / 20minutos.es

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viernes, 14 de noviembre de 2008

Esa extraña reunión de Washington. Por Lluís Bassets

Pongamos las cosas en claro. Esa reunión ni es lo que se dice ni puede salir de ella lo que se está contando. En primer lugar, no es el G 20. Parte de la idea del G 20 de ampliar los encuentros entre los mandatarios de los países más ricos a los principales países emergentes. Pero no es el G 20 porque este formato ha reunido hasta ahora sólo a los ministros de Economía y Finanzas. Tampoco es exactamente el G 20 porque la presidencia anual corre a cargo este año de Brasil, país que naturalmente estará representado pero que no es el convocante de la reunión como correspondería: los convocantes son Nicolas Sarkozy y George Bush, dos presidentes en precario, que hacen uso uno del otro para reforzarse mutuamente; el primero en sus últimos días en la Casa Blanca para dorar un poco es lamentable cuadro que deja a su sucesor, el segundo para hinchar y a ser posible prolongar su presidencia semestral de la Unión Europea. Ni siquiera es el G 20 por la lista de países que acuden: Holanda y España se han sumado al encuentro, con toda la lógica del mundo, y eso no hace más que mejorar el formato de la reunión, pero no pertenecen a este grupo en el que se integran las economías que fueron hace unos años de países en desarrollo.

Sigamos con los asistentes. Sabemos que Barack Obama no va a ir y ni siquiera desea convertirse en un interlocutor de los asistentes en paralelo a la reunión. Tampoco habrá una representación de su equipo en el encuentro. No hay dos presidentes de Estados Unidos a la vez, se ha cansado de repetir. El presidente electo estará en Chicago, donde vive y tiene su distrito senatorial. Pero una cosa será la reunión estricta, con su comunicado y sus fotos y otra muy distinta los contactos oficiosos en los pasillos y en los hoteles y restaurantes de Washington. Como todo el mundo da por hecho que las delegaciones extranjeras querrán entrevistarse con gente de Obama, habrá tres interlocutores para atender las peticiones, según ha contado The Washington Post.

Dos de los interlocutores han sido dispuestos por los consejeros de Obama. Se trata de la ex secretaria de Estado, Madeleine Albright, y del ex congresista Jim Leach, un ‘republicano de Obama’, que le apoyó públicamente en la convención Demócrata en Denver. Y en un tercer caso, ha sido la propia Casa Blanca la organizadora del contacto: se trata del profesor de Georgetown y ex consejero de Clinton, Daniel Tarullo, que forma parte de los equipos de asesores de Obama y apareció en la foto de Chicago de la primera rueda de prensa después de la victoria. Tarullo está muy arriba en la lista para ocupar el cargo de máximo negociador comercial de Estados Unidos.

La confusión que reina en torno a la reunión no disminuye ni un ápice su importancia. La tiene el sólo hecho de que se aborde la crisis financiera en una cumbre a la que se convocan las grandes economías emergentes, y principalmente a China. Supone reconocer, de entrada, que se ha terminado la época en que Estados Unidos y Europa eran los únicos que discutían y tomaban decisiones cuando había que abordar situaciones difíciles. Cabe suponer, además, que se pondrá en marcha un debate a fondo, que desbordará a los gobiernos participantes, sobre cómo hay que organizar el nuevo orden económico y financiero internacional.

Está claro que sobra prosopopeya. No habrá reforma alguna del capitalismo, será un proceso lento y complejo, tardaremos en saber la orientación exacta del proceso. Exactamente el tiempo en que la nueva Administración Obama se instale y adopte posiciones claras: de momento el equipo del nuevo presidente prefiere no comprometerse ni atarse las manos. Y por eso se ha quedado en casa.

Fuente: De Alfiler al Elefante.
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS. Se ocupa de las páginas y artículos de Opinión.

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