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lunes, 31 de agosto de 2009

Barack Obama, socialista. Por Joaquín Estefanía

Entre las cosas más pintorescas figura la acusación al presidente de EE UU de ser un socialista oculto (como Fidel Castro antes de 1959), dirigida por los mismos que han llevado al mundo a la debacle económica actual y al darwinismo social que padecemos. Los principales escenarios internos en los que se mueven los neocons para atacar a Obama son sus dos reformas estrella: la de la sanidad y la de la regulación del sistema financiero.

Obama ha decidido mejorar a Roosevelt, que creó la Seguridad Social y el seguro de desempleo en los años treinta, y a Johnson, que en 1965 instauró el perfil básico del sistema sanitario estadounidense que ha durado básicamente hasta hoy con la creación de los programas Medicare y Medicaid: seguro a cargo del Gobierno para ancianos, pobres y veteranos de guerra (ejecutado a través de estructuras sanitarias privadas), seguro médico privado pagado por la empresa para los empleados con buenos puestos de trabajo, seguro particular -si pueden permitírselo- para quienes no tienen la suerte de poder acceder a la modalidad anterior, y una vida de zozobra sin seguro de ningún tipo para 50 millones de ciudadanos (una población equivalente a algo más de un país como España).

Bill Clinton también quiso aliviar el hecho de que EE UU, caso único entre los países ricos, no garantice una asistencia sanitaria básica a sus habitantes, pero entre los republicanos más recalcitrantes y la presión de las aseguradoras privadas se cargaron aquella reforma.

A pesar de las limitaciones actuales, el gasto sanitario de EE UU -muy ineficiente- absorbe una cantidad similar al 16,5% del PIB americano. El 85% de la población tiene seguro, y muchos temen que extender la cobertura al 15% restante genere déficit (que habrá de pagarse con subidas de impuestos) y signifique perder calidad en las prestaciones que ya existen.

Obama no busca una sanidad universal gratuita del tipo de los países europeos más avanzados, sino extender la cobertura mediante un seguro público que pueda ser contratado por cualquier persona de modo voluntario, con lo que aumentaría la competencia y obligaría al sector privado a mejorar los servicios y reducir su precio.

Paul Krugman, que en las primarias demócratas apoyó a Hillary Clinton por considerar que ella sería la más consecuente con la voluntad de aplicar la reforma sanitaria y mejorar la calidad de vida de la mayoría de la población, ha descrito del siguiente modo la actuación de las aseguradoras privadas: "... no ganan dinero pagando por la asistencia sanitaria, sino cobrando primas y no pagando por ellas, si les resulta posible. Tanto es así que en el seno del ramo de seguros de salud los pagos en concepto de asistencia, por ejemplo en el caso de una operación pública importante, se designan, literalmente, como pérdidas médicas" (Después de Bush, editorial Crítica).

Cuenta nuestro economista que en la medida en que está en sus manos hacerlo, las aseguradoras privadas someten a examen a sus posibles clientes a fin de comprobar si habrán de necesitar tratamientos costosos, considerando a tal fin su historial familiar, el tipo de actividad profesional que desempeñan y, por encima de todo, las condiciones previas. De ese modo, el más mínimo indicio de que un individuo pueda llegar a generar gastos médicos en mayor medida que el promedio bastará para que su solicitud para contratar una póliza médica a un precio razonable se vea desestimada sin más. Si alguien que supera ese proceso de selección de riesgos acaba, no obstante, requiriendo asistencia, aún habrá de franquear una segunda línea defensiva: los intentos de la compañía por buscar formas de no pagar. Así, las aseguradoras revisarán detenidamente el historial del paciente, a fin de comprobar si se da alguna condición previa de la que no hubiera llegado a informar y que permitiera, por tanto, anular su póliza. Más significativo resulta, en la mayoría de los casos, el recurso a poner en cuestión los dictámenes de médicos y hospitales, tratando de hallar motivos que excluyan el tratamiento ofrecido por éstos de las prestaciones que la aseguradora tiene responsabilidad de cubrir.

Krugman concluye que "las compañías no actúan así por maldad, sino porque el propio funcionamiento del sistema apenas les deja otra elección". Resulta patético que a tratar de solucionar ese infierno se le denomine "socialismo". Indica hasta dónde hemos retrocedido.

Nota del Editor: recomiendo para tener una mejor idea sobre la salud en los Estados Unidos ver el premiado documental de Michael Moore, SICKO, haciendo clic aquí.


Fuente: El País.com
Autor: Joaquín Estefanía, (Madrid, 1951-) es un periodista español. Licenciado en Ciencias Económicas y en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, comenzó su actividad profesional en 1974 como redactor en el Diario Informaciones; poco después pasa a ser jefe de la sección de economía de la revista Cuadernos para el diálogo y redactor jefe del diario económico Cinco días. Más adelante se incorpora al Diario El País, del que llegó a ser director entre 1988 y 1993 y de 1993 a 1996 director de publicaciones del Grupo PRISA. Continúa escribiendo una columna sobre economía en el Diario El País.
Es autor, entre otros títulos, de La nueva economía (1995), La nueva economía: la globalización (1996), El capitalismo (1997), Contra el pensamiento único (1998), El poder en el mundo (2000), La cara oculta de la prosperidad (2003) y La mano invisible (2006), La larga marcha: medio siglo de política (económica) entre la historia y al memoria (2007).

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jueves, 17 de julio de 2008

TURISMO DE SALUD. El futuro traerá medicina sin fronteras

Leyendo la columna del prestigioso y laureado periodista Andrés Oppenheimer en el Miami Herald, me encontre con la columna titulada "El futuro traerá medicina sin fronteras" creo que les va a ser de gran utilidad y conocer algo más sobre la crisis del sistema de salud norteamericano y la tendencia en ascenso de buscar servicios de salud ( mas baratos) en el extranjero.

Desde hace varios años, hemos venido diciendo en esta columna que una de las grandes oportunidades económicas para México --y Latinoamérica en general-- será convertirse en un centro de servicios de salud para millones de estadounidenses que no pueden pagar los servicios hospitalarios de su país, o que simplemente buscan una atención médica más personalizada

Poco me imaginaba que, accidentalmente, yo mismo estaría tres semanas hospitalizado en Ciudad de México el mes pasado, y me tocaría experimentar en carne propia el sistema médico de un país extranjero.

Antes de contarles mi experiencia, señalemos que el turismo de salud de estadounidenses a Latinoamérica, India, Singapur y otros países está creciendo a un ritmo de casi 20 por ciento anual, según distintas estimaciones.

Alrededor de 180,000 estadounidenses viajan a otros países cada año para que se les practiquen procedimientos médicos como reemplazos de rodilla, operaciones de cadera, chequeos regulares o cirugías dentales, según Josef Woodman, autor de Pacientes sin fronteras. Además, otros 400,000 estadounidenses viajan al exterior anualmente para ''terapias alternativas'' --como cursos de meditación en India-- lo que eleva la cifra a un total de 580,000.

Milika Bookman, autora de Turismo médico en los países en desarrollo estima que un país pequeño como Costa Rica está atrayendo, por sí sólo, unos 150,000 turistas de salud por año.

Las razones de este éxodo de pacientes estadounidenses son simples: alrededor de 45 millones de estadounidenses carecen de seguro de salud, y otros 30 millones tienen seguros de salud con insuficiente cobertura. Asimismo, muchos de quienes tienen seguro médico van al exterior para someterse a cirugías cosméticas que no están cubiertas por sus seguros en Estados Unidos.

Los números hablan por sí mismos: un bypass coronario --incluyendo la cirugía y la internación en una habitación privada --cuesta un promedio de $100,000 en EEUU, $27,000 en México y $24,000 en Costa Rica, según las estimaciones de Pacientes sin fronteras. Un reemplazo de cadera cuesta un promedio de $45,000 en EEUU, $11,000 en México y $9,700 en Costa Rica. Un lifting facial cuesta un promedio de $13,200 en EEUU, $3,100 en Costa Rica y $8,550 en México.

Y la tendencia al turismo médico seguirá creciendo: en las próximas tres décadas, habrá alrededor de 100 millones de estadounidenses --los baby boomers-- que alcanzarán edad de retiro. Muchos de ellos no podrán pagar los servicios médicos en Estados Unidos. Y tal como ocurre en Europa, donde los jubilados alemanes, británicos y suecos se mudan a España durante varios meses al año, en busca de atención médica personalizada y un costo de vida más barato, cada vez más retirados estadounidenses se mudarán a comunidades del norte de México, Costa Rica y otros países latinoaméricanos.

¿Pero están estos países preparados para ofrecer servicios médicos del primer mundo? A juzgar por mi reciente experiencia en Ciudad de México, la respuesta es un inequívoco sí, con algunas salvedades obvias.

El 9 de junio, mientras cenaba en un restaurante con dos altos funcionarios académicos mexicanos, repentinamente me descompuse, traté infructuosamente de vomitar, y en el esfuerzo me desgarré el esófago. Es una rara afección médica, conocida como el síndrome de Boerhaave, con un alto riesgo de muerte.

Para mi gran fortuna, los dos funcionarios que me acompañaban no sólo llamarón una ambulancia, sino que hablaron con un alto funcionario de la cadena de hospitales Angeles, y con el presidente de la Universidad Autónoma de México, el Dr. José Narro, que es un prestigioso médico. Cuando la ambulancia llegó al hospital Angeles Mocel, ya habían reunido a un equipo de médicos de primer nivel. El Dr. Jorge Salas, el neumonólogo que dirigía el equipo, descartó un ataque cardíaco y llamó al cirujano toráxico Patricio Santillán para que me operaran de inmediato, y me quitaran más de dos litros de líquido gástrico que tenía en el pecho.

Luego de una operación de seis horas, pasé dos semanas en terapia intensiva y otra semana en una habitación individual hasta que me dieron de alta el 28 de junio, cuando ya podía caminar y todos los análisis daban bien. Los médicos me dicen que dentro de pocas semanas estaré como nuevo.

Durante toda esta odisea, los médicos y enfermeras mexicanos no podrían haber sido más profesionales, ni atentos. Desde el primer día, los médicos me dieron sus teléfonos celulares, pidiéndome que no vacilara en llamarlos si necesitaba preguntarles cualquier cosa. Cuando me visitaban en la habitación, el equipo médico --que incluía al cardiólogo Mario Vélez y al internista Paul Frenk-- pasaba más de una hora explicándome los altos y bajos del proceso de recuperación.

Las enfermeras no podrían haber sido más amables. Me llamaban por mi nombre --en lugar del impersonal ''mi amor'' que tanto usan las enfermeras en Estados Unidos, en algunos casos porque no se toman el trabajo de aprender el nombre de sus pacientes-- me alentaban a que caminara por los corredores del hospital para hacer ejercicio y con frecuencia me ayudaban a distraerme contándome sus vidas o conversando sobre las noticias del día.

Mi habitación individual tenía cuatro veces el tamaño de una habitación de hospital promedio en Estados Unidos, con un TV de plasma y conexión a internet.

''No me sorprende nada de lo que me cuentas'', me dijo Woodman, autor de Pacientes sin fronteras. "En los casi 100 hospitales que visité el año pasado en Taiwan, Corea, India, Costa Rica, México y otros países, los pacientes estadounidenses me dijeron que la calidad del tratamiento era superior a la que habían experimentado en EEUU''.

Cuando volví a Miami y me hicieron exámenes en el Hospital de la Universidad de Miami, el veredicto de los médicos fue unánime: los médicos mexicanos habían hecho un trabajo excelente. De hecho, la pronta detección del problema y la rapidez de la operación me habían salvado la vida. Y la cuenta final del hospital de México había sido de $42,000 --una fracción de los más de $170,000 que hubiera costado en EEUU.

Por supuesto, esta historia tiene sus salvedades: obviamente, recibí un trato especial. Mi columna del Miami Herald se publica en más de una docena de periódicos mexicanos, mi programa de TV Oppenheimer Presenta se emite por la televisión mexicana, y varios de mis libros han sido bestsellers en México. Y el hecho de que el presidente de la cadena Angeles, Olegario Vázquez Adir, el presidente de la UNAM, el doctor Narro, y el regente de Ciudad de México, Marcelo Ebrard, inquirieran a diario por mi estado de salud obviamente ayudaron a que me dieran una atención especial.

La otra salvedad es que, así como hay hospitales buenos en México u otros países de la región, también los hay malísimos. A uno le puede tocar uno malo, y no vivir para contar el cuento.

Según los expertos en turismo de salud, antes de elegir un hospital extranjero, hay que consultar la lista de hospitales acreditados por la Comisión Conjunta Internacional (JCI), el organismo regulador estadounidense que certifica hospitales extranjeros que cumplen con los estándares norteamericanos. Ya hay varios hospitales brasileños y mexicanos en esa lista.

Los hospitales estadounidenses, para no quedarse fuera de juego, ya están sumándose al negocio del turismo médico. Recientemente se inauguró un hospital Johns Hopkins en Panamá, donde algunos médicos graduados en EEUU realizan operaciones por una fracción de su costo en Estados Unidos. El Instituto Internacional de Medicina de la Universidad de Miami está estudiando invertir en un hospital en Cartagena, Colombia, y asociarse con hospitales en la República Dominicana y en Bahamas.

Los extranjeros seguirán viniendo a los hospitales de Estados Unidos para procedimientos médicos de alta complejidad que no están disponibles en sus países, ni lo estarán por muchos años. Pero, para operaciones rutinarias, la tendencia será hacia otros países con costos más razonables.

''El turismo de salud nos está haciendo considerar seriamente la posibilidad de asociarnos con hospitales en el extranjero'', me señaló Eduardo de Marchena, el decano de Medicina Internacional de la Universidad de Miami.

Mi opinión: si los médicos y enfermeras mexicanos ofrecen a sus pacientes una fracción de la atención que me dieron a mí, brindan un servicio mucho más personalizado del que se puede encontrar en la mayoría de los hospitales de Estados Unidos. Una buena atención médica con calidez personal será un gran atractivo para millones de turistas de salud norteamericanos, y le podría dar --como ocurre en España-- un gran impulso a las economías latinoamericanas.

Si desea saber mas sobre las dificultades para acceder a los seguros de salud, sus altos costos y demás topicos relacionados a este tema: recomiendo mirar el documental "Sicko" (es el título en inglés) de Michael Moore estrenado el 29 de junio de 2007. La película ofrece su particular enfoque del sistema de salud de Estados Unidos de América, poniendo énfasis en la crítica a las grandes compañías de servicios de salud estadounidenses.

Fuente: ElNuevoHerald.com

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