OPERACIÓN REDIMENSIONAMIENTO / OJO ADVENTISTA.
La mayoria de los articulos de "Estatologico" estan siendo transferidos a dos nuevas secciones de Ojo Adventista: OPINIONES del MUNDO y NUEVO ORDEN MUNDIAL.

jueves, 19 de marzo de 2009

En crisis: las ideologías. Por Lluís Bassets

Basta ya de vacilaciones. La ecuación funciona perfectamente y no hay que darle más vueltas: la crisis de la izquierda es a la caída del Muro de Berlín (20 años ya) lo que la crisis de la derecha es a la caída de Lehman Brothers, y a lo que te rondaré morena que todavía no hemos visto. Lo dice incluso una de las sagradas biblias del capitalismo globalizado como el Financial Times, que acaba de abrir una rúbrica llena de interrogantes sobre el futuro del capitalismo. Martin Wolf se estrena con un soberbio análisis en el que reseña lo que escribió en 2007 (19 de junio): el nuevo capitalismo no había todavía pasado sus pruebas. “El examen ha llegado: suspenso. La era de la liberalización financiera ha terminado. A diferencia de los años 30, no existe ninguna alternativa creíble a la economía de mercado y los hábitos de la cooperación internacional son profundos”.

En Europa somos capaces de andar siempre con el paso cambiado. La izquierda es tan conservadora y la derecha tan rara como para que una vez más seamos incapaces de sintonizar con la otra orilla (lo intenta Brown, aunque de capa caída). La tentación populista es fuerte, como revelan el sarkozysmo y todavía más el berlusconismo. Quizás la más fuerte, siguiendo un lejano reflejo de la Gran Recesión del siglo pasado. Donde las cosas están en orden, en cambio, es en Estados Unidos: los republicanos se sienten como rebaño sin pastor (un 68 por ciento confiesa que no tienen líder); su propio Gobierno tuvo la oportunidad de liquidar lo que quedaba de sus recetas ideológicas y lo hizo (tiene razón Obama: la primera gran intervención ’socialista’ fue obra de Bush, con el objetivo no alcanzado de salvar la banca financiera; ¿de qué se van a quejar ahora?); y la única alternativa a los planes de impulsar una nueva economía verde y tecnológica la ofrece el radiofonista Rush Limbaugh, el Federico de las grandes praderas: rechazo total a la subida de los impuestos, rechazo tajante a la intervención del Estado.

Quienes lo tienen muy claro son nuestros amigos de Beijing. Sus ahorros siguen afluyendo hacia Estados Unidos vía bonos federales, con resultados interesantes para Obama: tiene líquido para emprender sus numerosos proyectos de cambio de modelo económico y no se le cae por los suelos la cotización del dólar. No es extraño que los chinos reivindiquen sus habilidades e incluso su ideología frente al desprestigiado liberalismo capitalista y su democracia representativa. La división de poderes o la alternancia les parecen cosas extrañas y perjudiciales para su exitosa fórmula de pluralismo dirigido por el Partido Comunista (también entre nosotros hay alérgicos a lo primero, en Madrid, y a lo segundo, en Bilbao; pero en ningún caso con tanto descaro ni sobre todo con resultados tan eficaces a la hora de poner en práctica las propias ideas).

Fuente: "De Alfiler al Elefante" - ElPaís.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS. Se ocupa de las páginas y artículos de Opinión.

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domingo, 15 de marzo de 2009

La economía de la mentira. Por Javier Rey-Maquieira

"Miénteme y dime que me quieres". Así, con la mejor de las frases pero con la peor de las estrategias, se reivindica Johnny (Sterling Hayden) a Viena (Joan Crawford) en Johnny Guitar. Así, envueltos en datos que aún empeorarán, aparece una estrategia en la que la mentira reclama su papel protagonista.

Madoff mintió de manera tan vulgar que permite constatar que, en credulidad, ricos y pobres, listos y tontos somos asombrosamente semejantes. Los miembros del consejo de Lehman Brothers mintieron por su incapacidad para decir simplemente: "No lo entiendo". Otros trocearon la mentira, diferenciándola en su envoltorio, hasta venderla en los mercados internacionales. De nuevo, con la necesaria complicidad de la soberbia, algunos la compraron, endosándonos al resto un riesgo que, en el mejor de los casos, eran incapaces de comprender y medir. Así las cosas, los mercados financieros internacionales pasaron a intercambiar mentiras a precios de verdades. Y claro, mentiras de afuera financiando mentiras de adentro nos llevaron al rincón del perro acorralado que, según dicen, además de ladrar, muerde.

Ahí aparece nuestra historia en la que algunos de los narradores principales, "oxigenados" por el "tú más", o más bien "tú todo", nos contaron que en esa película nosotros éramos meros espectadores a los que, como máximo, se nos podía acusar de haber acudido cándidamente a un acto falso en el que desafortunadamente debíamos pagar una muy cara entrada. De esta manera, pasamos a convertirnos en cómplices de una tragedia parcialmente común en la que tendremos, sin duda, un claro protagonismo. Para ser precisos, muchos han mentido y todos nos hemos mentido.

Empezando por lo concreto, ¿nadie es capaz de reconocerse en la mentira de la concesión de hipotecas? ¿Nadie en su nombre o en el nombre de sus amigos recuerda ejemplos de préstamos concedidos sin atender a la mínima noción de riesgo? ¿Endeudamientos hipotecarios, con el aval de rentas generadas en el sector de la construcción, que alcanzaban a inmuebles de más de 300.000 euros financiados al 120%? Es, les puedo asegurar, muy sencillo; los demás tenían hipotecas basura y nosotros tenemos, en una importante fracción, una basura de hipotecas.

Siendo todo lo anterior grave, más complicado es aún el engaño colectivo en el que parecemos decididos a participar. Miren, una devaluación es, por el aviso de los demás, el fin de un autoengaño y el comienzo de un respiro que, en demasiadas ocasiones, conduce al mismo final; cuando hay integración monetaria, "nadie" te avisa de que no progresas adecuadamente y al final cuando te giras para pedir ayuda siquiera queda aire para respirar. Vayamos a loprosaico: en la primera mitad de los noventa necesitamos devaluar cerca de un 30% para que la economía pudiese recuperarse; después de unos diez años de compartir moneda hemos acumulado diferenciales de inflación con nuestros principales mercados que reflejan una pérdida de competitividad cercana al 20%, en el mejor de los casos. Si alguien está pensando en que esto puede ser simplemente el resultado de haberlo hecho bien, le recomiendo que se detenga en el dato del déficit por cuenta corriente, de aproximadamente el 10% del PIB por estas fechas y en el entorno del 5,5% cuando las devaluaciones nos despertaron de nuestros sueños en los noventa.

Algunos, muchos más de los que se recuerda y muchos menos de los que ahora lo dicen, habían ido avisando de que nuestra situación era insostenible, de que a la mentira que nos envolvía le quedaba escaso recorrido.

Vayamos pues a la exposición, a modo de trazos groseros, de algunas de las cosas que deberíamos hacer. Deberíamos pensar en dos tipos de escenarios: uno, ahora incluso "optimista", en el que la media de inflación en la UE esté cercana al 3%, y otro, en el que la inflación media se sitúe en el entorno del 0% o incluso con deflación. No vale la pena detenerse ahora en cómo hemos cambiado nuestras preferencias muchos economistas.

En el primer caso, aconsejaría una congelación del sueldo de los funcionarios por un mínimo de dos años, usando los recursos para un plan, bien estudiado, de infraestructuras públicas que aumentase a medio plazo la productividad. No tiene ningún sentido, en una situación en la que el paro va a superar claramente los 4.000.000, que el salario de quienes tienen asegurado también el puesto de trabajo siga subiendo; además, la mejora en la competitividad nos obliga a exigir esfuerzos y sacrificios a todos. Mientras tanto, es posible que, con la corrección de algunos errores, el plan de financiación de entidades locales debiera realizarse también en el año 2010.

Por otro lado, el Gobierno, con los necesarios controles para el futuro, debería evitar impagos y prórrogas injustificadas por parte de los ayuntamientos y otras administraciones. No es razonable que cuando el Estado disfruta de menores restricciones de liquidez que el sector privado sea éste quien financie las deudas de las Administraciones públicas.

En el resto de la economía debería intentarse, salvo en las empresas en las que el incremento de productividad y demanda lo justifique, un pacto de rentas que, a partir de una congelación de salarios, tuviese como objetivo primordial, al margen de suavizar las restricciones de liquidez, el aumento de la productividad del trabajo.

A medio y largo plazo, nuestra constricción principal es la educación y la innovación. Ahí algunos apuntes muy claros deberían ir en la dirección de profesionalizar la gestión de los centros públicos; especializar las universidades; reducir a tres años, salvo lógicas excepciones, los títulos de grado; establecer normas para una mayoría de las convocatorias públicas de investigación, que vinculen el éxito en la demanda con la vinculación financiera a empresas; "obligar" a las empresas de cierto tamaño a realizar o adquirir investigación.

Finalmente, sin prisas pero sin pausas, debería abordarse una reforma del mercado de trabajo que permita evitar la actual segmentación del mercado entre los trabajadores cuyos contratos son excesivamente rígidos y aquellos cuyos contratos son excesivamente flexibles. Una última apostilla; pienso que en la situación actual las reducciones de impuestos serían en general ineficientes y no resolverían los problemas de demanda que éstos sí vienen originados por la crisis internacional.

Para el segundo caso, cada vez menos descartable, la congelación de salarios públicos y de muchos salarios privados no permitiría resolver nuestro problema de competitividad, y por ello, aunque pueda resultar chocante, yo pienso que esa congelación debería ir acompañada de una subida de impuestos que permitiese financiar el incremento de infraestructuras públicas necesario para mejorar nuestra productividad. Claro, el resto de lo horrible se mantiene.

Como pueden ver, casi todo muy desagradable, aunque los que ya tenemos ciertas edades sabemos que el "miénteme y dime que me quieres" es el mejor de los contratos hacia la desesperación y el olvido.


Fuente: ElPaís.com
Autor: Javier Rey-Maquieira es profesor y decano del Departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears (UIB).
Fotografía: Economist.com

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jueves, 12 de marzo de 2009

Cómo lidera Obama. Por Joseph S. Nye

Hace dos años, Barack Obama era un senador en su primer mandato que había manifestado interés en postularse para la presidencia. Mucha gente se mostraba escéptica ante la posibilidad de que un afroamericano con un nombre extraño y escasa experiencia pudiera ganar. Pero a medida que desarrolló su campaña, demostró que tenía los poderes necesarios -blando y duro- para gobernar.

El poder blando es la capacidad de atraer a los demás y sus cualidades esenciales son la visión, la inteligencia emocional y la capacidad de comunicar. Pero un líder necesita también cualidades del poder duro, como una capacidad organizativa y hasta maquiavélica. Igualmente importante es la inteligencia contextual que le permite variar la mezcla de estas habilidades en diferentes situaciones para producir las combinaciones exitosas que yo llamo "poder inteligente".

Durante su campaña, Obama demostró estas habilidades en su tranquila respuesta a las crisis, su visión de futuro y su soberbia capacidad organizativa. En cuanto a su inteligencia contextual, se había forjado desde abajo, con sus experiencias personales en Indonesia y Kenia y su comprensión de la política norteamericana a partir de su trabajo como organizador comunitario en Chicago.

Obama siguió demostrando estas habilidades en su casi perfecta transición. Al elegir a su principal rival, Hillary Clinton, como secretaria de Estado, y superar el partidismo para retener a Robert Gates como secretario de Defensa, demostró su disposición a contar con subordinados fuertes. En su discurso de toma de posesión, apeló al poder inteligente -"tender una mano abierta a quienes aflojen sus puños"-, pero también mostró responsabilidad en un momento en que los norteamericanos afrontan serios problemas económicos.

Es más, Obama ha iniciado su mandato de manera activa. En sus primeras semanas, ha comenzado sus promesas diseñando un plan de estímulo económico masivo, ordenando el cierre de Guantánamo, concediéndole una entrevista a la cadena Al Arabiya y enviando un importante emisario a Oriente Próximo.

George W. Bush dijo que su papel como líder era ser el que decide. Pero incluso aunque Bush hubiera sido mejor a la hora de decidir, la gente quiere algo más de un líder. Queremos a alguien que nos diga quiénes somos. Juzgamos a los líderes no sólo por la efectividad de sus acciones, sino también por sus significados.

La mayoría de los líderes se alimentan de la identidad y la solidaridad de sus grupos. Pero algunos ven obligaciones morales más allá de su grupo inmediato. Cuando Obama se enfrentó a una crisis por las incendiarias observaciones raciales de su ex pastor, no se evadió del problema, sino que usó el episodio para pronunciar un discurso que sirvió para ampliar la capacidad de entendimiento entre los norteamericanos blancos y negros.

El 11-S fue una oportunidad para que Bush expresara una nueva visión de la política exterior. Pero no logró producir una visión sostenible sobre el liderazgo de EE UU en el mundo. Una visión exitosa es aquella que combina inspiración con viabilidad. Bush nunca entendió esa combinación.

Obama necesitará utilizar tanto su inteligencia emocional como contextual si ha de restablecer el liderazgo norteamericano. Hace una década, lo convencional era pensar en un mundo con una hegemonía norteamericana unipolar. Los neocons llegaron a la conclusión de que EE UU era tan poderoso que podía hacer lo que quería, y que los demás no tenían otra alternativa que seguirle.

Este nuevo unilateralismo se basaba en un entendimiento profundamente erróneo de la naturaleza del poder -la capacidad de movilizar a los otros para obtener los resultados que uno quiere- en la política mundial. EE UU puede ser la única superpotencia, pero preponderancia no es imperio; puede influir, pero no controlar a otras partes del mundo. Que ciertos recursos produzcan poder siempre depende del contexto.

Para entender el poder y sus contextos en el mundo hoy, sugerí la metáfora de un juego de ajedrez tridimensional. En el tablero superior del poder militar, EE UU es la única superpotencia. En el tablero intermedio de las relaciones económicas, el mundo ya es multipolar. EE UU no puede obtener los resultados que quiere en comercio, lucha contra los monopolios y otras áreas sin la cooperación de la Unión Europea, China, Japón y otros. En el tablero inferior de las relaciones transnacionales fuera del control de los gobiernos -pandemias, cambio climático, control del narcotráfico o terrorismo transnacional, por ejemplo-, el poder está distribuido de manera caótica. Nadie ejerce el control.

Éste es el mundo complejo en el que Obama asume el liderazgo. Hereda una crisis económica global, dos guerras en las que hay desplegadas tropas estadounidenses y aliadas, crisis en Oriente Próximo y el sur de Asia y la lucha contra el terrorismo. Tendrá que lidiar con este legado y al mismo tiempo trazar un nuevo horizonte. Tendrá que tomar decisiones difíciles y a la vez crear una mayor sensación de sentido, donde EE UU vuelva a exportar esperanza y no miedo. Ésa será la prueba de fuego de su liderazgo.


Fuente: ElPaís.com / © Project Syndicate, 2009.
Autor: Joseph S. Nye, Jr., decano de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, fue presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos y Secretario Adjunto de Defensa en el gobierno de Clinton. Autor de Soft Power: The Means to Success in World Politics.
Fotografía: las manos de Barack Obama.

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martes, 10 de marzo de 2009

La caída del imperio americano. Por Moisés Naím

Esto se acabó. La superpotencia estadounidense está en caída libre. La economía en bancarrota, sus bancos en barrena, deudas por las nubes, sus industrias manufactureras derrotadas por los rivales del Lejano Oriente y sus ejércitos empantanados en países que no entienden y enfrascados en una guerra a muerte contra terroristas globalizados a quienes entienden aún menos. Las cifras de desempleo estadounidense son las más altas en un cuarto de siglo mientras que el valor de las acciones de iconos como General Motors o Citicorp ha llegado a su nivel más bajo. El desprestigio de Estados Unidos es indiscutible y su declive como superpotencia está a la vista.

Ésta es, en apretado resumen, una visión que se está popularizando acerca de la situación y perspectivas de Estados Unidos y de su papel en el mundo. Yo no la comparto.

Es obvio que la economía, la influencia y el prestigio de Estados Unidos están pasando por uno de los peores momentos que puedan recordarse. Pero es igualmente obvio que sus rivales también están atravesando por una muy mala racha. Y si bien es cierto que mal de muchos es consuelo de tontos, también es cierto que, en términos de la economía y la política mundiales, lo que le pasa a un país no es lo único que cuenta. También cuenta -y mucho- lo que les pasa a otros países; especialmente a sus principales rivales y aliados. Y en estos tiempos los demás países se están debilitando más que Estados Unidos.

En 1972, el presidente Richard Nixon también presagió el descenso de la hegemonía de su país. Según él, Estados Unidos estaba destinado a perder influencia a manos de Rusia, China, Europa y Japón. Ya sabemos cómo le fue a ese pronóstico.

Recientemente se puso de moda la idea de que los países emergentes del llamado grupo BRIC -Brasil, Rusia, India y China- junto a otras naciones asiáticas, y con una Unión Europea unida y revitalizada, se constituirían en un inevitable contrapeso a Washington.

Pero la realidad es que la crisis ha golpeado a todos estos países más que a Estados Unidos. Y también es cierto que, con la excepción de China, su reacción ante la crisis ha sido más lenta y menos agresiva. Además, el estancamiento japonés, la desunión europea, la fragilidad de las economías emergentes -incluyendo la de China- y el devastador impacto de la caída del precio del petróleo para los bañados en crudo: Rusia, Irán o Venezuela, obligan a ver la presunta decadencia de Estados Unidos desde otra perspectiva.

Y a pesar de los editoriales y artículos anunciando que el mundo ya no quiere saber nada más del fraudulento e inhumano modelo estadounidense, en la práctica -e independientemente de las malas noticias que vienen de Washington y Wall Street- los ahorradores del mundo continúan buscando refugio en el dólar y en los bonos del Tesoro de ese país.

¿Está usted dispuesto a colocar sus ahorros en bonos emitidos por el Gobierno ruso? ¿Por el chino? ¿Ve a Japón despertándose de su prolongado letargo económico? ¿Cree usted que los esfuerzos de revitalización económica que se están haciendo en Europa darán resultados antes de los que está ejecutando el Gobierno de Barack Obama?

Si bien no hay certeza de que las iniciativas de Obama vayan a sacar a su país de la profunda crisis que padece, de lo que no hay dudas es de que el nuevo presidente ha reaccionado con gran celeridad y ha logrado movilizar recursos en volúmenes inimaginables. Tampoco hay dudas de que el Gobierno de Obama impondrá profundos cambios al modelo socioeconómico que ha imperado en Estados Unidos durante décadas. El sector financiero será más estrechamente regulado, la seguridad social será fortalecida, la desigualdad económica combatida, el Estado pesará más en la economía y la lucha contra el calentamiento global, intensificada. De la misma manera que sus predecesores -especialmente George W. Bush- se excedieron en el peso que le dieron al mercado es casi seguro que Obama se exceda -en parte obligado por las circunstancias- en el peso que dará al Estado. También sabemos que muchos de los remedios que se están utilizando tendrán efectos negativos más adelante: mayor inflación, por ejemplo.

Pero de lo que no hay duda es de que el nuevo presidente está dispuesto a usar todos los recursos de su país para reactivarlo tanto económica como social, tecnológica y políticamente. El éxito no está garantizado. El intento sí.


Fuente: El País.com
Autor: Moisés Naím. Venezolano, ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela entre 1989 y 1990 y antiguo director ejecutivo del Banco Mundial. Director en jefe de la edición norteamericana de Foreign Policy y columnista de El País, Financial Times, Newsweek, Corriere della Sera, L'Espresso, TIME, Le Monde, Berliner Zeitung entre otras publicaciones.
Fotografía: montaje Menesez Filipov

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domingo, 8 de marzo de 2009

Max Weber en la Casa Blanca. Por Lluís Bassets

Ningún gobernante puede eludir la disonancia entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción estudiada por Max Weber hace casi un siglo en su conferencia La política como profesión. Como Barack Obama no iba a ser una excepción, no han bastado ni siquiera cien días para que empezaran a apuntar algunas minúsculas señales oscuras, todavía pequeñas motas de polvo, sobre su radiante imagen. El nuevo presidente dio pasos contundentes, solo llegar a la Casa Blanca, con sendos decretos presidenciales en los que se prohíbe la tortura y se programa el cierre de la base de Guantánamo para 2010. Su compromiso con esta política de respeto y promoción de los derechos humanos ha tenido un sonoro reflejo en dos de sus grandes discursos, en la toma de posesión y en su primera alocución ante las dos cámaras reunidas, que se sintetiza en su idea de hacer compatibles la seguridad nacional y la defensa de los valores democráticos.

Todas las exigencias que se le presentan se podrían resumir en cuatro: predicar con el ejemplo; reincorporarse a la comunidad internacional en la firma y cumplimiento de tratados y convenciones sobre derechos humanos; reformular y ajustar una política exterior acorde en su actitud rigurosa ante los incumplimientos de los países socios; e investigar y depurar razonablemente las responsabilidades respecto a los desmanes perpetrados durante la presidencia de George W. Bush. En los cuatro puntos todo está en mantillas, o lo que es aún peor, empiezan a producirse titubeos o muestras de criterio escaso.

No es un buen comienzo que Hillary Clinton, en su primera salida al exterior, declare las relaciones con China exentas de toda exigencia en este capítulo. La orden de detención contra el jefe de Estado sudanés, Omar al Bashir, viene a recordar a su vez alguna de las cuentas pendientes a liquidar con urgencia: Estados Unidos, que firmó con Bill Clinton el estatuto de creación de la Corte, no quiso luego ratificarlo, ya con Bush, y legisló en su contra, prohibiendo colaborar con ella y protegiendo a sus ciudadanos de sus acciones; aunque toda esta acción unilateralista no le impidió a Bush estar a favor de que Al Bashir fuera acusado de genocidio. Pero es evidente que Obama no podrá plantear a medio plazo una política exigente respecto a la situación de los derechos humanos en las dictaduras o democracias soberanas amigas si antes no ha dejado limpio y en orden el patio interior y a la vez se ha incorporado al grupo de países más cumplidores.

Y ahí es donde están llegando noticias inquietantes. Un alto cargo del Departamento de Justicia, Neal Katyal, ha sugerido a la Casa Blanca la creación de un tribunal de seguridad nacional que permita la detención preventiva por tiempo indefinido y sin juicio de determinados sospechosos de terrorismo. Detrás de estas ideas se halla la resolución del problema que plantea el cierre de Guantánamo, donde hay un grupo de terroristas que podrían quedar en libertad si el Gobierno se limitara a llevar a los presos ante un tribunal ordinario.

En tres de las sesiones congresuales de confirmación de sendos nombramientos presidenciales se han escuchado expresiones preocupantes respecto al escrupuloso respeto a los derechos humanos prometido por Obama en su campaña. Se trata de Elena Kagan, la procuradora general del Estado, que actúa en nombre del Gobierno ante el Tribunal Supremo; el fiscal general, Eric Holder; y el director de la CIA, Leon Panetta. La aplicación del código militar a los terroristas, de nuevo el concepto de tortura y las autorizaciones excepcionales a los servicios secretos para detenciones o secuestros ilegales son los puntos que no han quedado suficientemente aclarados y descartados en estas comparecencias.

Tampoco está claro que la nueva Administración dé vía libre a la exigencia de responsabilidades por las acciones ilegales realizadas desde la anterior Casa Blanca en la lucha antiterrorista. La CIA acaba de reconocer que autorizó la destrucción de 92 vídeos de interrogatorios, presumiblemente con uso de torturas, con una finalidad fácilmente reconocible de obstaculizar la investigación. El Departamento de Justicia ha levantado el secreto sobre nueve de los famosos memos de los consejeros legales de Bush que cubrían las acciones ilegales del Gobierno con sus opiniones jurídicas. Pero falta por desvelar todavía el contenido de otros 35 documentos secretos.

La responsabilidad de Obama es salvaguardar la seguridad de sus conciudadanos y defender sus intereses en el mundo. Cuanto más se aleje esta responsabilidad de sus convicciones, peor le irán las cosas. La razón es sencilla: Obama ha hecho de la transparencia política un instrumento y a la vez un objetivo; una convicción o valor dentro de su concepto de la sociedad democrática. De ahí que será la propia transparencia del sistema que está construyendo la que pondrá en evidencia sus fallos, sean sólo motas de polvo como ahora o se conviertan en horribles lamparones como los que rompieron la imagen de su antecesor.


Fuente: ElPaís.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS. Se ocupa de las páginas y artículos de Opinión.
Cartoons: Cam Cardow / The Ottawa Citizen

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domingo, 1 de marzo de 2009

Colapso generalizado: EEUU se prepara para lo peor, según la cadena Fox News

Los 4 escenarios del "Pearl Harbor financiero"

El viernes pasado, 20 de febrero de 2009, el programa "The War Room" ("La sala de guerra") que conduce el periodista estadounidense Glenn Beck por Fox News Television, una cadena ultraconservadora y militarista, emitió un programa especial dedicado a evaluar "qué pasaría si.." (what if?) ocurriese un "11 de septiembre económico" ("an Economic 911"), para cuyo análisis utilizaron la metodología militar del planeamiento estratégico, aplicando escenarios probables de eventos de alto impacto (al estilo de los juegos de guerra). El informe televisivo ultraconservador coincide llamativamente con un primer informe de la CIA, en la era Obama, difundido la semana pasada, advirtiendo sobre la posibilidad de un "Pearl Harbor financiero", cuyos escenarios van desde un ataque asiático contra el dólar, regreso del nacionalismo anti-EEUU, hasta procesos de caos económico en países de Europa del Este, en un contexto mundial donde la crisis económica se va a convertir en un "enemigo mucho más peligroso" que el "terrorismo" para la seguridad nacional de EEUU.

Prepararse para lo peor

El programa de Fox New se inicia señalando que el gobierno de EEUU acaba de realizar un ejercicio de planeamiento sobre qué hacer en caso de un "ataque coordinado de dos días de duración contra los Estados Unidos".. El periodista Glenn Beck, el conductor, se pregunta de qué se trata todo esto, y luego recuerda una frase del ex-senador William J. Fulbright (figura clave en el establishment norteamericano de hace treinta años), quien dijera que "debemos atrevernos a pensar en lo impensable, porque si lo impensable nos llega a ocurrir, entonces no habrá tiempo para pensar, y las acciones que tomemos las haremos sin pensar".

El periodista Beck repitió el axioma de que el mejor planeamiento consiste en "prepararse para lo peor", y si luego no ocurre, mejor. Todos los escenarios evaluados se basan en la premisa "Estamos en el año 2014".

Llamativamente el informe de Fox New coincide con un primer informe de la CIA de la era Obama, difundido la semana pasada, en el cual se evalúa que la crisis financiera internacional representa actualmente la amenaza número uno a la seguridad nacional de los Estados Unidos.

En un dramático informe presentado ante el Comité de Inteligencia del Senado, el Director de la Inteligencia Nacional de Barack Obama, el almirante (R) Dennis Blair dijo la semana pasada que esta nueva amenaza y sus implicancias geopolíticas son hoy mucho más graves que el "terrorismo internacional".

Primer escenario: Colapso financiero total

El Indice Dow Jones Industrial Average cae a 2800 puntos. El desempleo supera el 12%. Todos los bancos son nacionalizados. El mercado inmobiliario colapsa, el oro llega a US$ 8.000 la onza, comienzan a circular monedas alternativas, y el trueque se convierte en la forma de intercambio económico.

Este escenario fue evaluado por los analistas Gerald Celente del Trends Research Institute (Instituto de Análisis de Tendencias), quien recomienda "prepararse y planificar para lo peor y luego, dar un paso atrás". y el periodista Stephen Moore de The Wall Street Journal (que en Dic. 08 prestó credibilidad al análisis del ruso Igor Panarin, quien vaticinó el colapso del dólar y la balcanización de Estados Unidos) y autor del libro "The End of Prosperity" (El fin de la prosperidad).

Segundo escenario: Ingobernabilidad y caos social

Ante la emergencia del primer escenario, se evalúan los límites de la libertad de opinión y de prensa, en un contexto de caos donde crecientes sectores poblacionales visualizan la crisis como la traición del mandato que el gobierno recibió del pueblo.

Un entrevistado, Onkar Ghote (del Ayn Rand Institute), señala que existe peligro de que el gobierno imponga limitaciones a la emisión de opinión y genere una "línea oficial" de pensamiento. El periodista Beck recuerda a la audiencia como antecedente, que cuando EEUU entró en la primera guerra mundial en 1917, llegó a haber 150.000 prisioneros políticos cuyo único delito fue haber manifestado su oposición a aquella guerra. ¿Puede volver a ocurrir?

Otro entrevistado, el Sargento Mayor del Ejército de EEUU, Tim Strong habló del "Bubba Effect", que surge en la milicia cuando los combatientes dejan de confiar en sus comandantes y se (re)agrupan en compactas y sólidas celdas o grupos, unidos por intereses y objetivos en común cimentados en la lealtad, normalmente volcada sobre algún oficial capaz, experimentado y carismático.

En Alemania, tras el caos producido por la traición y derrota en la primera guerra mundial de 1919, se formaron las conocidas Unidades "Roswell" que operaban de manera similar, logrando contrarrestar en parte el terrible caos nacional de entonces. El Sgto. My. Strong indica que estas tendencias ya existen entre grupos civiles dentro de los EEUU: vecinos, amigos y familiares que se unen y coordinan entre sí, almacenando víveres, combustible, armas, y todo tipo de elemento necesario para la supervivencia en casos de emergencias. "Operan como comunas que recuerdan a la película Mad Max", y son la consecuencia del "creciente aislamiento del pueblo ante la inoperancia de sus líderes, por cuanto el gobierno ha traicionado la Constitución."

Otro entrevistado, Michael Sheuer, ex jefe de la Unidad Bin Laden de la CIA y autor del libro "Marching Towards Hell" (Marchando hacia el infierno) subraya la "tiranía de la incompetencia del gobierno" y comenta que un estudio realizado por The Heritage Foundation (un think tank republicano), se estima que para pagar los gigantescos salvatajes y déficits que el gobierno de EEUU está incurriendo y los que piensa incurrir en los próximos años, cada ciudadano tendrá que pagar impuestos del orden del 80 al 90 por ciento de sus ingresos, cosa que obviamente no ocurrirá puesto que antes se producirá una rebelión generalizada.

Cuando el periodista Beck pregunta a los entrevistados qué se debe hacer para detener todo esto a lo que tanto Michael Sheuer como Tim Strong responden diciendo que no creen que se deba hacer nada (!!!). En ese momento, Beck se muestra alarmado (ver minuto 5:12 de la "parte 4" del video) ante la respuesta de sus entrevistados.

Tercer escenario: Estallidos sociales globales

En el programa de Fox New se señala también que el ejército norteamericano está realizando ejercicios en el estado de Iowa y otros estados para hacer frente a "disturbios civiles", aunque Tim Strong aclara que "no cree que las fuerzas armadas disparen sobre ciudadanos norteamericanos".

Estos Disturbios Civiles Globales surgirían cuando EEUU deje de ser el "policía del mundo" (un mundo al que se compara con "lo que ocurre cuando el maestro sale del aula y todos hacen un gran lío", agregando (como era previsible) que los principales "lieros" serán "los islámicos").

A esto se le agrega el hecho de que Méjico colapsará en el caos, y será tomado por narco-pandillas, cuyos efectos se propagarán a EEUU donde ciudades como Nueva York se parecerán crecientemente a Méjico y Calcuta.

Cuarto escenario: Guerra en Medio Oriente

Se evalúa lo que ocurrirá si se producen ataques contra oleoductos y gasoductos en Medio Oriente y otras regiones debido al caos social si el precio del petróleo cae a US$ 6 el barril como consecuencia de la interrupción de la actividad económica mundial.

Se prevé también que casi no habrá actividades turísticas a nivel global a causa de la falta de seguridad. Se estima además que el primer país en ingresar al caos en Europa Oriental será Ucrania, y el primer país en en ingresar al caos en Occidente será Irlanda, mientras que habrá más de 50 millones de desempleados en Occidente.

Estas evaluaciones las hacen Brad Thor (ex Jefe de la Unidad Celda Roja de Departamento de Seguridad Interior, y autor de "The Last Patriot" ("El último patriota"), y Bob Baer, ex-agente de la CIA, quienes señalan entre otras cosas que ante la victoria del ultra-derechista sionista Benjamin Netanyahu como primer ministro de Israel, un flamante estudio del Pentágono acaba de aumentar la "probabilidad de guerra en el corto plazo en Medio Oriente al 55%".

El informe estima además que Netanyahu reiniciará la invasión y ataques a Gaza, lo que producirá una nueva escalada de la violencia en un escenario donde posiblemente Hezbollah atacará a Israel desde el norte, llevando a Israel a atacar "centros de Hezbollah en Damasco, Siria", lo que hará que Irán ataque instalaciones petroleras en Medio Oriente vitales para EEUU e Israel, al tiempo que seguirá con su plan nuclear.

A ello agregó Brad Thor que si EEUU se viera limitado en su capacidad de defender a Israel, entonces "Israel tendrá todo el derecho de atacar a Irán", otro ejemplo más del determinante poder que mantiene el sionismo sobre el gobierno de Estados Unidos.

El último entrevistado fue Bob Sherwood, fundador del The Survivors' Club (El club de los sobrevivientes), quien enfatizó la necesidad de tomar conciencia del "enemigo interno" y de la necesidad de que estemos en "alerta temprana".

Señaló la necesidad de "recablearnos" ("rewire ourselves"), o sea, reprogramarnos para poder hacer frente a las terribles crisis que seguramente sobrevendrán en los Estados Unidos y otras partes. Puso como ejemplo, el hecho de que desde hace tres décadas los 30 millones de habitantes del estado de California han sido "reprogramados" por las autoridades para estar preparados para "el Gran Terremoto" que se supone golpeará California (evento de baja probabilidad pero de alto impacto).

Concluyó diciendo que ante crisis terminales de este tipo, hay básicamente 5 clases de personas: los que pelean (o sea, activistas que se volcarán a la desobediencia civil), los que piensan (o sea, quienes ayudan a planificar y hallar soluciones novedosas), los realistas (quienes aceptan los hechos y tratan de superarlos sin rebelarse), los que se conectan (o sea, quienes tienen la solidaridad social como eje central de su comportamiento), y los creyentes (quienes básicamente se encomiendan a Dios).

El programa The War Room del viernes pasado emitido en vivo por Fox New, concluyó enfatizando la conveniencia de "creer en Dios" y en la misión especial de los EEUU, al tiempo que recalcó la necesidad de "estar preparados".

Lamentablemente este programa se encuentra en vídeos solamente en idioma inglés. pero aqui estan ellos:











Fuente: IAR Noticias
Nota: Este informe fue elaborado teniendo como fuente original una traducción al español del programa de Fox New realizada por el consultor internacional y conferencista, Adrian Salbuchi, y publicada en su sitio www.asalbuchi.com.ar

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domingo, 22 de febrero de 2009

¿Quién pagará la crisis? Por Sami Naïr

¿Quién pagará las consecuencias de la crisis? No es una pregunta abstracta, sino central. Conocemos a los culpables de la crisis: mercados financieros ultraespeculativos en los que manipuladores sin escrúpulos y accionistas codiciosos invierten con frecuencia, banqueros sospechosos, que son minoría en el oficio pero que le causan un gran daño, un sistema monetario desconectado de la actividad productiva, etc. Quienes tenían un sentido mínimamente realista de la economía sabían desde hacía tiempo que este sistema iba a reventar. ¿Pero quién les escuchó? Ya se anuncia en todo el mundo uno de los mayores signos del paso de la recesión a la depresión: el aumento de las reivindicaciones salariales y de la pobreza. ¿Qué hacer con este sistema que ha provocado el caos, después de haber pretendido ser en estos últimos decenios el mejor y el único? Hay varias propuestas y una tendencia de fondo que se perfila.

De acuerdo con estas propuestas, unos dicen que hay que restablecer el vínculo entre la producción y los mercados financieros para evitar las huidas especulativas. Son los de la escuela de la racionalización y del buen sentido. Otros creen que esta crisis pasará rápidamente pero que hay que aprovechar el momento para instaurar reglas éticas con el fin de perseguir a los tramposos. Estos pertenecen a la escuela de los ingenuos. Otros, más numerosos y más rigurosos, llaman a instaurar reglas draconianas para encuadrar el mercado y proteger el interés general. Están, por último, quienes defienden dos posiciones simétricas pero totalmente opuestas. Por un lado, los que dicen que la crisis es debida al intervencionismo estatal. Éste es el punto de vista surrealista de algunos banqueros y de los herederos de Margaret Thatcher. Y, por el otro, los que sostienen que el sistema capitalista ha fallecido de muerte natural, y que hace falta una salida hacia un nuevo sistema económico, ecológico y duradero.

Estas posturas diversas pueden coincidir y mezclarse a veces, aunque definen bien el campo de posibilidades actual. La única certeza que tenemos es que no sabemos adónde vamos, y que las elites políticas se muestran incapaces de hacer otra cosa que no sea gobernar a ojo. Impotencia tanto más angustiosa en cuanto la actual tendencia de fondo prepara un cruel porvenir para los más débiles. Porque el dinero que reparte el Estado en forma de recapitalización de los bancos aparentemente no sirve para atajar la crisis. Los bancos no dan préstamos ni a las pequeñas ni a las medianas empresas, las cuales podrían crear empleos, ni a los particulares, quienes podrían relanzar la máquina productiva con el consumo. De ahí a suponer que aquéllos se sirven en realidad del dinero de los contribuyentes para reflotar sus propias capacidades competenciales, sólo hay un paso...

Naturalmente la única manera de evitar esta cínica manipulación sería que, a cambio de su ayuda, el Estado pidiera estar en los consejos de administración de estas instituciones para controlar el uso del dinero prestado. E incluso, en el caso de los bancos y las agencias más vulnerables, nacionalizarlas, perspectiva que muchos se plantean seriamente en EE UU y Reino Unido.

Los mercados financieros, que son los responsables de la crisis, quieren, sin embargo, una mayor "flexibilidad " del mercado laboral, lo que ante todo significa el derecho a contratar y despedir a su gusto, luego recortar los derechos sociales, y finalmente bajar los salarios en un contexto de escasez de empleo y de fuerte competencia entre los asalariados. En definitiva, las recetas ultraliberales de la escuela de Milton Friedman que prevalecían bajo el régimen de Pinochet, y que existen hoy en muchos sectores de actividad en China. Naturalmente, semejante terapia lleva inevitablemente a la explosión social. La Organización Internacional del Trabajo prevé en su último informe, cerca de 240 millones de desempleados en 2009, es decir, 51 millones más que en 2007, lo que llevará a un incremento de la pobreza. El mismo informe sostiene que España será la más afectada en Europa, ya que su tasa de desempleo podría pasar del 11,3 % a más del 16 %.

Es probable que estemos en el ojo del huracán, pero lo peor está aún por llegar. ¿Cuánto tiempo durará esto? Nadie lo sabe. La reunión del G20 prevista en Londres a principios de abril debería ofrecer pistas sobre los caminos a seguir. Pero está claro que no se podrá salir de la crisis sólo en detrimento de las clases asalariadas. Lo que es seguro, en cambio, es que si los gobiernos, a expensas del interés general, toman de manera conjunta y coordinada las decisiones impuestas a regañadientes, las calles se llenarán de manifestantes y eso, sea cual sea el resultado de las elecciones.

Fuente: ElPaís.com
Autor: Sami Naïr, (Tlemcen, Argelia, 23 de agosto de 1946) es un politólogo, filósofo, sociólogo y catedrático argelino nacionalizado francés, especialista en movimientos migratorios y creador del concepto de codesarrollo. Es una de las voces destacada del progresismo en Europa, asesor del gobierno de Lionel Jospin de 1997 a 1999 y europarlamentario hasta 2004, es vicepresidente desde 2001 del Mouvement des citoyens o Movimiento de los Ciudadanos.
Traduccion: M. Sampons.
Viñeta: Eneko / 20minutos.es

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lunes, 16 de febrero de 2009

¿La socialdemocracia como fin de la historia? Por Domènec Ruiz Devesa

Hace casi 20 años Francis Fukuyama escribió, pocos meses antes de la caída del muro de Berlín, un ensayo sobre el fin de la historia en la revista estadounidense The National Interest, artículo que posteriormente se convertiría en libro. El argumento básico era el siguiente: con el proceso de reforma lanzado por Mijail Gorbachov en la Unión Soviética, conocido como perestroika, el gran rival del mundo atlántico desaparecía y, por tanto, cesaba la lucha ideológica con la victoria incondicional del capitalismo y la democracia liberal. Fukuyama, además, examinaba el potencial de otras ideologías como el fundamentalismo religioso o el nacionalismo, concluyendo que nunca podrían convertirse en auténticas alternativas a la democracia liberal capitalista, si bien no iban a desaparecer.

La idea de Fukuyama era sugerente y, desde luego, fue oportuna en aquel momento histórico. La propuesta también generó fuertes críticas, algunas infundadas por malinterpretar el mensaje original. La más típica es la que consideraba la tesis del fin de la historia como la ausencia de eventos históricos de importancia, algo que Fukuyama rechazó expresamente en su ensayo.

Otra crítica, algo más elaborada, proveniente del recientemente desaparecido Samuel Huntington, consideraba que la lucha ideológica secular pasaría a ser religiosa o étnica, con la famosa tesis del choque de civilizaciones. Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 confirmaron para muchos la validez de esta tesis. Con todo, y a pesar de que el fundamentalismo islámico supone una amenaza importante, Fukuyama ya dijo en su escrito de 1989 que esta ideología no es una opción atractiva, a diferencia del comunismo durante la guerra fría, más allá de los Estados de mayoría musulmana (o entre colectividades musulmanas en países no musulmanes), donde además sólo una minoría comparte sus postulados. En este sentido, esta ideología no es realmente una alternativa viable a la democracia liberal, ni se puede argumentar que es un estado superior en la evolución ideológica, de las ideas, más bien al contrario, supondría una regresión.

No obstante, la tesis original de Fukuyama sí que debe ser corregida al menos en un aspecto fundamental, si se quiere que mantenga un cierto poder explicativo de la realidad, sobre todo a la luz de los acontecimientos derivados de la crisis financiera mundial iniciada en julio de 2007 en Estados Unidos, y aun antes, por el fracaso de las políticas neoliberales en América Latina y África.

Fukuyama consideró que la victoria de la democracia liberal sobre el comunismo soviético re

-solvía los problemas socioeconómicos dentro de las sociedades occidentales y en los países en vías de desarrollo. Declaró, además, expresamente, que ya no había contradicción entre capital y trabajo, y obvió en todo caso las importantes diferencias entre el capitalismo estadounidense y el europeo continental, y las diferentes culturas políticas que subyacen a las decisiones de política económica a uno y otro lado del Atlántico.

Es cierto que la democracia liberal es el elemento común y definitorio de los países occidentales. Sin embargo, al obviar la importancia de las d emocracias sociales de Europa occidental, que completan el paradigma del Estado liberal, tal y como nos enseñaban Norberto Bobbio y Gregorio Peces-Barba, entre otros, se acaba poniendo al capitalismo a la americana como el paradigma de ese proclamado fin de la historia. Más aún, no se tiene en cuenta la tensión permanente entre Estado y mercado que existe en el seno de las democracias liberales, y las opciones políticas que la animan, y que debemos reconocer como neoliberalismo y socialdemocracia. Palabra esta última que está conociendo un renovado vigor a la luz del desconcierto generado por la crisis financiera.

En pocas palabras, podemos decir que la socialdemocracia es la ideología que, a diferencia del liberalismo clásico, persigue la igualdad real sobre la formal y que opera de acuerdo con el principio de la prevalencia de la política democrática sobre la economía, tal y como señala Sheri Berman. En el paradigma socialdemócrata, el sistema de mercado existe (a diferencia de lo que sucedía en la Unión Soviética), pero opera dentro de las reglas que fija el poder político, lo que incluye al Estado de bienestar, hasta hace unos años tan denostado por insostenible por los publicistas neoliberales.

En este sentido, cabe considerar al neoliberalismo, que inicia su auge como paradigma político cultural dominante en la década de los setenta, como una desviación temporal en esa evolución ideológica de impronta hegeliana que proponía Fukuyama, ya que pretende volver a un estado anterior de la humanidad, el del laissez-faire, donde la economía prevalece sobre la política, y donde no hay posibilidad de pacto entre el capital y el trabajo, ya que el primero debe prevalecer, sin ambages, sobre el segundo.

Esto no significa que el neoliberalismo no haya aportado nada bueno a la historia de las ideas, pues ciertamente las políticas keynesianas tradicionales necesitaban algunos ajustes y correcciones, en particular en lo relativo al uso excesivo de políticas monetarias procíclicas para alcanzar el pleno empleo, especialmente durante la década de los sesenta en los Estados Unidos y en el Reino Unido, donde por cierto, la tradición socialdemócrata ha sido históricamente más débil. Este error, en particular, generó una espiral inflacionaria, la quiebra de la política de rentas y del pacto entre el capital y el trabajo y, finalmente, el ascenso de la ideología neoliberal. Con todo, el neoliberalismo no se contentó con devolver cierta racionalidad a la política monetaria. Su agenda, como hemos visto, iba mucho más lejos. Animada por un individualismo descarnado buscó, y en parte logró, bajo los Gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, la privatización de sectores económicos estratégicos y de determinados servicios públicos. Pero, sobre todo, se desregularon los mercados de trabajo nacionales y los flujos financieros internacionales, con las consecuencias que hoy conocemos: mayores desigualdades, menor crecimiento económico y hasta colapso financiero. Peor aún, el paradigma neoliberal alcanzó en el discurso público lo que Antonio Gramsci denominaba "hegemonía cultural", llevando a que incluso la izquierda adoptara el lenguaje del adversario. De este modo, el debate político de las últimas décadas se ha ceñido a determinados parámetros y términos fundamentales de la agenda neoliberal, dentro de los cuales conceptos como flexibilidad laboral, competitividad o reformas estructurales funcionaban como polos en torno a los que giraban las discusiones de las políticas públicas.

El reto para la socialdemocracia, en un mundo cada vez más interconectado e interdependiente, consiste en alcanzar grados de integración y cooperación política entre los países que permitan la recuperación del equilibrio entre Estado y mercado. El momento histórico es propicio. Aunque el carácter asimétrico de la globalización, escorada hacia lo económico (y sobre todo hacia lo financiero, con la libertad de movimiento de capitales), no sugiere que la socialdemocracia sea el fin de la historia, resulta difícil afirmar que los últimos 30 años de neoliberalismo constituyen el ideal al que aspirará la mayoría de la humanidad.

La crisis financiera mundial quizás ponga de relieve lo que ya era, en realidad, evidente: el fracaso de la ideología neoliberal tanto en los países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo, y la urgente necesidad de recuperar el paradigma socialdemócrata en el discurso público.

Fuente: ElPaís.com
Autor: Domènec Ruiz Devesa, economista, ha sido consultor del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo.
Fotografia: montaje Menesez Filipov

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lunes, 9 de febrero de 2009

El retorno a la tribu. Por Josep Ramoneda

"Job British Workers First", las movilizaciones de trabajadores británicos pidiendo prioridad a la hora de adjudicar puestos de trabajo son un signo premonitorio de uno de los peores efectos que la crisis puede traer: el retorno del patriotismo proteccionista. Y lo digo así, porque de nada sirve poner por delante palabras como xenofobia y racismo. En Italia, donde la derecha ha cultivado sin escrúpulo, en este caso sí, la xenofobia, el problema viene de lejos. En España, mientras el paro se desboca, las encuestas empiezan a dar señales preocupantes de rechazo a los inmigrantes. La última, del CEO, cifraba en un 40% el número de catalanes hostiles a la inmigración.

Los que hace tan solo unos pocos días eran imprescindibles en un país que crecía al galope, ahora son un estorbo. El paro empieza a afectar significativamente a los españoles, y para muchos de ellos los inmigrantes son competidores directos para la conquista de un bien escaso como es ahora el trabajo. Es difícil en estas circunstancias que se reconozca que los inmigrantes han sido los primeros en pagar injustamente con el paro los pecados de los que provocaron la crisis. Y que precisamente porque han sido ellos los primeros, la conflictividad hasta ahora ha sido muy escasa. Y de poco sirve también recordar que muchos de estos inmigrantes recogieron trabajos que los autóctonos no querían y que, sin embargo, eran imprescindibles para que la rueda siguiera girando. En este momento, la realidad y la amenaza del paro dejan poco margen para los argumentos serenos. Y a menudo es más fácil convertir al paria en objeto de nuestras frustraciones que plantar cara a los poderosos. Pronunciando la exclusión de los otros, tenemos la sensación de ser alguien. Es el camelo nacionalista. La especie humana es especialista en engañarse a sí misma para sobrevivir.

Se puede comprender la desazón con que viven algunos españoles -sin trabajo y con la vivienda cercada por la hipoteca- una crisis que, como todas, es tremendamente injusta en el reparto de sus crueles consecuencias. Pero lo que es inaceptable es que los dirigentes políticos y sociales -portadores de responsabilidades colectivas- aprovechen este malestar para capitalizarlo políticamente dando carta de naturaleza, ahora sí, al racismo y a la xenofobia. Es un error moral, por supuesto. Pero no voy a entretenerme en ello para no dar, al coro de intelectuales conservadores, la fácil coartada de la crítica al buenismo. No deben estar muy seguros moralmente si tienen que legitimarse llamando buenistas a quienes claman contra el racismo. Y no debe ser cómodo compartir argumentos con personajes como el ministro del Interior italiano, Maroni: "Con los clandestinos hace falta ser malos, no buenistas".

Más allá de las razones morales están las políticas y económicas. Y el proteccionismo patriotero sería un desastre en ambos campos. La respuesta del neoliberalismo no hay que encontrarla en la reconstrucción de los bastiones nacionales sino en el cosmopolitismo reformista, que pasa por el refuerzo de las instituciones políticas a escala global y por la capacidad de éstas de controlar y regular al poder económico. Mal nos adaptaremos a un cambio de paradigma si regresamos a las tentaciones endogámicas y a las lógicas de exclusión del pasado. Pero la tentación es grande para los políticos y lo será más cuando se vayan acercando las citas electorales.

Cuando de conquistar el poder se trata, siempre hay gente dispuesta a saltar sin escrúpulos sobre las bajas pasiones de la ciudadanía. Y esto sí que es democráticamente inadmisible, porque la primera obligación de un líder demócrata es defender los valores de la democracia. Y el racismo y la xenofobia no figuran entre ellos. En una legislatura tensa como la anterior, figura, sin embargo, en el haber de Rajoy el no haber recurrido apenas al populismo contra la inmigración. Lo cual no venía garantizado por los antecedentes: Aznar utilizó indecorosamente el conflicto de El Ejido como trampolín para su mayoría absoluta. Esperemos que las frustraciones de la actual crisis interna del PP no lleven a Rajoy a cambiar su conducta. Y que ponga en su sitio a los que, en su partido, intenten hacerlo. Por lo que hace al Gobierno, la ridícula consigna "consuma productos nacionales" no es precisamente un buen augurio. El ruido de la tribu suena para todos. Esperemos que los nacionalistas periféricos se dejen llevar también por esta música. En cualquier caso la alternativa al mal llamado neoliberalismo que nos ha llevado a este desastre no puede ser nunca el proteccionismo: ni el económico ni el ideológico o patriótico.

Fuente: ElPaís.com
Autor: Josep Ramoneda (Cervera, Lérida, 1949) periodista, filósofo y escritor catalán.
Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona. Fue profesor de Filosofía Contemporánea en esta universidad entre 1975 y 1990. Hoy en día es el director general del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.
Durante años colaboró en el diario La Vanguardia de Barcelona. Actualmente colabora en el diario El País y en la Cadena Ser, dentro de los programas Hoy por Hoy y Hora 25.
Ha escrito numerosos libros, el último de ellos es Els reptes de la democràcia.
Fotografía: Anna Gowthorpe / Associated Press

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viernes, 6 de febrero de 2009

Impedir que nuestro mundo se venga abajo. Por Klaus Schwab

Esta es una crisis trascendental, una crisis que tendrá repercusiones fundamentales en nuestro mundo globalizado. En Davos, hace unos días, iniciamos la tarea de preparar de forma colectiva esa transformación. Voy a explicar cómo.

Un objetivo, que ya se ha conseguido, era el de ofrecer apoyo a los Gobiernos y las instituciones de gobernanza mundial, en particular el G-20. Davos no es más que el punto de partida del largo y difícil camino que nos aguarda.

Ahora bien, al reunir a los líderes mundiales durante varios días, hemos conseguido comprender mejor el origen de la crisis económica y las medidas que debemos tomar para relanzar la economía mundial. Escuchar los puntos de vista de cuatro Gobiernos del G-8 y reforzar el diálogo del proceso del G-20 como preparación para la cumbre de abril en Londres han sido dos primeros pasos importantes. El llamamiento a los ministros de Comercio de 17 economías fundamentales más los 27 miembros de la UE para que eviten caer en políticas de "empobrecer al vecino" nos permitirá, esperemos, ver las auténticas consecuencias de este espíritu. Y con la reunión entre el presidente del G-20, el primer ministro Brown, y los jefes de Gobierno de varios miembros del grupo procedentes de África, Asia y Latinoamérica, para estudiar los riesgos estructurales del sistema financiero y cómo estabilizar la economía mundial, hemos dado los primeros pasos en una estrategia mundial colectiva frente a la crisis.

Pero los días transcurridos en Davos me han convencido también, más que nunca, de que el cambio climático es algo que no sólo es necesario abordar sino que puede ser, por lo menos, parte de la recuperación económica.

Las empresas están empezando a "integrar" el cambio climático en sus planes; las tecnologías verdes ya no pueden seguir siendo un "añadido" ni una industria alternativa. Es un debate muy pertinente para 2009. En diciembre, en la cumbre de Copenhague, está previsto que se negocie un tratado que sustituya al Protocolo de Kioto.

Para poder gestionar el cambio climático es preciso que se hagan realidad unos planes de recuperación económica mundial vinculados a las oportunidades de empleo, capacitación, inversión y tecnología que exige una economía mundial de bajas emisiones de carbono. La tecnología verde puede convertirse en un motor limpio de crecimiento renovado. No podemos volver a hablar nunca de energía "alternativa"; sólo de energía sostenible, que es la que alimentará la economía del futuro.

Con ese objetivo, los directivos empresariales presentes en Davos acordaron avanzar con media docena de iniciativas concretas para acelerar la integración de las prácticas sostenibles en la empresa.

Uno de los principales resultados de Davos fue que, a pesar de las turbulencias económicas, acudió a la reunión más gente que nunca de la empresa, los Gobiernos y otros sectores interesados, para discutir los desafíos que afronta el mundo y tratar de dar una respuesta común a ellos.

Esta voluntad de trabajar juntos, por encima de los límites geográficos y en todos los sectores de la economía, la política y la sociedad civil, es lo que, con suerte, diferenciará esta crisis actual de la de los años treinta. Este sentimiento colectivo de cooperación y determinación que se vio en Davos me permite pensar, con cierto optimismo, que vamos a salir de la crisis. Es fácil decir que no son más que falsas ilusiones, pero, si hemos aprendido algo de los últimos seis meses, es que la confianza y la seguridad constituyen la base para que se produzca cualquier recuperación.

Por último, hemos notado que todo esto no sirve para nada sin una revisión sincera y profunda de nuestros valores y principios éticos fundamentales. Las empresas deben examinar con detalle sus sistemas de remuneración y gobierno. Los empresarios, las autoridades, los reguladores y los consumidores deben reflexionar sobre los excesos de la codicia.

En el mundo de hoy, tan interdependiente, la codicia a corto plazo no es un motor que contribuya a la mejor toma de decisiones. El impacto estructural e intergeneracional de nuestras acciones de hoy es mayor que nunca, y nuestros códigos éticos, así como nuestros sistemas de gobierno y reguladores, deben reflejar esa nueva realidad.

Éstos son sólo unos principios de soluciones, pero el verdadero trabajo comienza ahora. Debemos unirnos para impedir que nuestro mundo se venga abajo.


Fuente: ElPaís.com
Autor: Klaus Schwab economista suizo, fundador y presidente ejecutivo del También del Schwab Foundation for Social Entrepreneurship y del Forum of Young Global Leaders.
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia.

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martes, 3 de febrero de 2009

La magnitud del desconcierto, Davos 09. Por Lluís Bassets

Recomiendo leer todas las entradas de Lluís Bassets sobre Davos 09 /Foro Económico Mundial / World Economic Forum.

En Davos se ha visto este año la magnitud del desconcierto. Estamos ante una crisis que alcanza a todo el planeta, encoge la economía global y presiona hacia el proteccionismo y la desglobalización. Pero ha costado mucho llegar a reconocerla. La Agenda Global para 2009, preparada por más de un millar de expertos, ha recurrido a la imagen de los pájaros utilizados por los mineros antes de entrar en el pozo para describir lo que ha sucedido en 2008, el año de los tres canarios, que son el precio de los alimentos, el incremento y volatilidad del precio del petróleo y la crisis financiera. Hace un año, en esta misma reunión, todavía no había salido de la mina el cuerpecillo de ninguno de los pajarillos y eran muy pocos los economistas capaces de preverlo.

Ahora lo que preocupa es conocer cómo encontrar la salida, prever la fecha y localizar los escollos que puedan retrasarla. Y lo más interesante es observar cómo empiezan a imaginar unos y otros el paisaje que aparecerá cuando salgamos del túnel, aquel capitalismo reformado que demandaba con impaciencia el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Los conceptos de crisis y de recesión son pobres para describir lo que en realidad enfrentamos, según se desprende de la opinión de los expertos: estamos ante un momento de cambio de modelo económico y social, e incluso de mutación de valores. Los más osados sueñan en una nueva era, de la que saldremos todos, países, Gobiernos y ciudadanos, profundamente transformados.

Necesitamos instituciones globales, mejores que las actuales, que sirvan para prever las crisis y no para acudir a la cabecera del enfermo cuando se halla en muy mal estado. Con un reparto de las responsabilidades más adecuado a la realidad del mundo: el dominio occidental del planeta se ha terminado. La reunión del G-20 el 2 de abril en Londres debe emitir un mensaje muy contundente respecto a la voluntad política de los Gobiernos para poner en marcha esta nueva gobernanza económica global.

El capitalismo reformado debe ser verde y tecnológico. Hay que poner en marcha un mercado internacional de emisiones de CO2, algo que sólo se conseguirá si se implican los grandes contaminadores (China, India, Estados Unidos) y se fijan unos objetivos claros y verificables en cuanto a reducciones, cuestión que tendrá un momento especialmente decisivo el próximo diciembre, en la Cumbre del Clima en Copenhague. Las inversiones en tecnología serán cruciales para poner en marcha esta novísima economía ecológica. No hay que posponer este cambio hasta que haya pasado lo peor, porque entonces lo peor estará todavía por llegar.

Debemos conseguir que el mundo esté gobernado, con economías y monedas coordinadas, sin perder los beneficios de la globalización ni dejarlo varado en el nacionalismo económico y el proteccionismo. Hay que regresar a un juego con reglas, donde no sea posible cambiar de reglamento a mitad de la partida como han venido haciendo los más arriesgados y a veces inmorales. También a la jerarquía de valores más clásica: las finanzas son para financiar, no para convertirse en un fin en sí mismo. Los desequilibrios de riqueza, en constante aumento hasta esta crisis, además de injustos son peligrosos.

Merkel habla de una vía intermedia entre el capitalismo desregulado y los experimentos de socialismo de Estado. Es la vía alemana del canciller Ludwig Erhard, la economía social de mercado, en la que "el Estado es quien vigila el orden económico y social". Lo mismo ha dicho el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, que ha ofrecido a Estados Unidos el modelo europeo: "Nosotros tenemos un servicio de salud universal, un sistema de jubilaciones más generoso, un principio de gratuidad de la universidad y queremos conservarlo".

Son viejas ideas en odres nuevos, dirán algunos, pero no caen en saco vacío. La tradicional cena de los congresistas norteamericanos que acuden a Davos, celebrada este año en la euforia de la elección presidencial, ha sido todo un homenaje al Estado protector, el multilateralismo, el desarme, el sistema sanitario europeo, los impuestos sobre la gasolina y la ayuda al desarrollo. Todos reconocen que hay que someter a revisión el modelo americano de consumo desenfrenado, sobre todo en el capítulo energético.

El quiebro ideológico respecto a 2008 se ha percibido incluso en los temas de moda. La tecnología y la innovación han sido siempre la crema más exquisita de Davos, y la codicia del capitalismo financiero, más o menos confesada, el principal combustible. En esta edición la tecnología ha seguido teniendo una gran consideración, sobre todo con relación al medio ambiente, pero ya no se la concibe como la varita mágica salvadora, como había sucedido anteriormente. Y sin voluntad política ni valores no habrá buenas soluciones. Estos últimos han ocupado incluso debates enteros -uno de ellos presidido por Tony Blair- en los que no han faltado los líderes religiosos. Un teólogo norteamericano recordó el viernes los siete pecados sociales denunciados por Gandhi, que son anillo en el dedo de la actual recesión: política sin principios, comercio sin moral, riqueza sin trabajo, educación sin carácter, ciencia sin humanidad, placer sin consciencia, religión sin sacrificio. Y que, por supuesto, también impugnan la exhibición de riqueza y de poder que se puede ver en Davos.

Fuente: "De Alfiler al Elefante" - ElPaís.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS. Se ocupa de las páginas y artículos de Opinión.

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lunes, 2 de febrero de 2009

Inseguridad cibernética. Por Joseph S. Nye

En agosto de 2008 las tropas rusas entraron en Georgia. Los observadores no están de acuerdo en quién disparó primero, pero hubo una dimensión a la que se prestó poca atención y que tendrá enormes repercusiones para el futuro. En las semanas anteriores al estallido, piratas informáticos atacaron las páginas web del Gobierno georgiano. Así que el enfrentamiento entre Rusia y Georgia es el primer conflicto armado que ha ido acompañado de una serie de ataques informáticos importantes.

Las amenazas cibernéticas son un ejemplo del aumento de la vulnerabilidad y la pérdida de control en las sociedades modernas. Los Gobiernos se han preocupado sobre todo por los ataques contra las infraestructuras informáticas de sus propias burocracias, pero existen puntos vulnerables en la sociedad mucho más allá de los ordenadores oficiales.

En una carta abierta dirigida al presidente de Estados Unidos en septiembre de 2007, varios profesionales norteamericanos del sector de la defensa cibernética advertían de que "las infraestructuras críticas de Estados Unidos, en concreto la energía eléctrica, las finanzas, las telecomunicaciones, la sanidad, los transportes, el agua, la defensa e Internet, son muy vulnerables a los ataques informáticos. Es necesario actuar de manera rápida y decidida para evitar una catástrofe nacional".

Algunas perspectivas, como la de un Pearl Harbor electrónico, parecen alarmistas, pero sirven para ilustrar el traspaso de poder desde los Gobiernos centrales a los individuos. En 1941 la poderosa marina japonesa usó numerosos recursos para causar daños a miles de kilómetros de distancia. Hoy, un solo pirata que emplee software malintencionado puede provocar el caos en lugares lejanos sin que le cueste mucho.

Además, la revolución de la información permite a los individuos cometer sabotajes a una velocidad y una escala sin precedentes. Se calcula que el llamado "virus del amor", lanzado en Filipinas en 2000, ha causado daños por valor de miles de millones de dólares. Y los terroristas también pueden explotar la nueva vulnerabilidad del ciberespacio para emprender una guerra asimétrica.

En 1998, cuando EE UU presentó una queja por siete direcciones de Internet de Moscú implicadas en el robo de secretos del Pentágono y la NASA, el Gobierno ruso respondió que los números de teléfono desde los que se habían originado los ataques no estaban en funcionamiento. EE UU no pudo saber si el Gobierno ruso había participado o no. Más recientemente, en 2007, se acusó al Gobierno chino de patrocinar miles de incidentes de piratería informática contra ordenadores del Gobierno federal alemán y sistemas de la defensa y el sector privado de EE UU. Pero era difícil probar el origen de los ataques, y el Pentágono tuvo que cerrar varios de sus sistemas informáticos. En 2007, cuando el Gobierno estonio quitó una estatua de la II Guerra Mundial que conmemoraba a los muertos soviéticos, los piratas se vengaron con un costoso ataque consistente en la denegación de servicios que obstruyó el acceso de Estonia a Internet. No hubo forma de demostrar si este ataque se produjo con la ayuda del Gobierno ruso, fue un movimiento espontáneo de respuesta nacionalista o ambas cosas a la vez.

En enero de 2008, George W. Bush firmó dos órdenes presidenciales que exigían el establecimiento de un plan exhaustivo de seguridad informática y pidió 6.000 millones de dólares en las partidas de 2009 con el fin de desarrollar un sistema para proteger la seguridad cibernética nacional. El presidente electo probablemente seguirá adelante con el plan. En su campaña, Obama exigió nuevas normas sobre la seguridad informática y la resistencia física de las infraestructuras críticas, y prometió nombrar a un asesor especializado que dependerá directamente de él y será responsable de desarrollar una política y de coordinar los esfuerzos de los organismos federales.

La tarea no será fácil, porque muchas de las infraestructuras en cuestión no están bajo control directo del Gobierno estadounidense. Además, Donald Kerr, subdirector nacional de Inteligencia, habló hace poco de lo que llamó "ataques contra la cadena de suministro", en los que los piratas no sólo roban información privada sino que insertan datos y programas erróneos en el hardware y el software de las redes de comunicación; unos caballos de Troya que pueden hacer que los sistemas se vengan abajo.

Los Gobiernos pueden confiar en la disuasión contra los ataques informáticos como pueden confiar en ella contra los ataques nucleares o con otro tipo de armas. Pero la disuasión necesita que la amenaza de respuesta sea creíble para el atacante. Y eso es mucho más difícil en un mundo en el que a los Gobiernos les resulta difícil saber de dónde proceden los ataques. Aunque unas leyes internacionales que definan con más claridad los ataques informáticos y la cooperación en materia de medidas preventivas pueden ayudar, es probable que ese tipo de soluciones, de control de armas, no sea suficiente. Tampoco bastarán las medidas defensivas, como construir firewalls electrónicos y crear redundancias en sistemas delicados. Dada la enorme cantidad de incertidumbres que entran en juego, las nuevas dimensiones informáticas de la seguridad deben ser una prioridad de todos los Gobiernos.


Fuente: ElPaís.com / © Project Syndicate, 2008.
Autor: Joseph S. Nye, Jr., decano de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, fue presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos y Secretario Adjunto de Defensa en el gobierno de Clinton. Autor de Soft Power: The Means to Success in World Politics.
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia.

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