OPERACIÓN REDIMENSIONAMIENTO / OJO ADVENTISTA.
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domingo, 7 de junio de 2009

Políticas newtonianas en el universo de Einstein. Por Norman Birnbaum

La historia de Estados Unidos, como la de los países europeos a partir del siglo XV, se define por sus conquistas en el exterior. El continente americano fue conquistado, sus habitantes primitivos se vieron privados de la tierra y reducidos a la servidumbre, se ocupó gran parte de México, y los Estados del Caribe y América Central quedaron sometidos a tutelaje. Nuestra oposición al imperialismo fue ambigua y contradictoria, conjugando el auténtico rechazo de algunos estadounidenses con la cínica justificación de otros de la dominación que imponíamos.

Seguimos siendo una potencia imperial. Nuestro control del sur de la frontera ha mermado, pero ahora es mayor nuestra presencia en otras partes del mundo. Las explicaciones de nuestros sabios y el lenguaje de nuestros políticos cambian, Kabul sustituye a Saigón, pero los ataúdes de nuestros soldados vuelan de regreso a casa y las naciones que decimos estar liberando o protegiendo siguen quedando devastadas. El secretario de Defensa, Gates, ha anunciado una importante reorganización de las fuerzas armadas, destinada a prepararlas para intervenir en guerras civiles; un proyecto que, con su laxa definición de "terrorismo", augura un sinfín de conflictos.

Con todo, es algo que no cuadra con la tendencia general de la historia contemporánea. Los Estados del Hemisferio Norte, en su mayoría, han sido expulsados del Hemisferio Sur: España y Portugal tuvieron que abandonar América Latina, Francia se fue del norte de África y Gran Bretaña abandonó Egipto, Irak y el subcontinente indio.

Por otra parte, se ha renunciado a África y los blancos del continente aceptan el Gobierno de la mayoría en Suráfrica. La Esfera de Prosperidad Compartida de la Gran Asia Oriental, propiciada por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, es un lejano recuerdo. Las revoluciones china y rusa significaron la liberación respecto al dominio extranjero.

El nuevo proyecto estadounidense se justifica de tres maneras distintas. En primer lugar, dice que se enfrenta a la organización islamista que está tras los atentados contra Estados Unidos. Si dicha organización sigue existiendo, en qué se ha transmutado o dónde puede encontrarse son preguntas a las que el Gobierno estadounidense no puede responder. En lugar de eso, el nuevo proyecto político-militar conlleva la lucha, en los países de origen, contra grupos islamistas y de otra índole que cuanto más batalla Estados Unidos contra ellos, más adeptos tienen.

La segunda justificación afirma que estamos inmersos en una campaña en defensa de los derechos humanos y el desarrollo económico. Lo cual deja de lado los defectos de nuestros aliados, entre ellos Israel y Arabia Saudí. Las pruebas de que el respeto a los derechos humanos y el desarrollo económico puedan lograrse mediante la presión exterior brillan por su ausencia.

Según la tercera justificación, estamos asumiendo nuestras responsabilidades mundiales, aunque gran parte del resto del mundo preferiría que nos centráramos en nuestros problemas internos. Así lo cree un sector de la opinión pública estadounidense. Muchos de nuestros artistas, académicos, escritores y pensadores están de acuerdo, y, con ellos, un grupo considerable de personas de la élite económica y política.

¿Por qué no se cuestionan las líneas generales de la propuesta del Pentágono? Sólo 51 de los 435 congresistas se opusieron a financiar la guerra en Afganistán, sistemáticamente mal concebida. El resto del mundo vive en un universo einsteiniano en cambio constante, mientras Estados Unidos continúa en un medio estático y newtoniano.

La inercia del aparato imperial es la fuerza motriz de nuestra física política. Por sí solos, los condicionantes económicos no reducirán nuestro modelo de intervención permanente en el exterior, e incluso podrían acentuarlo. Lo que sí podría alterar la situación sería la aceptación pública de que nuestro país puede tener un papel mundial más complejo y limitado, menos orientado por la angustia y el miedo.

Muchos nos equivocamos al pensar que Vietnam haría inevitable esa aceptación, o que el desastre en Irak remataría la faena iniciada con la derrota en Indochina. Unas pocas horas de televisión estadounidense o la lectura del Washington Post indican que la convicción de la propia superioridad moral sigue primando en nuestra sensibilidad política, sin dejar de ocultar un profundo miedo a un mundo hostil. De alguna manera, nuestro presidente duda que una visión alternativa deba presidir abiertamente su política exterior y militar. Avanza poco a poco, lo cual minimiza el impacto de sus iniciativas, nuevas y muy positivas respecto a la reducción de armas nucleares y el conflicto árabe-israelí.

A menos que adopte un papel dominante y pedagógico, los elementos regresivos del aparato pondrán en cuestión su programa. Durante la campaña electoral hablaba como Prometeo. Ahora hay cierto riesgo de que termine como Sísifo.


Fuente: El País.com
Autor: Norman Birnbaum,(1926-) es un sociólogo, doctorado en la Harvard University. Es profesor emérito de la Georgetown University Law Center, y miembro del consejo editorial de La Nación. Ha enseñado en la London School of Economics and Political Science, Oxford University: y la Strasbourg University, Amherst College. Tambien ha servido en la Facultad de Posgrado de la New School for Social Research. Un miembro del consejo editorial de la fundación de la New Left Review, ha sido activo en la política a ambos lados del Atlántico. Ha sido asesor de los sindicatos de América y miembros del Congreso, así como a una serie de movimientos sociales y partidos políticos en Europa. Contribuye regularmente a una serie de publicaciones, entre ellas la Open Democracy, El País de España, y el diario alemán Tageszeitung. Actualmente, está escribiendo una memoria.

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viernes, 15 de mayo de 2009

¿Es Estados Unidos un Estado? Por Aurelio Arteta

Sabrás tú la respuesta, lector? No pregunto si Estados Unidos es un Estado liberal, federal o bastante democrático, sino un Estado a secas. Pregunto cómo puede siquiera formar una unidad política con capacidad de mantener la paz civil de su territorio si no dispone allí del monopolio en el uso de la violencia legítima.

Es decir, mientras esté privado de esa función sin la cual difícilmente podrá cumplir ninguna otra. La perplejidad rebrota cada vez que tenemos noticia de esas matanzas periódicas que estremecen aquel país, las últimas apenas hace unas semanas. O, antes de que estallen las masacres, en cuantas ocasiones se ha propuesto sin éxito en esa sociedad prohibir la compraventa de armas de fuego. ¿Para cuándo enmendar la Segunda Enmienda?

Sabemos por los clásicos que un Estado nace cuando sus miembros consiguen superar el miedo de todos a todos por preferir el miedo de todos a uno. Tal parece el requisito para lograr nuestro deseo más básico, que es obtener la máxima seguridad en la conservación de la propia vida. Todos, salvo los asesinos natos, hemos firmado una renuncia a defendernos por la fuerza, un acuerdo de confiar las armas al soberano para que éste nos defienda mediante ese poder común. (Un paréntesis nada inútil: esto tan obvio no lo es todavía en el País Vasco. Al cabo de 30 años de poder nacionalista, son bastantes los que aceptan que una banda de fanáticos dispute al poder público lo legítimo de aquel monopolio. Y son aún más los que, al reprobar por igual la violencia privada y la pública, vienen a ofrecer un respaldo indirecto a la primera).

También en Estados Unidos se encomienda esa protección individual al poder soberano, aun cuando la ley no obliga a ceder el derecho de defenderse a uno mismo con las armas en la mano y son millones los ciudadanos preparados para ejercerlo. Pero el caso es que las armas adquiridas como medios defensivos -porque las carga el diablo- se vuelven ofensivas a la menor oportunidad. De suerte que ese derecho a la autoprotección ha de provocar un riesgo mucho más general que si fuera denegado. En cuanto un ciudadano sepa o tan sólo sospeche que su vecino dispone de una pistola para prevenir su eventual agresión, ya cuenta con una razón (con tantas razones como vecinos armados) para sentirse amenazado y procurarse la herramienta para repeler su ataque. Aumentarán las medidas de vigilancia, pues ahora cualquiera resulta un criminal en potencia. En definitiva, allí donde cada uno puede portar armas mortíferas hay sobrado fundamento para que todos se teman mortalmente entre sí.

Y no es para menos. Pues aquel derecho incluye también el de discernir quién amenaza mi vida y dictar su condena o tomarme venganza; entraña la prerrogativa de reservarnos a un tiempo el papel de juez y verdugo de los demás. A lo mejor así este o aquel ciudadano consiguen salvar su vida en un momento dado, pero seguro que muchos inocentes caerán víctimas de semejante empeño. El ideal de la National Rifle Association parece el Far West redivivo. El sheriff y los paisanos, todos con el dedo en el gatillo; el uno invocando su deber de preservar la supervivencia colectiva, los otros su derecho a defender la suya propia... aun a costa de poner en graves apuros las ajenas.

Los estadounidenses exigen, desde luego, que su Estado les ampare frente a la agresión de otro Estado. Pero, de puertas adentro, tan fuerte es el miedo recíproco que no consienten abandonar su defensa individual en manos de nadie. Puesto que han de prever que su guardián legal les falte cuando más lo necesiten, cada cual deberá a fin de cuentas ocuparse de sí mismo. A esto conduce inexorablemente la obsesión desorbitada por la seguridad personal.

Lástima que sea una obsesión fallida, pues no hay seguridad absoluta posible ni mediante el sistema público más eficaz. Aunque la salvaguarda de cada uno corriera a cargo de un policía, nada nos asegura contra la eventual tentación de ese policía de agredirnos, lo que forzaría a que nos acompañara otro guardia para vigilar al primero. La cosa no acabaría aquí. Tampoco puede garantizarse -permítanme estirar la hipótesis- que este segundo policía fuera impecable en su cometido o no se volviera loco, y eso nos llevaría a demandar asimismo un psiquiatra dedicado a su examen continuo. Y como ni siquiera los psiquiatras están libres de un ataque de celos o de codicia, se requeriría otro psiquiatra atento a la conducta de aquel primero que -no se olvide- se cuidaba de la salud mental del policía que vigilaba al custodio inicial que protegía los pasos del ciudadano... ¿Dónde terminaría esta cadena?

Verás, pues, lector amigo. Uno cree que vivir en sociedad, por perfeccionado que fuere su aparato protector, estará siempre expuesto a que los conciudadanos nos hagamos algún daño. Reducir ese daño al mínimo debe ser prerrogativa del Estado. Y no conviene cuestionar tan viejo monopolio, pero sí someterlo a las condiciones de una justicia democrática.


Fuente: El País.com
Autor: Aurelio Arteta, nacido
español (vasco), Doctor en Filosofía y Licenciado en Sociología. Es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco / UPV.
Nota del Editor: como complemento a esta excelente nota, recomiendo ver el video Papi, comprame un Kalashnikov, realizado por Jon Sistiaga.

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sábado, 1 de noviembre de 2008

BREVE HISTORIA de EE.UU. Extracto de 'Bowling for Columbine' de Michael Moore



Bowling for Columbine es una película dirigida y protagonizada por Michael Moore. Ganó un Oscar a la mejor película documental y ha sido admirada y repudiada casi por igual. Se empezó a proyectar el 11 de octubre de 2002.

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