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domingo, 8 de marzo de 2009

Max Weber en la Casa Blanca. Por Lluís Bassets

Ningún gobernante puede eludir la disonancia entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción estudiada por Max Weber hace casi un siglo en su conferencia La política como profesión. Como Barack Obama no iba a ser una excepción, no han bastado ni siquiera cien días para que empezaran a apuntar algunas minúsculas señales oscuras, todavía pequeñas motas de polvo, sobre su radiante imagen. El nuevo presidente dio pasos contundentes, solo llegar a la Casa Blanca, con sendos decretos presidenciales en los que se prohíbe la tortura y se programa el cierre de la base de Guantánamo para 2010. Su compromiso con esta política de respeto y promoción de los derechos humanos ha tenido un sonoro reflejo en dos de sus grandes discursos, en la toma de posesión y en su primera alocución ante las dos cámaras reunidas, que se sintetiza en su idea de hacer compatibles la seguridad nacional y la defensa de los valores democráticos.

Todas las exigencias que se le presentan se podrían resumir en cuatro: predicar con el ejemplo; reincorporarse a la comunidad internacional en la firma y cumplimiento de tratados y convenciones sobre derechos humanos; reformular y ajustar una política exterior acorde en su actitud rigurosa ante los incumplimientos de los países socios; e investigar y depurar razonablemente las responsabilidades respecto a los desmanes perpetrados durante la presidencia de George W. Bush. En los cuatro puntos todo está en mantillas, o lo que es aún peor, empiezan a producirse titubeos o muestras de criterio escaso.

No es un buen comienzo que Hillary Clinton, en su primera salida al exterior, declare las relaciones con China exentas de toda exigencia en este capítulo. La orden de detención contra el jefe de Estado sudanés, Omar al Bashir, viene a recordar a su vez alguna de las cuentas pendientes a liquidar con urgencia: Estados Unidos, que firmó con Bill Clinton el estatuto de creación de la Corte, no quiso luego ratificarlo, ya con Bush, y legisló en su contra, prohibiendo colaborar con ella y protegiendo a sus ciudadanos de sus acciones; aunque toda esta acción unilateralista no le impidió a Bush estar a favor de que Al Bashir fuera acusado de genocidio. Pero es evidente que Obama no podrá plantear a medio plazo una política exigente respecto a la situación de los derechos humanos en las dictaduras o democracias soberanas amigas si antes no ha dejado limpio y en orden el patio interior y a la vez se ha incorporado al grupo de países más cumplidores.

Y ahí es donde están llegando noticias inquietantes. Un alto cargo del Departamento de Justicia, Neal Katyal, ha sugerido a la Casa Blanca la creación de un tribunal de seguridad nacional que permita la detención preventiva por tiempo indefinido y sin juicio de determinados sospechosos de terrorismo. Detrás de estas ideas se halla la resolución del problema que plantea el cierre de Guantánamo, donde hay un grupo de terroristas que podrían quedar en libertad si el Gobierno se limitara a llevar a los presos ante un tribunal ordinario.

En tres de las sesiones congresuales de confirmación de sendos nombramientos presidenciales se han escuchado expresiones preocupantes respecto al escrupuloso respeto a los derechos humanos prometido por Obama en su campaña. Se trata de Elena Kagan, la procuradora general del Estado, que actúa en nombre del Gobierno ante el Tribunal Supremo; el fiscal general, Eric Holder; y el director de la CIA, Leon Panetta. La aplicación del código militar a los terroristas, de nuevo el concepto de tortura y las autorizaciones excepcionales a los servicios secretos para detenciones o secuestros ilegales son los puntos que no han quedado suficientemente aclarados y descartados en estas comparecencias.

Tampoco está claro que la nueva Administración dé vía libre a la exigencia de responsabilidades por las acciones ilegales realizadas desde la anterior Casa Blanca en la lucha antiterrorista. La CIA acaba de reconocer que autorizó la destrucción de 92 vídeos de interrogatorios, presumiblemente con uso de torturas, con una finalidad fácilmente reconocible de obstaculizar la investigación. El Departamento de Justicia ha levantado el secreto sobre nueve de los famosos memos de los consejeros legales de Bush que cubrían las acciones ilegales del Gobierno con sus opiniones jurídicas. Pero falta por desvelar todavía el contenido de otros 35 documentos secretos.

La responsabilidad de Obama es salvaguardar la seguridad de sus conciudadanos y defender sus intereses en el mundo. Cuanto más se aleje esta responsabilidad de sus convicciones, peor le irán las cosas. La razón es sencilla: Obama ha hecho de la transparencia política un instrumento y a la vez un objetivo; una convicción o valor dentro de su concepto de la sociedad democrática. De ahí que será la propia transparencia del sistema que está construyendo la que pondrá en evidencia sus fallos, sean sólo motas de polvo como ahora o se conviertan en horribles lamparones como los que rompieron la imagen de su antecesor.


Fuente: ElPaís.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS. Se ocupa de las páginas y artículos de Opinión.
Cartoons: Cam Cardow / The Ottawa Citizen

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domingo, 30 de noviembre de 2008

El 'dios' del capitalismo era protestante

El espíritu trabajador y ahorrador del calvinismo actuó como factor de desarrollo del liberalismo más salvaje.

A comienzos del siglo XVI, el mundo estaba en un proceso de cambio. Los elementos que configuraban la Edad Media se iban resquebrajando y el hombre entraba en una nueva era. En este mundo moderno, las sociedades occidentales comentaban a evolucionar hacia los estados-nación, el desarrollo urbano, la progresiva pérdida de importancia del gremio y el mayor auge de la banca, la eclosión del racionalismo o el desarrollo científico. Junto a estos factores, la ruptura espiritual fue uno de los elementos de diferenciación de las distintas sociedades.

En Ginebra, las tesis espirituales desarrolladas por Juan Calvino promovían un nuevo modelo social, en el que los asuntos mundanos se sometían a los espirituales. La base se encontraba en el control de Dios sobre todas las facetas humanas. Cada acto realizado por la sociedad, derivaba así de una decisión previamente marcada por el creador.

La predestinación se convertía en eje fundamental de la vida de sus acólitos, ya que el deseo de agradar a Dios te convertiría en un predestinado para poder ganarte su favor.

Gratitud de los hombres

Ricos y pobres no eran más que la cara de un modelo previamente establecido por Dios y el viejo axioma bíblico de "ora et labora" se convertiría en el elemento angular de la gratitud de los hombres por haber sido objeto de la predestinación. El buen creyente era así aquel que "come del fruto de su trabajo", instaurándose una ética del trabajo por la cual al hombre le corresponde trabajar para agradar a Dios, ya que "cada hora perdida es sustraída al trabajo que contribuye a la gloria divina".

El bien y la felicidad surgen por tanto del desarrollo del buen trabajo y bajo esas premisas las sociedades calvinistas desarrollaron un capitalismo primitivo que les permitió atesorar dinero desarrollando la banca y el comercio, así como obtener los bienes necesarios que cubran las necesidades del hombre en el mundo.

El cambio de actitud hacia el préstamo del calvinismo supuso otra enorme contribución al capitalismo primitivo. Esa unión de religión y economía llevó a algunos historiadores a pensar que el modelo calvinista superó al católico en la forma de entender el nuevo sistema de vida capitalista, ya que el préstamo, considerado usurero y penado como práctica de vida del buen cristiano (en España, no se abolió la "deshonra legal" de estas prácticas hasta Carlos III), no recibe una visión negativa por parte del calvinismo, al considerarlo una más de las actividades económicas, ya que se cree que el lucro personal supone un beneficio para el Estado, pues la sociedad, al fin y al cabo, también se está enriqueciendo.

Nueva forma de trabajo

El espíritu calvinista supuso un fenómeno expansivo que provocó el auge de una nueva forma de entender el trabajo en aquellos lugares a los que llegaba. Así, Suiza, Holanda, el impacto hugonote en Francia, las comunidades calvinistas en Alemania o Hungría o los presbiterianos escoceses y los puritanos ingleses que luego emigrarían a Norteamérica supusieron no sólo un nuevo modelo de sociedad espiritual, sino un cambio en la concepción del trabajo y de la economía en aquellos lugares donde fueron asentándose.

Es la tesis que a comienzos del siglo XX defendió el sociólogo y economista Max Weber en su ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Esa ética señalada por el alemán como propia del calvinismo se adivina como uno de los elementos que configuran el moderno capitalismo caníbal, una vez que el elemento espiritual (obtener a través del trabajo los recursos necesarios para vivir) ha sido sustituido por criterios más "racionales".

El objetivo es la búsqueda perpetua del beneficio por encima de otros criterios menos mundanos y que permitan continuar siendo "la potencia más decisiva de nuestra vida".

Fuente: Público.es
Autor: Antonio Martínez. Madrid

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