OPERACIÓN REDIMENSIONAMIENTO / OJO ADVENTISTA.
La mayoria de los articulos de "Estatologico" estan siendo transferidos a dos nuevas secciones de Ojo Adventista: OPINIONES del MUNDO y NUEVO ORDEN MUNDIAL.
Mostrando entradas con la etiqueta Conflictos sociales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Conflictos sociales. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de mayo de 2009

La revuelta de la desigualdad. Por Ulrich Beck

El enriquecimiento rápido convirtió a muchos en dependientes de la droga del dinero prestado. Ahora los ricos poseen un poco menos, pero a los pobres no les alcanza para vivir. La situación es (pre)revolucionaria

La revuelta de la desigualdad sacude al mundo entero: de Moscú a Helsinki, de Londres a Washington y de Berlín a Buenos Aires. En Internet encontramos páginas que invitan a quemar o a colgar a los banqueros. El centro mundial de las finanzas en Londres aconseja a las empresas que exhorten a sus trabajadores a no pasearse más en traje y corbata para evitar riesgos. Aquellos que parecían ejercer un control irrevocable sobre las finanzas mundiales son ahora percibidos y calificados despectivamente como "extraterrestres", se les considera como personas de otro planeta. Cuando se obstinan en seguir cobrando primas y obteniendo privilegios, entonces son ejecutados, por lo menos moralmente, en los debates televisivos. Y probablemente esto sólo acaba de empezar.

A partir de diversos componentes se obtiene así una explosiva mezcla política y social. No sólo aumenta la desigualdad, tanto en el marco nacional como en el global, sino que, ante todo, el rendimiento y el ingreso se han desacoplado ya por completo a los ojos de la ciudadanía. O peor aún: en el contexto del desmoronamiento de las finanzas mundiales se ha producido en las esferas más altas del poder un acoplamiento perverso entre gestión ruinosa e indemnizaciones millonarias. El pequeño secreto, que no hace más que agudizar la amargura, consiste en que este enriquecimiento codicioso se ha realizado de forma absolutamente legal, pero atenta a la vez contra todo principio de legitimidad.

La ira popular se enciende a causa de esta contradicción entre legalidad y legitimidad con la que la élite financiera ha incrementado fabulosamente su riqueza. Pero esta ira se enciende más aún, justamente, porque esta desproporción ha burlado todas las mediciones de los rendimientos y porque las leyes vigentes siguen encubriendo tan clamorosas desigualdades. Aquí también aparecen contradicciones en la apreciación. Unos dicen: necesitamos más impuestos para los que más ganan, ya que el mercado no está en condiciones de corregir sus propios excesos. Los otros consideran, según el viejo esquema, que esto no es más que una política de la envidia, y reclaman derechos que se apartan de las leyes.

La consecuencia de ello es que el grito de dolor socialista reclamando la igualdad es proferido justamente desde el centro herido de la sociedad y halla repercusión por doquier. Pero esta conciencia de la igualdad no hace ahora más que alimentar las desigualdades sociales de un modo políticamente explosivo. Las desigualdades sociales se convierten en material conflictivo que se inflama con facilidad, no sólo porque los ricos siempre son más ricos y los pobres más pobres, sino sobre todo porque se propagan normas de igualdad que están reconocidas y porque en todas partes se levantan expectativas de igualdad, aunque al final queden frustradas.

Una quinta parte de la población mundial, la que se encuentra en peor situación (posee, en su conjunto, menos que la persona más rica del mundo), carece de todo: alimentación, agua potable y un techo donde cobijarse. ¿Cuál fue la causa de que, en estos últimos 150 años, este orden global de desigualdades mundiales se mostrara a pesar de todo como legítimo y estable? ¿Cómo es posible que las sociedades del bienestar en Europa pudieran organizar costosos sistemas financieros de transferencia en su interior sobre la base de criterios de necesidad y pobreza nacionales mientras que buena parte de la población mundial vive bajo la amenaza de morir de hambre?

La respuesta es que éste es -o era- el principio de eficiencia que legitimaba las desigualdades nacionales. Quien se esfuerce será recompensado con bienestar, rezaba la promesa. A la vez, el Estado nación procuraba que las desigualdades globales se mantuvieran encubiertas y que pareciera que fueran legítimas e inalterables. Porque hasta entonces las fronteras nacionales separaban nítidamente las desigualdades políticamente relevantes de las irrelevantes. ¿Quién se preocupa por las condiciones de vida en Bangladesh o en Camboya? La legitimación de las desigualdades globales se basa así en el disimulo del Estado nación. La perspectiva nacional exime de mirar la miseria del mundo.

Las democracias ricas portan la bandera de los derechos humanos hasta el último rincón del planeta sin darse cuenta de que, de ese modo, las fortificaciones fronterizas de las naciones, que pretenden atajar los flujos migratorios, pierden su base legítima. Muchos inmigrantes se toman en serio la igualdad predicada como derecho a la libertad de movimientos, pero se encuentran con países y Estados que, justamente por la presión de las crecientes desigualdades internas, quieren poner fin a la norma de igualdad en sus fronteras blindadas.

La revuelta contra las desigualdades realmente existentes se alimenta así de estas tres fuentes: del desacoplamiento entre rendimiento y ganancia, de la contradicción entre legalidad y legitimidad, así como de las expectativas mundiales de igualdad. ¿Es ésta una situación (pre)revolucionaria? Absolutamente. Carece, sin embargo, de sujeto revolucionario, por lo menos hasta ahora. Porque las protestas proceden de los lugares más distintos. La izquierda radical acusa a los directivos de los bancos y al capitalismo. La derecha radical acusa una vez más a los inmigrantes. Ambas partes se corroboran mutuamente en que el sistema capitalista imperante ha perdido su legitimidad. En cierto sentido, son los Estados nación los que se han deslizado involuntariamente hacia el rol de sujeto revolucionario. Ahora, de repente, éstos ponen en práctica un socialismo de Estado sólo para ricos: apoyan a la gran banca con cantidades inconcebibles de millones, que desaparecen como si fueran absorbidas por un agujero negro. Al mismo tiempo, aumentan la presión sobre los pobres. Semejante estrategia es como querer apagar el fuego con fuego.

Este proceso sólo fue posible porque los decenios anteriores engendraron en muchos ámbitos de la economía una suerte de espíritu del superhombre nietzscheano. Pequeñas empresas locales eran transformadas en potencias globales por superhombres de la economía, y éstos cambiaron adecuadamente las reglas del poder en vigor. Llevaron las finanzas a la esfera de lo incalculable, que nadie, ni ellos mismos, podía entender. Pero su actuación parecía justificarse en que elevaron a cotas inauditas sus beneficios, su poder y sus ingresos.

La ideología predicaba que cualquiera podía triunfar. Esto era válido tanto para el comprador de bajos ingresos que obtenía su primera propiedad como para el malabarista que ignora los riesgos incalculables. El paraíso en la tierra consistía en que el primero podía comprar con dinero prestado y el segundo podía hacerse aún más rico, también con dinero prestado. Ésta era, y sigue siendo ahora, la fórmula de la irresponsabilidad organizada de la economía global. Ahora, en la caída libre de la crisis financiera, ambos salen perdiendo, aunque no exactamente de la misma manera. Mientras que los ricos poseen un poco menos, a los pobres apenas les alcanza para vivir. Después de haber subido, ahora el ascensor vuelve a bajar. Pero esto no amortigua la capacidad explosiva de la revuelta de la desigualdad que hoy se cuece.

Más bien al contrario. Las demandas de más igualdad, que encuentran su expresión en las actuales protestas, alcanzan la autoconciencia de Occidente en su núcleo neoliberal. En los decenios pasados se falsificó el sueño americano y sus promesas de libertad e igualdad de oportunidades por la promesa cínica de enriquecimiento privado. En realidad, este espíritu ha convertido a muchas y a muy distintas sociedades en dependientes de la droga de vivir con dinero prestado. La rutina diaria de las personas se basaba en la obtención de dinero rápido y barato, así como en la disponibilidad ilimitada de combustible fósil.

La vida misma ha perdido el control en ese anhelo permanente de obtener cada vez más y más. Ahora cabe preguntarse: ¿dónde están los movimientos sociales que esbozan una modernidad alternativa? De lo que se trata es de cosas tan concretas como de las nuevas formas de energía regenerativa, pero también de fomentar un espíritu cívico que supere las fronteras nacionales. Y de cualidades como la creatividad y la autocrítica, para que temas clave como la pobreza, el cambio climático o civilizar los mercados tengan un lugar central.


Fuente: El País.com
Autor: Ulrich Beck es sociólogo y profesor de la Universidad de Múnich y de la London School of Economics. Beck estudia aspectos como la modernización, los problemas ecológicos, la individualización y la globalización. En los últimos tiempos se ha embarcado también en la exploración de las condiciones cambiantes del trabajo en un mundo de creciente capitalismo global, de pérdida de poder de los sindicatos y de flexibilización de los procesos del trabajo, una teoría enraizada en el concepto de cosmopolitismo. Beck también ha contribuido con nuevos conceptos a la Sociología alemana, incluyendo la llamada "sociedad del riesgo" y la "segunda modernidad".
Traducción: M. Sampons.

+ Leer más...

jueves, 16 de abril de 2009

¿Fin de cuál capitalismo? Por Juan Manuel López Caballero

Diferentes teorías y, en consecuencia, diferentes recetas se han aplicado sin que sea claro que estas lleven a una salida exitosa del mal momento.

Más allá de la simple afirmación de que estamos en la peor crisis del sistema capitalista desde el año 29 (o de su historia), se ha buscado dar explicaciones que permitan proponer soluciones.

El primer y más generalizado diagnóstico no parece haber acertado; como la crisis comenzó por los castigos de cartera a los bancos de inversión por los paquetes de hipotecas subprime que intoxicaron el mundo financiero, se ha atribuido el problema a los efectos de las quiebras de las entidades de ese sector (bancos, aseguradoras, etc.), supuestamente porque al no poder irrigar el crédito toda la economía colapsaría.

Por eso se han destinado billones y billones, tanto en Estados Unidos como en Europa y Asia, a mantener a flote las compañías que además de tener que responder por el dinero del público cumplen la función de trasladar el ahorro a la inversión.

Sin embargo, ya hay un cuasi consenso en cuanto a que esto o no ha solucionado la crisis o no ha sido suficiente. Y ha tocado reconocer que el sector productivo también está en problemas y no solo por la falta de crédito (ejemplo: las ayudas a los fabricantes de automóviles en cada país).

Pensando que la solución puede estar en el lado de la demanda, también se han propuesto alternativas que van desde refinanciar a los deudores hasta disminuir los impuestos. Se habla también de una revancha keynesiana, o neokeynesianismo, consistente en grandes programas de inversión que, aunque generadores de grandes déficits fiscales, podrían mantener el empleo y el ingreso para evitar una mayor recesión y un mayor impacto social. También se considera que entramos en una etapa de neoproteccionismo, donde, para el mismo propósito, cada país defiende su industria local.

En fin, diferentes teorías y en consecuencia diferentes recetas se han aplicado sin que sea claro que estas lleven a una salida exitosa del mal momento.

En la reunión del G20 dos posiciones parecen presentarse: la liderada por la Canciller alemana que sostiene que hay que dejar que los remedios implementados en cada país produzcan sus efectos y que lo que toca es preocuparse por la postcrisis y el nuevo orden a crear; y la de quienes desean globalizar el manejo de la crisis, tomando decisiones conjuntas para afrontar la coyuntura.

Al lado de esto se presentan la crisis energética, el cambio ambiental, el aumento de la protesta social, no como consecuencia del modelo capitalista sino como problemas paralelos y, quien sabe por qué, coincidentes pero no dependientes o derivados de un mismo origen.

De esta manera se asume que no es el sistema capitalista mismo el que está en juego sino, internamente, alguna falla que se podrá corregir; y para esos 'paralelos' se buscan las respuestas en los mismos principios del sistema (incentivos económicos y regulaciones).

Se llega a reconocer que los excesos del neoliberalismo como modalidad del capitalismo produjeron la actual catástrofe, pero se supone que con algunos mecanismos regulatorios esto se corrige.

No se asume como una crisis integral, que abarca al sistema capitalista en su conjunto, en otras dimensiones, políticas, sociales, ideológicas, ecológicas, internacionales... que va mucho más allá de una mera crisis bancaria o aún económica.

Hay otras interpretaciones que parten de análisis diferentes y plantean la necesidad de denunciar las mentiras que permanentemente divulga la prensa para minimizar la situación. La gente debe tomar conciencia, por ejemplo, de que el cambio climático puede llevar a una catástrofe de dimensiones incalculables. Pero también de que no es una serie de "desastres naturales" sino creados por el hombre, por un sistema que transforma la naturaleza en recursos económicos, en mercancías que pueden utilizarse sin limitación alguna.

El capitalismo puede haber desarrollado características que depredan más allá de lo que las fuerzas productivas generan, hasta un punto tal en que el conjunto del sistema no puede reproducirse más...

En su modalidad neoliberal permitió y propició el crecimiento de un sector especulativo desbordado. El mercado real hoy es insignificante ante una especie de casino donde se tranzan productos virtuales 60 veces mayores que el total de los presupuestos de todas las naciones.

Por ejemplo, en Colombia en el mercado de futuros de divisas se llegan a realizar en un día compraventas de dólares por sumas del orden de lo que el gobierno americano ha entregado en un año para el Plan Colombia. Es claro que ni en un año podrían los particulares hacer transacciones en efectivo por esas sumas. Lo que sucede es que juegan unos a que el dólar subirá (o a subirlo) y otros a la baja (o a bajarlo) cruzando y liquidando operaciones solo alrededor del cambio en la cotización pero sin que se produzcan los correspondientes movimientos del capital. Y el casino no es nuestra insignificante bolsa sino el conjunto de bolsas de valores e 'inversionistas' o sea jugadores del conjunto del mundo. Entonces, el valor del dólar -y el valor de los commodities y en consecuencia en alguna forma de todos los bienes- no lo determinan la oferta y demanda real de cada cosa sino los jugadores del casino...

Esto lleva a una inconsistencia del capitalismo, puesto que el mercado, que supone ordenar el uso de los recursos mediante el valor que asigna a cada bien, está completamente distorsionado. Como la especulación en el sistema financiero con sus 'derivados' es la evolución natural del capitalismo, el único camino para salir de la encrucijada a la cual hemos llegado sería cambiarlo por un sistema diferente.

Esa 'pirámide' de tahúres no es una realidad separada, independiente de la llamada economía real o productiva: fue engendrada por la dinámica del conjunto del sistema capitalista al igual que las necesidades de rentabilidad de las empresas transnacionales o las necesidades de financiamiento de los Estados. No es una red de especuladores autistas ajenos a la racionalidad misma de esta civilización sino la premonición de su decadencia.

Por otro lado, el crecimiento mundial depende de los cambios tecnológicos. Pero ello ha llevado a que estos tengan un tiempo de aplicación muy corto mientras que su costo es cada vez mayor. En estas condiciones, no se logra amortizar la inversión en el tiempo, ni acumular nuevo capital ya que el que así se forma toca desecharlo cada vez más rápido. El PIB mundial ha disminuido su crecimiento y, teniendo en cuenta lo anterior, su aumento real está hoy prácticamente por debajo del crecimiento demográfico.

Así las cosas, ante una torta que crece al mismo ritmo que la población que la consume, la competencia lo que determina es quién le quita a quién su parte. En esta etapa del capitalismo los 'daños colaterales' (medio ambiente, etc.) son despreciados al igual que los efectos sociales: solo se puede acumular en detrimento de lo uno o de lo otro. Esto explica el aumento de la desigualdad, de la pobreza, y el deterioro planetario, puesto que son estos los que permiten que sobreviva el sistema capitalista.

No sin razón Zbigniew Brzezinski -quien es el Henry Kissinger del partido demócrata hoy en el poder- dejó sus reflexiones sobre política internacional y advierte sobre la posibilidad de agravamiento de los conflictos sociales en los Estados Unidos y el mundo.


Fuente: Dinero.com
Autor: Juan Manuel López Caballero, consultor, economista, escritor e investigador colombiano.

+ Leer más...