OPERACIÓN REDIMENSIONAMIENTO / OJO ADVENTISTA.
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viernes, 3 de octubre de 2008

¿Fin del liderazgo estadounidense? por John Gray

En un cambio de tanto alcance en sus consecuencias como la caída de la Unión Soviética, lo que está colapsando es todo un modelo de Estado y de economía. La consecuencia será que EE.UU. dependerá más de las nuevas potencias emergentes.

Es probable que tengamos la mirada puesta en los mercados que se derrumban, pero la conmoción que estamos experimentando es más que una crisis financiera, por grande que ésta sea.

Estamos ante un cambio geopolítico histórico, en el cual el equilibrio de poder en el mundo está siendo alterado de manera irrevocable. La era del liderazgo global estadounidense, que se remonta a la Segunda Guerra Mundial, llegó a su fin.

Es algo visible en cómo a Estados Unidos se le ha ido el dominio de las manos en su propio patio trasero, con el presidente venezolano, Hugo Chávez, provocando y ridiculizando a la superpotencia con impunidad. Pero el revés para el estatus de Estados Unidos a nivel global es más sorprendente todavía.

Con la nacionalización de partes cruciales del sistema financiero, el credo del mercado libre estadounidense se autodestruyó mientras que los países que mantuvieron el control general de los mercados han sido reivindicados.

En un cambio de tanto alcance en sus consecuencias como la caída de la Unión Soviética, lo que colapsó es todo un modelo de Estado y de economía. Desde el final de la Guerra Fría, sucesivas administraciones estadounidenses sermonearon a otros países sobre la necesidad de tener finanzas sólidas. Indonesia, Tailandia, Argentina y varios estados africanos soportaron severos recortes en el gasto y profundas recesiones como precio por la ayuda del Fondo Monetario Internacional, que aplicaba la ortodoxia estadounidense.

China, sobre todo, era constantemente intimidada por la debilidad de su sistema bancario. Pero el éxito de China se ha basado en su desprecio constante por los consejos occidentales y no son los bancos chinos los que en este momento se van al tacho. Pese a exhortar permanentemente a otros países a adoptar su manera de hacer negocios, Estados Unidos siempre había tenido una política económica para sí mismo y otra para el resto del mundo.

Durante todos los años en que fustigó a los países que se apartaban de la prudencia fiscal, se endeudó a una escala colosal para financiar recortes fiscales y patrocinar compromisos militares desmesurados.

Ahora, con las finanzas federales críticamente dependientes de que continúen los grandes flujos de capital extranjero, los países que despreciaron el modelo estadounidense de capitalismo serán los que definirán el futuro económico de Estados Unidos. No es tan importante cuál de las versiones de salvataje de las instituciones financieras pergeñadas por el secretario del Tesoro, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal Ben Bernanke será adoptada finalmente como qué significa el rescate para la posición de Estados Unidos en el mundo.

El sermón populista sobre los bancos codiciosos que se está ventilando a los gritos en el Congreso es una distracción de las verdaderas causas de la crisis. La condición desastrosa de los mercados financieros de Estados Unidos es consecuencia de los bancos estadounidenses que operan en un entorno donde vale todo que esos mismos legisladores estadounidenses crearon.

Es la clase política estadounidense, al adoptar la ideología peligrosamente simplista de la desregulación, la responsable de la confusión actual. En las actuales circunstancias, una expansión sin precedente del Estado es la única forma de prevenir una catástrofe del mercado. La consecuencia será, no obstante, que Estados Unidos dependerá más todavía de las nuevas potencias ascendentes.

El Estado federal está acumulando préstamos aún más grandes, lo cual puede hacer temer acertadamente a sus acreedores que nunca los pagará. Puede muy bien sentirse tentado de inflar esas deudas en una ola inflacionaria que dejaría a los inversores extranjeros con gravosas pérdidas.

En esas circunstancias, ¿los gobiernos de países que compran grandes cantidades de bonos estadounidenses, China, los Estados del Golfo y Rusia, por ejemplo, estarán dispuestos a seguir apoyando el rol del dólar como divisa de las reservas? ¿O estos países verán ahora una oportunidad de inclinar la balanza del poder económico más a su favor? Sea como sea, el control de los acontecimientos ya no está en manos estadounidenses.

El destino de los imperios a menudo es sellado por la interacción de la guerra y la deuda. Es lo que pasó con el Imperio Británico, cuyas finanzas se deterioraron desde la Primera Guerra Mundial en adelante, y con la Unión Soviética. La Guerra de Irak y la burbuja crediticia debilitaron fatalmente la primacía económica de Estados Unidos.

Continuará siendo la economía más grande del mundo durante un tiempo, pero las nuevas potencias ascendentes, una vez superada la crisis, se encargarán de comprar lo que quede intacto en el naufragio del sistema financiero estadounidense.

Está naciendo un nuevo mundo casi de manera inadvertida, en el que Estados Unidos es nada más que una de varias grandes potencias, enfrentando un futuro incierto que ya no puede definir.


Fuente: iEco - Clarín.com
Autor: John Gray. Catedrático de Pensamiento Europeo de la London School of Economics. Catedrático de Pensamiento Europeo de la London School of Economics, también ha sido profesor de las universidades de Essex y Oxford y profesor visitante en Harvard y Yale. Entre sus publicaciones destacan Contra el progreso y otras ilusiones (2006), Al Qaeda y lo que significa ser moderno (2004) y Perros de paja: reflexiones sobre los humanos y otros animales (2003).
Traducción: Cristina Sardo

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lunes, 29 de septiembre de 2008

La presidencia del miedo

Si algo ha caracterizado a la Administración de George W. Bush es su disposición a utilizar el miedo como resorte para gobernar. Cuarenta y cinco días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, sin apenas debate, el presidente Bush obtuvo del Congreso la aprobación de la Ley Patriótica (Patriot Act). En esa ley y en subsiguientes medidas ejecutivas, muchas de ellas secretas, la Casa Blanca se llevó por delante el sistema de garantías judiciales que protegen a sus ciudadanos de los abusos del Gobierno y puso en suspenso el derecho internacional.

El siniestro ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld, ayudado por un fiscal general que pasará a la historia por autorizar la tortura, Alberto Gonzales, pudo dar manos libres a sus subordinados para detener, secuestrar y torturar impunemente a todos aquellos sospechosos de terrorismo sin tener que preocuparse de control judicial alguno. Así, aduciendo la existencia de un estado de guerra, el presidente Bush derogó en la práctica una de las instituciones básicas de nuestra civilización: el hábeas corpus, un derecho presente ya en la Carta Magna británica de 1215, que obliga a las autoridades a poner a cualquier detenido a disposición judicial.

Siete años después de Guantánamo, Bush ha vuelto a utilizar todos los resortes del miedo para presentar un plan de rescate financiero que pasará a la historia no sólo por el enorme cinismo e inmoralidad que destila sino porque en él, una vez más, el Gobierno ha pretendido concederse a sí mismo poderes ilimitados para actuar con total discreción sin tener que rendir cuentas al Congreso.

Dirigiéndose a la ciudadanía el 24 de septiembre, Bush pintó un panorama estremecedor pero, a la vez, perfectamente adaptado a las ansiedades de cada grupo social: "Si tienes un negocio o una granja, los bancos no te darán crédito y tendrás que cerrar o vender; si tienes un plan de pensiones, la Bolsa se desplomará y tu pensión se reducirá; si quieres enviar a tus hijos a la universidad, no habrá préstamos; si tienes una hipoteca, el valor de tu casa se hundirá"; en definitiva, nada menos que una "larga y dolorosa recesión" con "millones de desempleados y desahucios".

Para conjurar este peligro, Bush ha pedido al Congreso que ponga a disposición del secretario del Tesoro, Hank Paulson, 700.000 millones de dólares (477.000 millones de euros) con los que poder comprar y vender cualquier activo relacionado con el mercado hipotecario al precio que considere conveniente; contratar a cuantas personas fueran necesarias; aprobar todas las medidas que estime necesario y firmar contratos sin tener en cuenta ninguna disposición legal sobre contratos públicos, todo ello, al mismo tiempo que se estipula, literalmente, que "las decisiones del secretario del Tesoro están libres de inspección, dependen de la discreción del organismo y no están sujetas a la inspección de ningún tribunal ni organismo del Gobierno".

Todo ello sin asumir ninguna responsabilidad por la crisis, prometer reforma alguna en la regulación del sector financiero o abrir la puerta para que los ciudadanos, al igual que los bancos, también puedan renegociar sus hipotecas y salvar sus viviendas.

En la práctica, Bush ha planteado el equivalente a una economía de guerra. Por un lado, se deroga un principio clave del constitucionalismo estadounidense, íntimamente ligado a la declaración de independencia: que el Gobierno está sometido a control parlamentario (no taxation without representation).

Por otro, arguyendo que los mercados han dejado de funcionar, se instaura un régimen en el que los precios son fijados por el Gobierno, como ocurría en las economías de planificación central. Con razón, tanto demócratas como republicanos han puesto el grito en el cielo. Afortunadamente, en esta ocasión el Congreso no se ha dejado impresionar por un plan diseñado por un secretario del Tesoro que antes de unirse a la Administración de Bush amasó una fortuna de 700 millones de dólares como presidente de Goldman Sachs, uno de los principales bancos de inversión de Wall Street. No parece, desde luego, que sea la persona adecuada para, en estas circunstancias, solicitar 2.000 dólares a cada ciudadano estadounidense para superar la crisis.

En su reacción ante el 11-S, la Administración de Bush llevó al país a una guerra ilegal, inútil y costosísima. Ahora, su plan para salir de la crisis repite los mismos temas de la guerra de Irak: ilegal, inútil y cara. Menos mal que con las elecciones a la vuelta de la esquina, los congresistas temen más a Bush que a Al Qaeda.

Fuente: ElPais.com
Autor: Jose Ignacio Torreblanca

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domingo, 31 de agosto de 2008

OBAMA vs. McCAIN: laboratorio para la estrategia de las marcas

La carrera presidencial de EE.UU. está siendo un fenomenal test de productividad para las nuevas armas del marketing digital.


En una de las escenas más divertidas de la primera edición de La pistola desnuda, Leslie Nielsen, el protagonista, desafinaba y demostraba en público que no sabía la letra del himno de los Estados Unidos. Menos gracia les debe haber causado a los relacionistas públicos de Hillary Clinton la propagación viral que tuvo, meses atrás y gracias a YouTube, un video en el que la ex candidata cantaba el himno casi peor que Nielsen.

La historia sirve para marcar una de las lecciones que las estrategias de comunicación de campaña de los EE.UU. tienen sobre el marketing: las nuevas herramientas digitales poseen un poder de fuego enorme, que puede jugar tanto a favor como en contra.

"Las campañas políticas de este año poseen características sin precedentes, cuyas enseñanzas podrían ser aprovechadas por las marcas", sostiene un informe de Deloitte sobre el tema, que iEco adelanta en exclusiva. El desafío de comunicación es mayúsculo: se deben "vender", ante targets muy distintos, candidatos con atributos inéditos en la historia de ese país: podrá ser el primer presidente negro, en el caso de que triunfe Barack Obama, el de más alta edad en llegar a la Casa Blanca (John McCain, 72 años) o, hasta que quedó fuera de carrera, la primera mujer en asumir ese cargo (Hillary).

"Será también la primera vez en que millones de votantes se habrán enterado de casi todo lo que saben de sus candidatos a través de herramientas digitales que estaban muy poco desarrolladas en la última elección presidencial, hace cuatro años", marca Ignacio Tena, director de comunicación de Deloitte en América Latina y el Caribe.

"Tanto los candidatos como las empresas están entrando en una era en la que su marca ya no les pertenece", sostiene la investigación. La interacción a través de herramientas como YouTube, MySpace o Facebook llevaron a los cientistas sociales a hablar de un nuevo concepto: el "fotoshop de la Democracia", dicen en Deloitte.

Con colaboración de CNN, YouTube fue el anfitrión del debate del partido demócrata en julio de 2007 en Charleston, Carolina del Sur; y del republicano en noviembre pasado en St. Petesburg, Florida. Entre los dos, tuvo más de 5 millones de espectadores. Un discurso de Obama, convertido en discurso musical por el grupo de rock Black Eyed Peas, fue co-estrenado en YouTube y logró más de 2 millones de visitas en sus primeros cinco días de lanzamiento.

Deloitte recomienda hacer una inversión fuerte para saber cómo los clientes/votantes recopilan, debaten y reinventan los comerciales y mensajes. Para esto hay que monitorear periodicamente los blogs más influyentes y las discusiones en las redes sociales.

Dada la multiplicidad de canales interconectados, más que nunca es necesario cuidar la coherencia del mensaje. Obama fue criticado cuando quedó expuesto por sus contradicciones en política exterior ante distintos auditorios.

En este nuevo contexto, no responder no es una opción. El ejemplo del error fue el contraataque tardío de John Kerry a los veteranos del "Swift Boat", en 2004, que pusieron en duda su heroísmo en Vietnam y le sirvieron la elección en bandeja a George Bush. La política 2.0 acentúa este fenómeno.

Ni los candidatos supuestamente más innovadores están a salvo de la enredadera interactiva. Y si no, hay que preguntarle al demócrata Howard Dean, supuesta estrella de las campañas en Internet. Buena parte de sus chances fueron sepultadas cuando se viralizó un video (I have a scream) en el que, excitado, pegaba un grito desafinado, forzado y torpe que lo dejaba en ridículo. Peor que Hillary y Leslie Nielsen.

Fuente: iEco / Clarin.com
Autor: Sebastián Campanario

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jueves, 17 de julio de 2008

TURISMO DE SALUD. El futuro traerá medicina sin fronteras

Leyendo la columna del prestigioso y laureado periodista Andrés Oppenheimer en el Miami Herald, me encontre con la columna titulada "El futuro traerá medicina sin fronteras" creo que les va a ser de gran utilidad y conocer algo más sobre la crisis del sistema de salud norteamericano y la tendencia en ascenso de buscar servicios de salud ( mas baratos) en el extranjero.

Desde hace varios años, hemos venido diciendo en esta columna que una de las grandes oportunidades económicas para México --y Latinoamérica en general-- será convertirse en un centro de servicios de salud para millones de estadounidenses que no pueden pagar los servicios hospitalarios de su país, o que simplemente buscan una atención médica más personalizada

Poco me imaginaba que, accidentalmente, yo mismo estaría tres semanas hospitalizado en Ciudad de México el mes pasado, y me tocaría experimentar en carne propia el sistema médico de un país extranjero.

Antes de contarles mi experiencia, señalemos que el turismo de salud de estadounidenses a Latinoamérica, India, Singapur y otros países está creciendo a un ritmo de casi 20 por ciento anual, según distintas estimaciones.

Alrededor de 180,000 estadounidenses viajan a otros países cada año para que se les practiquen procedimientos médicos como reemplazos de rodilla, operaciones de cadera, chequeos regulares o cirugías dentales, según Josef Woodman, autor de Pacientes sin fronteras. Además, otros 400,000 estadounidenses viajan al exterior anualmente para ''terapias alternativas'' --como cursos de meditación en India-- lo que eleva la cifra a un total de 580,000.

Milika Bookman, autora de Turismo médico en los países en desarrollo estima que un país pequeño como Costa Rica está atrayendo, por sí sólo, unos 150,000 turistas de salud por año.

Las razones de este éxodo de pacientes estadounidenses son simples: alrededor de 45 millones de estadounidenses carecen de seguro de salud, y otros 30 millones tienen seguros de salud con insuficiente cobertura. Asimismo, muchos de quienes tienen seguro médico van al exterior para someterse a cirugías cosméticas que no están cubiertas por sus seguros en Estados Unidos.

Los números hablan por sí mismos: un bypass coronario --incluyendo la cirugía y la internación en una habitación privada --cuesta un promedio de $100,000 en EEUU, $27,000 en México y $24,000 en Costa Rica, según las estimaciones de Pacientes sin fronteras. Un reemplazo de cadera cuesta un promedio de $45,000 en EEUU, $11,000 en México y $9,700 en Costa Rica. Un lifting facial cuesta un promedio de $13,200 en EEUU, $3,100 en Costa Rica y $8,550 en México.

Y la tendencia al turismo médico seguirá creciendo: en las próximas tres décadas, habrá alrededor de 100 millones de estadounidenses --los baby boomers-- que alcanzarán edad de retiro. Muchos de ellos no podrán pagar los servicios médicos en Estados Unidos. Y tal como ocurre en Europa, donde los jubilados alemanes, británicos y suecos se mudan a España durante varios meses al año, en busca de atención médica personalizada y un costo de vida más barato, cada vez más retirados estadounidenses se mudarán a comunidades del norte de México, Costa Rica y otros países latinoaméricanos.

¿Pero están estos países preparados para ofrecer servicios médicos del primer mundo? A juzgar por mi reciente experiencia en Ciudad de México, la respuesta es un inequívoco sí, con algunas salvedades obvias.

El 9 de junio, mientras cenaba en un restaurante con dos altos funcionarios académicos mexicanos, repentinamente me descompuse, traté infructuosamente de vomitar, y en el esfuerzo me desgarré el esófago. Es una rara afección médica, conocida como el síndrome de Boerhaave, con un alto riesgo de muerte.

Para mi gran fortuna, los dos funcionarios que me acompañaban no sólo llamarón una ambulancia, sino que hablaron con un alto funcionario de la cadena de hospitales Angeles, y con el presidente de la Universidad Autónoma de México, el Dr. José Narro, que es un prestigioso médico. Cuando la ambulancia llegó al hospital Angeles Mocel, ya habían reunido a un equipo de médicos de primer nivel. El Dr. Jorge Salas, el neumonólogo que dirigía el equipo, descartó un ataque cardíaco y llamó al cirujano toráxico Patricio Santillán para que me operaran de inmediato, y me quitaran más de dos litros de líquido gástrico que tenía en el pecho.

Luego de una operación de seis horas, pasé dos semanas en terapia intensiva y otra semana en una habitación individual hasta que me dieron de alta el 28 de junio, cuando ya podía caminar y todos los análisis daban bien. Los médicos me dicen que dentro de pocas semanas estaré como nuevo.

Durante toda esta odisea, los médicos y enfermeras mexicanos no podrían haber sido más profesionales, ni atentos. Desde el primer día, los médicos me dieron sus teléfonos celulares, pidiéndome que no vacilara en llamarlos si necesitaba preguntarles cualquier cosa. Cuando me visitaban en la habitación, el equipo médico --que incluía al cardiólogo Mario Vélez y al internista Paul Frenk-- pasaba más de una hora explicándome los altos y bajos del proceso de recuperación.

Las enfermeras no podrían haber sido más amables. Me llamaban por mi nombre --en lugar del impersonal ''mi amor'' que tanto usan las enfermeras en Estados Unidos, en algunos casos porque no se toman el trabajo de aprender el nombre de sus pacientes-- me alentaban a que caminara por los corredores del hospital para hacer ejercicio y con frecuencia me ayudaban a distraerme contándome sus vidas o conversando sobre las noticias del día.

Mi habitación individual tenía cuatro veces el tamaño de una habitación de hospital promedio en Estados Unidos, con un TV de plasma y conexión a internet.

''No me sorprende nada de lo que me cuentas'', me dijo Woodman, autor de Pacientes sin fronteras. "En los casi 100 hospitales que visité el año pasado en Taiwan, Corea, India, Costa Rica, México y otros países, los pacientes estadounidenses me dijeron que la calidad del tratamiento era superior a la que habían experimentado en EEUU''.

Cuando volví a Miami y me hicieron exámenes en el Hospital de la Universidad de Miami, el veredicto de los médicos fue unánime: los médicos mexicanos habían hecho un trabajo excelente. De hecho, la pronta detección del problema y la rapidez de la operación me habían salvado la vida. Y la cuenta final del hospital de México había sido de $42,000 --una fracción de los más de $170,000 que hubiera costado en EEUU.

Por supuesto, esta historia tiene sus salvedades: obviamente, recibí un trato especial. Mi columna del Miami Herald se publica en más de una docena de periódicos mexicanos, mi programa de TV Oppenheimer Presenta se emite por la televisión mexicana, y varios de mis libros han sido bestsellers en México. Y el hecho de que el presidente de la cadena Angeles, Olegario Vázquez Adir, el presidente de la UNAM, el doctor Narro, y el regente de Ciudad de México, Marcelo Ebrard, inquirieran a diario por mi estado de salud obviamente ayudaron a que me dieran una atención especial.

La otra salvedad es que, así como hay hospitales buenos en México u otros países de la región, también los hay malísimos. A uno le puede tocar uno malo, y no vivir para contar el cuento.

Según los expertos en turismo de salud, antes de elegir un hospital extranjero, hay que consultar la lista de hospitales acreditados por la Comisión Conjunta Internacional (JCI), el organismo regulador estadounidense que certifica hospitales extranjeros que cumplen con los estándares norteamericanos. Ya hay varios hospitales brasileños y mexicanos en esa lista.

Los hospitales estadounidenses, para no quedarse fuera de juego, ya están sumándose al negocio del turismo médico. Recientemente se inauguró un hospital Johns Hopkins en Panamá, donde algunos médicos graduados en EEUU realizan operaciones por una fracción de su costo en Estados Unidos. El Instituto Internacional de Medicina de la Universidad de Miami está estudiando invertir en un hospital en Cartagena, Colombia, y asociarse con hospitales en la República Dominicana y en Bahamas.

Los extranjeros seguirán viniendo a los hospitales de Estados Unidos para procedimientos médicos de alta complejidad que no están disponibles en sus países, ni lo estarán por muchos años. Pero, para operaciones rutinarias, la tendencia será hacia otros países con costos más razonables.

''El turismo de salud nos está haciendo considerar seriamente la posibilidad de asociarnos con hospitales en el extranjero'', me señaló Eduardo de Marchena, el decano de Medicina Internacional de la Universidad de Miami.

Mi opinión: si los médicos y enfermeras mexicanos ofrecen a sus pacientes una fracción de la atención que me dieron a mí, brindan un servicio mucho más personalizado del que se puede encontrar en la mayoría de los hospitales de Estados Unidos. Una buena atención médica con calidez personal será un gran atractivo para millones de turistas de salud norteamericanos, y le podría dar --como ocurre en España-- un gran impulso a las economías latinoamericanas.

Si desea saber mas sobre las dificultades para acceder a los seguros de salud, sus altos costos y demás topicos relacionados a este tema: recomiendo mirar el documental "Sicko" (es el título en inglés) de Michael Moore estrenado el 29 de junio de 2007. La película ofrece su particular enfoque del sistema de salud de Estados Unidos de América, poniendo énfasis en la crítica a las grandes compañías de servicios de salud estadounidenses.

Fuente: ElNuevoHerald.com

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