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lunes, 10 de noviembre de 2008

EL SIGUIENTE BRETTON WOODS. Por Joseph E. Stiglitz

El mundo está cayendo en una grave desaceleración mundial, probablemente la peor del último cuarto de siglo, quizá incluso la peor desde la Gran Depresión de 1929. Una crisis que, en más de un sentido, es made in USA, fabricada en Estados Unidos.

Estados Unidos exportó sus hipotecas tóxicas al resto del mundo en forma de títulos respaldados por activos. Exportó su filosofía desreguladora del mercado libre, algo que ahora hasta Alan Greenspan, su sumo sacerdote, admite que fue un error. Exportó su cultura de irresponsabilidad empresarial y la opaca práctica de las opciones de compra de acciones, que fomentan esa mala contabilidad que, al igual que ocurrió en los escándalos de Enron y Worldcom hace unos pocos años, tan importante ha sido en este descalabro. Como colofón, EE UU ha exportado su desaceleración económica.

La Administración de Bush ha acabado haciendo lo que todos los economistas le instaban a hacer: inyectar más liquidez en los bancos. Sin embargo, como siempre, el problema está en los detalles, y puede que el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, haya logrado incluso echar por tierra esta buena idea, ya que parece haber concebido una recapitalización bancaria que no va a producir la reactivación del crédito, algo que no sería nada bueno para la economía.

Más importancia tiene aún que las condiciones impuestas por Paulson a los bancos estadounidenses receptores de capital sean mucho peores que las dictadas por el primer ministro británico Gordon Brown (por no hablar de las que consiguió Warren Buffett cuando proporcionó mucho menos dinero a Goldman Sachs, el banco de inversión más sólido de EE UU). Los precios de las acciones demuestran que, para los inversores, éste ha sido un acuerdo excelente.

Una de las razones para preocuparse por el mal acuerdo que se ha ofrecido a los contribuyentes estadounidenses es la deuda nacional que se nos viene encima. Antes incluso de esta crisis financiera, estaba previsto que el endeudamiento de EE UU pasara de 5,7 billones de dólares en 2001 a más de 9 billones este año. Por sí sola, la deuda del presente año se acercará al medio billón, y la del año próximo, al acentuarse la desaceleración en Estados Unidos, será todavía mayor. El país necesita un gran paquete de medidas de estímulo. Pero los conservadores fiscales de Wall Street (sí, los mismos que nos han conducido a este bajón) ahora pedirán que se modere el déficit (lo cual nos recuerda a Andrew Mellon en la Gran Depresión de 1929).

Podemos decir que la crisis se ha extendido a los mercados emergentes y a los países menosdesarrollados. Por curioso que parezca, Estados Unidos, pese a todos sus problemas, sigue considerándose el lugar más seguro para depositar el dinero. Supongo que no es muy sorprendente, ya que, con todo, el aval del Gobierno de EE UU tiene más credibilidad que el de un país del Tercer Mundo.

Mientras Estados Unidos rebaña los ahorros del mundo para solucionar sus problemas, las primas de riesgo se disparan y, por todas partes, la renta, el comercio y los precios de las materias primas se hunden. Los países en vías de desarrollo van a pasarlo mal. Probablemente algunos vayan a sufrir más que otros: los que ya antes de que arreciara la crisis tenían un considerable déficit comercial, los que debían refinanciar una deuda nacional y los que mantenían vínculos comerciales estrechos con Estados Unidos. Los países que, como China, no han liberalizado del todo sus mercados financieros y de capital, se congratularán de no haber cedido ante Paulson y el Tesoro estadounidense, que les conminaban a hacerlo.

Muchos están pidiendo ayuda ya al Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo que se teme es que, al menos en ciertos casos, el FMI retome sus antiguas y fallidas recetas, basadas en una contracción fiscal y monetaria que no hará más que incrementar la injusticia en el mundo. Aunque los países desarrollados apliquen políticas estabilizadoras anticíclicas, los que están en vías de desarrollo se verán obligados a tomar otras de carácter desestabilizador que alejarán el capital cuando más lo necesitan.

Hace diez años, en la época de la crisis asiática, se habló mucho de la necesidad de reformar la arquitectura financiera mundial. Es evidente que se hizo poco, demasiado poco. En esa época, muchos pensaban que lo que de verdad buscaban esos nobles llamamientos era impedir una auténtica reforma: los que se habían beneficiado del sistema anterior sabían que la crisis pasaría y, con ella, las demandas de reforma. No podemos permitir que eso vuelva a ocurrir.

Quizá estemos de nuevo ante una situación como la de Bretton Woods. Las antiguas instituciones han reconocido que la reforma es necesaria, pero se mueven tan lentas como los glaciares. No hicieron nada por impedir la crisis actual y preocupa que no sean capaces de reaccionar eficazmente ahora que arrecia.

Tuvieron que pasar 15 años y una guerra mundial para que el mundo se reuniera a abordar las debilidades del sistema financiero común que contribuyó a la Gran Depresión de 1929. Esperemos que en esta ocasión no nos cueste tanto tiempo, ya que, dado el grado de interdependencia global, simplemente los costes serían demasiado elevados.

Sin embargo, mientras que el antiguo Bretton Woods lo dominaron Estados Unidos y Gran Bretaña, el panorama global actual es notablemente distinto. De igual manera, las antiguas instituciones de Bretton Woods acabaron definiéndose a partir de un conjunto de doctrinas económicas que ahora se han revelado fallidas, no sólo en los países en vías de desarrollo, sino en el propio núcleo del capitalismo. La inminente cumbre mundial, para conducir realmente a la creación de un orden financiero más estable y equitativo, deberá enfrentarse a estas nuevas realidades.

Fuente: El País.com
Autor: Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001, es coautor, junto a Linda Bilmes, de The three trillion dollar war: the true costs of the Iraq conflict. © Project Syndicate, 2008. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

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jueves, 16 de octubre de 2008

Gordon lo ha hecho bien. Por Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008

¿Ha salvado Gordon Brown, el primer ministro británico, al sistema financiero mundial? De acuerdo, la pregunta es prematura, porque seguimos sin saber la forma exacta que adoptarán los rescates financieros planeados en Europa o, ya puestos, en Estados Unidos, y mucho menos si de verdad van a funcionar. Lo que sí sabemos, sin embargo, es que Brown y Alistair Darling, ministro de Hacienda, han definido el carácter de la iniciativa de rescate mundial, y que otros países ricos intentan ponerse a su nivel.

Es un giro inesperado de los acontecimientos. Al fin y al cabo, el Gobierno británico es un socio menor en lo que a asuntos económicos mundiales se refiere. Es verdad que Londres es uno de los grandes centros financieros del mundo, pero la economía británica es mucho más pequeña que la de Estados Unidos, y el Banco de Inglaterra no tiene ni mucho menos una influencia parecida a la de la Reserva Federal o a la del Banco Central Europeo. Por eso uno no se espera ver al Reino Unido ejerciendo de líder.

Pero el Gobierno de Brown se ha mostrado dispuesto a pensar con lucidez respecto a la crisis financiera, y a actuar con rapidez una vez que ha llegado a una conclusión. Y esta combinación de lucidez y decisión no la ha igualado ningún otro Gobierno occidental, y mucho menos el de EE UU.

¿Cuál es la naturaleza de la crisis? Los detalles pueden ser enloquecedoramente complejos, pero los elementos fundamentales son bastante simples. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria ha causado grandes pérdidas a cualquiera que comprase activos hipotecarios; estas pérdidas han dejado a muchas instituciones financieras demasiado endeudadas y con demasiado poco capital para proporcionar el crédito que la economía necesita; las instituciones financieras en apuros han intentado pagar sus deudas y aumentar su capital vendiendo activos, pero esto ha hundido el precio de dichos activos, con lo cual su capital se ha visto todavía más reducido.

¿Qué puede hacerse para controlar la crisis? El ayudar a los propietarios de viviendas, aunque es deseable, no puede impedir las grandes pérdidas derivadas de los préstamos impagados y, en cualquier caso, tardará en hacer efecto demasiado como para servir de algo en el pánico actual. Por lo tanto, lo natural es afrontar el problema de la falta de capital financiero haciendo que el Estado proporcione a las instituciones financieras más capital a cambio de una parte de su propiedad, una solución adoptada en muchas crisis financieras anteriores.

Esta especie de nacionalización parcial temporal, que a menudo se denomina "inyección de capital social", es la solución a la crisis propugnada por muchos economistas, y algunas fuentes confirmaban a The Times que también era la solución preferida en privado por Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal.

Pero al anunciar su plan de ayuda financiera de 500.000 millones de euros, Henry Paulson, secretario del Tesoro estadounidense, rechazaba este camino evidente alegando que "eso es lo que se hace en caso de quiebra". Por el contrario, se mostraba partidario de la compra pública de activos hipotecarios tóxicos, basándose en la teoría de que... La verdad es que no ha quedado claro cuál era su teoría.

Por contra, el Gobierno británico ha ido directamente a la raíz del problema, y ha actuado con asombrosa velocidad para solucionarlo. El miércoles, miembros del Gobierno de Brown anunciaban un plan para efectuar grandes inyecciones de capital social en los bancos británicos, respaldadas por garantías de deuda bancaria que deberían poner de nuevo en marcha el préstamo interbancario, una parte crucial del mecanismo financiero. Y la primera gran asignación de fondos se produjo ayer: cinco días después de que se anunciara el plan.

En una cumbre europea especial celebrada el domingo, las principales economías de la Europa continental se declaraban de hecho dispuestas a seguir el ejemplo británico, inyectando cientos de miles de millones de euros en los bancos y garantizando al mismo tiempo sus deudas. Y fíjense que Paulson -tras haber malgastado supuestamente varias semanas muy valiosas- también ha dado marcha atrás y ahora pretende comprar acciones bancarias en lugar de activos hipotecarios tóxicos (aunque todavía parece moverse con dolorosa lentitud).

Como ya he dicho, todavía no sabemos si esas medidas funcionarán. Pero en última instancia, la política se mueve por fin guiada por una visión clara de qué debe hacerse. Lo cual plantea la pregunta de por qué esa visión clara ha tenido que proceder de Londres y no de Washington.

Es difícil evitar la sensación de que la respuesta inicial de Paulson estaba distorsionada por la ideología. Recuerden que trabaja para un Gobierno cuya filosofía puede resumirse en que "lo privado es bueno, lo público, malo", algo que debe de haberle puesto difícil lo de afrontar la necesidad de que el Estado asuma la propiedad parcial del sector financiero.

Me pregunto también en qué medida la femaficación [la FEMA es la Agencia Federal de Gestión de Emergencias] de la Administración pública con el presidente Bush puede haber contribuido a la torpeza de Paulson. En todo el ejecutivo, los profesionales expertos han sido destituidos; quizá no quede en el Tesoro nadie con la estatura y la trayectoria necesarias para decirle a Paulson que lo que hacía no tenía sentido.

Por suerte para la economía mundial, lo que están haciendo Gordon Brown y sus ministros sí tiene sentido. Y quizá nos hayan mostrado el camino para superar esta crisis.

Fuente: El País.com © New York Times Service, 2008.
Autor: Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

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lunes, 6 de octubre de 2008

POPULISMO en los Estados Unidos

Análisis de Jorge Castro para Perfil.com

Esta semana se agudizó la crisis financiera en Estados Unidos, mientras se profundizaba la revuelta populista en la Cámara de Representantes, arrastrada por el rechazo masivo de la opinión pública al plan de salvataje financiero presentado por el gobierno del presidente George W. Bush. El plan de salvataje tenía tres páginas cuando fue lanzado por el secretario del Tesoro, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben S. Bernanke. Tras ser aprobado el miércoles por el Senado (74 a 25) tiene más de 400 páginas.

Esta semana se agudizó la crisis financiera en Estados Unidos, mientras se profundizaba la revuelta populista en la Cámara de Representantes, arrastrada por el rechazo masivo de la opinión pública al plan de salvataje financiero presentado por el gobierno del presidente George W. Bush. El plan de salvataje tenía tres páginas cuando fue lanzado por el secretario del Tesoro, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben S. Bernanke. Tras ser aprobado el miércoles por el Senado (74 a 25) tiene más de 400 páginas.

La diferencia responde a satisfacer el rechazo de la opinión pública (el 90% de los norteamericanos “desconfía” de Wall Street; era sólo el 50% en 2000). También el de “vestir” el paquete de rescate con un aumento de la garantía de depósitos, que pasan de US$ 100 mil a US$ 250 mil, y un recorte de impuestos de US$ 150 billones, destinado sobre todo a contener al segmento conservador republicano de la revuelta populista.

Un tercio de los ciudadanos no paga impuestos federales, y casi el 40% de los ingresos tributarios de la Unión los abona el 1% de los contribuyentes que están en el pico de la pirámide. Mientras son 13 millones los norteamericanos que dejaron de pagar el impuesto federal sobre los ingresos (income tax) desde 2000, el porcentaje del PBI que cobra Washington es igual al promedio de los últimos 40 años (17,9% vs. 18,3%).

En los EE.UU. está siempre pendiente una revuelta populista, que suele irrumpir en momentos de crisis política. Es la rebelión del ciudadano común contra los grandes poderes, que está inscripta en el núcleo de la cultura cívica estadounidense. En ella el poder político se constituyó desde abajo, y tuvo un contenido inmediatamente democrático. Lo advirtió Domingo Faustino Sarmiento en 1847: “La democracia local norteamericana es una cosa loca, anárquica, pero llena de vida”.

La crisis financiera se agravó cuando los bancos dejaron de prestarse entre sí, y se volcaron a los títulos del Tesoro. Se produjo una crisis de confianza en gran escala, de carácter global. Ben S. Bernanke identificó en 1983 la causa fundamental de la depresión de la década del 30 en lo que denominó “desaparición del capital informacional”: los conocimientos acumulados por los funcionarios de los bancos que desaparecieron entre 1930 y 1932 (más de 4.200). Ese conocimiento es el que hacía prestar, según el cliente fuera confiable o no. Entonces el crédito desapareció y la economía entró en colapso (el consumo y la inversión cayeron más del 80% en 1932).

Es lo que sucede ahora, tras la caída de Bear Stearns y la toma de AIG por la Reserva Federal: los bancos no saben cuál es la verdadera situación patrimonial de las otras entidades financieras.
La importancia del plan de salvataje no es por eso económica, sino política: se trata de restablecer la confianza, disminuyendo la percepción de riesgo. Los US$ 700 billones previstos por el plan son menos de las cincuentava parte del mercado financiero norteamericano (US$ 52 trillones en 2007), y no alcanzan al 6% del PBI.

Sobre la base de esta caracterización de la crisis, la Reserva Federal actúa ahora como prestamista de primera instancia. Cumple en este momento el papel que los bancos asumen en tiempos normales: inyectar liquidez día a día en el sistema financiero. El año que terminó en junio de 2008 mostró que la economía de EE.UU. había crecido el 2,1% (de junio de 2007 a junio de 2008), y que el incremento del producto ha sido del 3,1%, si se excluye la industria de la construcción y el negocio inmobiliario. Mientras tanto, la crisis financiera cumplió un año desde que se inició la actual fase de agudización (agosto de 2007).

El nivel de actividad económica de EE.UU., cuando experimenta la mayor crisis financiera desde el 30, es arrastrado por los cambios estructurales de los últimos veinte años, y la contracción financiera no logra revertirlos. Esos cambios estructurales se revelan, ante todo, en el extraordinario aumento de la productividad, que en los primeros seis meses de 2008 ha aumentado el 3,3% anual, por encima del producto.

Esta semana, Warren Buffett invirtió US$ 3 billones en General Electric (GE), la principal empresa industrial de EE.UU. y también la mayor entidad financiera no bancaria; hace diez días compró US$ 5 billones en acciones de Goldman Sachs. Ni GE ni Goldman Sachs requieren capitales, pero sí un aporte de confianza. Warren Buffett –álter ego de Bill Gates– apuesta a la fuerza de la economía norteamericana y a la resolución de la crisis financiera. Buffett es hasta ahora el inversionista más exitoso de la historia de EE.UU.

Fuente: Perfil.com
Autor: Jorge Castro. Abogado argentino. Prestigioso analista internacional y politólogo. Es el presidente del Instituto de Planeamiento Estratégico y fue Secretario de Planeamiento Estratégico de la Presidencia de la Nación entre 1998 y 1999. Hasta fines de 1997 fue Director Adjunto de El Cronista Comercial y columnista de La Nueva Provincia de Bahía Blanca. Anteriormente fue Jefe de la Sección Política Internacional del Diario Tiempo Argentino. Actualmente es columnista de Perfil.

Desde hace más de veinte años es Profesor en diversas universidades, entre otras la Universidad Nacional de Buenos Aires, Universidad del Salvador, Escuela de Defensa Nacional, Escuela Superior de Guerra, Instituto del Servicio Exterior de la Nación, Facultad Latinoamericana de Estudios Sociales (FLACSO), Escuela Nacional de Inteligencia, y en la Escuela de Guerra Naval.



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La región "blindada"

Análisis de Julio María. Sanguinetti para El País ( España)


Desde 1929 no se ha visto algo igual. Y, como siempre, todos miran al Estado cuando las papas queman. Confirmando a la historia, en el terror del naufragio económico, las soluciones políticas manejadas por los Estados son los únicos salvavidas disponibles. Normalmente, hasta el día antes han sido despreciados tanto el Estado como la política, y quizás nunca como ahora ha sido más rotunda la paradójica contradicción, con un Gobierno republicano en el timón de la Casa Blanca comprando activos bancarios deleznables, nacionalizando empresas de seguros y salvando bancos de inversión de aventuras fantasiosamente especulativas. En grande, lo que en chico hemos hecho los países subdesarrollados más de una vez, cuando se nos ha caído la estantería, con los consiguientes retos de los organismos internacionales.

Escribimos desde el Cono Sur de América, donde aún no hay conciencia de la crisis. Se la mira como a un hecho lejano, como a los aviones terroristas de las Torres Gemelas, algo horrible que ocurrió y que presumiblemente nos pueda causar alguna molestia, pero no mucho más. Los diarios y la televisión informan de la situación y los analistas especulan; a nivel colectivo, sin embargo, ni en Santiago, ni en Buenos Aires, ni en San Pablo, ni en Montevideo, hay alarma. Los Gobiernos, naturalmente, llaman a la calma, pero se advierte un peligroso tono de "tout va tres bien, Madame la Marquise...".

Algunos Gobiernos, incluso, se han tomado a broma la cuestión, sacando pecho con nuestra superioridad frente a quienes, hasta hace poco, nos daban lecciones de desarrollo.

No hay duda de que estamos ante una crisis financiera y que, como todas las de su naturaleza, convoca a todos los odios. Las finanzas son algo bastante misterioso y no hay nada como algo que no se conoce bien, para que se le odie. En ellas no hay producción tangible, no hay creación visible, y lo único que se ve es jugar con las subidas y las bajadas del mercado para obtener ganancias que no responden al trabajo, sino a las habilidades de un oficio extraño, a la audacia y a la suerte. En el caso, ni siquiera se trata de los bancos comerciales tradicionales que viven de prestar dinero, actividad repudiada por todas las religiones. Ni siquiera eso. Aquí no se sabe si es dinero. Son papeles que indirectamente refieren a operaciones reales, pero que son sólo papeles, papeles que se emiten sobre otros papeles y así sucesivamente. El fin no son los objetos, sino el dinero, aquellos son apenas el pretexto. En una palabra, estamos ante algo naturalmente llamado a convocar los odios. Exacerbados, además, por la "plata dulce" de las fortunas amasadas por los ejecutivos de estas empresas, que han exhibido estos años automóviles, yates y relojes concebidos para la envidia.

Como dice Felipe González, "de broma, pero en serio, podríamos decir que el capitalismo no se contrapone al comunismo, por extinción de éste, sino que se mira en su propio espejo y constata que la imagen que le devuelve es fea y fuera de control". El hecho es que nunca se dijo que el capitalismo fuera hermoso. Es eficaz, tan eficaz como un revólver o el filo de un bisturí. Depende de cómo y para qué se usen. Es un sistema derivado de la propiedad privada y la economía de mercado, pero que asume modalidades diferentes y procedimientos muy variados. Hace ya unos cuantos años, cuando caído el muro de Berlín la señora Thatcher y el presidente Reagan ensayaban su revolución liberal (o neoliberal, o conservadora, o neoconservadora), Michel Albert, antiguo comisario general del plan francés y presidente de una gran compañía de seguros, escribió un excelente libro, Capitalismo contra Capitalismo, en el que oponía dos concepciones del mismo sistema: el modelo "neoamericano", fundado en el éxito individual, las expansiones rápidas y el provecho financiero a corto término, por oposición a lo que llamaba el "modelo renano", practicado en Alemania, Suiza y de algún modo en Japón, menos seductor, más calmo y volcado hacia el éxito colectivo. El primero tenía -y tiene- la Bolsa como escenario, donde las empresas son financiadas por miles de inversores que ni idea tienen de cómo están manejadas, mientras el otro descansaba -y descansa- en la banca comercial, siempre desconfiada, siempre pidiendo garantías, recelosa de los crecimientos rápidos.

Es evidente que hoy estamos ante una crisis de esa primera modalidad, que por cierto no caerá, pero que llevará la báscula hacia el otro lado: regulación del Estado, desconfianza a la especulación febril, búsqueda de seguridades más que de ganancias.

El hecho es que nuestros países, que miran y contemplan, comenzarán -inevitablemente- a sufrir un proceso de ajuste. La fiesta terminó. La soja, princesa de la agricultura en la última década, ha perdido un 30% en un mes, a la hora de escribir estas líneas, y nadie sabe bien en qué terminará. Lo mismo viene ocurriendo con los demás alimentos, notoriamente con el petróleo y presumiblemente con las materias primas en general. La exportación de esos productos fue lo que generó aumento de actividad y grandes recaudaciones fiscales. Ha de pensarse que esas grandes recaudaciones disminuirán -y aunque no se caigan a los niveles anteriores- y en la mayoría de nuestros países se enfrentarán a presupuestos públicos notoriamente acrecidos. Nunca ha habido tantas reservas, es verdad, pero bien sabemos que si se empiezan a disminuir por la aparición de déficit, llevan a la temible corrida hacia abajo.

De todo lo cual resulta que, sin ser agoreros, no hay duda de que el ciclo ha cambiado. Algunos han despilfarrado los buenos años, como Venezuela, compradora de armas y empresas extranjeras, otros los han aprovechado, como Brasil o Perú, receptores de fuertes inversiones. Pero unos y otros tendrán que mirar esto con mucha prudencia. Y no soñar con que estamos "blindados". Porque en este mundo globalizado, por suerte o por desgracia, nadie deja de degustar algún bocado cuando viene el festín pero nadie está inmunizado para las epidemias.


Fuente: El Pais.com
Autor: Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, es abogado y periodista.
Fotografía principal: "América Invertida" de Joaquín Torres García. 1943 Col. Museo Torres García. Montevideo. Uruguay

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miércoles, 24 de septiembre de 2008

Se agrava la crisis financiera en EE.UU. Análisis de Jorge Castro

En las últimas dos semanas, Estados Unidos experimentó la nacionalización, la quiebra y el rescate de la mayor empresa aseguradora del mundo (AIG, con activos por un trillón de dólares); de dos de los cinco principales bancos de inversión (Lehman Brothers y Merrill Lynch, con valores por 1,5 trillones de dólares); y de las dos mayores agencias hipotecarias (Fannie Mae y Freddie Mac, capitalizadas en 1,8 trillones de dólares). La pérdida de valor ocasionada por la virtual quiebra o intervención de cinco de las principales empresas financieras norteamericanas superó los 4,3 trillones de dólares (32% del PBI).

La liquidez insertada por el Tesoro y la Reserva Federal para contrarrestar la brutal contracción financiera –la mayor desde la década del 30– ascendió a 180 mil millones de dólares. El viernes a la noche, Hank Paulson, secretario del Tesoro, y Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, resolvieron pasar de la inyección de liquidez en el sistema financiero al ingreso permanente de capital público, como única forma de restaurar la confianza y frenar la espiral de pánico (compra masiva de títulos del Tesoro, que cayeron a su menor nivel de rendimiento de los últimos 20 años: 2% anual). 

Bernanke y Paulson advirtieron que la ola de miedo y aversión al riesgo comenzaba a transformar la iliquidez de las instituciones financieras en virtual insolvencia (quiebra o bancarrota). 

Los fondos públicos –inicialmente no menos de 500 mil millones de dólares– se utilizarían para comprar al sistema bancario la totalidad de las hipotecas securitizadas subprime. El mercado hipotecario de los EE.UU. asciende a 10,6 trillones de dólares; y el gobierno norteamericano utilizará una cifra que equivale a 4,7% de ese total para comprar todas las cédulas subprime. 

La intervención de la Reserva Federal y el departamento del Tesoro supera, hasta ahora, en cifras absolutas y en proporción al PBI, la suma total de lo invertido por EE.UU. entre 1929 y 1932 para rescatar al sistema financiero de entonces, con más de 4.200 bancos quebrados. Las pérdidas del sistema financiero internacional asciendan ya a 500 mil millones de dólares, con una reducción de liquidez que se estima en no menos de 2 trillones de dólares. 

Lo que está en juego con la contracción financiera norteamericana, y por extensión del mundo, es si este extraordinario proceso de iliquidez se traduce en una recesión /depresión de la economía mundial por los próximos 3 o 4 años. Ante esta posibilidad aparece insistentemente la metáfora ominosa de una repetición de la Gran Depresión de la década del 30. 

La realidad de las economías norteamericana y mundial no condice con esta lúgubre imagen. En el segundo trimestre del año (abril-junio), la economía de EE.UU. creció el 3.3%; y el auge récord de sus exportaciones –el mayor nivel desde 1980– fue responsable de prácticamente la totalidad de esa expansión (3,1% sobre 3,3%). 

La crisis financiera desatada por la caída de los valores inmobiliarios adquirió un carácter agudo a partir de agosto de 2007; y a contar desde julio de 2007, las exportaciones estadounidenses han aumentado el último año 21%; en tanto las que se dirigen al Asia-Pacífico (China) crecieron entre 35% y 40%. 

Lo decisivo es que la productividad norteamericana aumenta a pesar de la desaceleración económica y la contracción financiera. En el primer semestre de 2008 –comparado con igual período del año anterior– la productividad aumentó 3,1%. 

La productividad en el mundo es un fenómeno pro-cíclico: cae el producto, disminuyen las inversiones y se debilita la productividad. No así en EE.UU. Allí tiene un carácter estructural, en lo esencial irreversible. Es un nuevo escalón histórico de la capacidad productiva, actual y potencial. 

Por eso esta semana, en el paroxismo de la crisis financiera, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) elevó sus proyecciones de crecimiento de la economía norteamericana en 2008 de 1,8% a 1,9%, aunque las redujo para 2009: de 1,8% a 1,7%.

El dato central de la crisis norteamericana –medida en el marco de la extraordinaria contracción financiera– es el vigor de su economía, que se revela en el auge estructural de su productividad.

En medio de la crisis, y a través de ella, EE.UU. muestra que está allí el eje y la frontera del capitalismo más avanzado en su fase de globalización; y la contracción financiera, la mayor en seis décadas –cuando se desploman cinco de las principales entidades bancarias y de seguros en tan sólo 10 días, con una pérdida de valor que supera los 4 trillones de dólares–, profundiza esta situación y le otorga todavía mayor relieve.

Lo que sucede en Estados Unidos. tiene alcance mundial. El dato decisivo de la época es que el centro del capitalismo es cada vez más la economía norteamericana; y se comprueba que las etapas del ascenso histórico en el proceso de la acumulación capitalista avanzan y se revelan a través de las crisis.

En los primeros seis meses de este año, más del 80% del crecimiento de la economía mundial fue obra de los países emergentes (China 27%; India, Rusia y Brasil, sumadas, 25%). Es la primera vez en la historia del capitalismo que la recesión (Japón, Unión Europea)/desaceleración (EE.UU.) de la tríada de los países avanzados no se traduce en contracción mundial. 

Es una diferencia que no surge de la mera disparidad de ciclos entre los países emergentes y la tríada. Responde a causas de fondo, de tipo estructural. Muestra que la globalización, iniciada hace 30 años –y que adquirió “carácter mundial” a partir de1991con el vuelco de la inversión extranjera directa a China– es la convergencia entre el nivel de productividad del mundo emergente y Estados Unidos.
Fuente: Perfil.com
Autor: Jorge Castro

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lunes, 22 de septiembre de 2008

"ESTO SOLO ES EL PRINCIPIO DE LA CRISIS": Joseph Stiglitz, Nobel de economía.

El paquete de intervención a gran escala en los mercados anunciado por el Gobierno de EEUU está desatinado, pues no responde directamente a la crisis inmobiliaria, la raíz del problema, según el Nobel de economía Joseph Stiglitz, para quien "esto sólo es el principio de la crisis".

Los mercados han recibido con exuberancia el anuncio de una intervención de cientos de miles de millones de dólares, pero Stiglitz dijo en una entrevista con EFE que el ciudadano común debería estar muy preocupado, pues el país, a su juicio, está al borde de la recesión.

"Deuda tóxica"

En lugar de comprar la deuda "tóxica" de los bancos, que nadie quiere, el Gobierno debería conseguir la renegociación de las hipotecas de las personas que están con el agua al cuello, dijo.

Stiglitz cree que la crisis es una consecuencia de la "mala gestión" de la administración republicana y de la Reserva Federal, que no supervisó debidamente el sistema financiero y emborrachó a Wall Street con liquidez antes de la crisis.

También la vincula con Irak, que es "La guerra de los tres billones de dólares", según reza el título de su último libro, en el que da una estimativa "conservadora", según él, del costo del conflicto para Estados Unidos.

Stiglitz

Stiglitz, quien recibió el Nobel en 2001 y ahora es profesor en la Universidad de Columbia, habla desde el bando demócrata y con conocimiento de los entresijos del Gobierno, pues fue el principal consejero económico de Bill Clinton cuando era presidente.

Actualmente asesora a Barack Obama, el candidato presidencial demócrata, pero en la entrevista dijo hablar en nombre propio.

¿Qué opina del programa de intervención en los mercados financieros anunciado por el Gobierno de EEUU?

Stiglitz: Creo que ni es suficiente, ni se ha hecho de forma correcta, ni aborda el problema fundamental, que es la gran cantidad de ejecuciones de hipotecas. El sistema se está desangrando por el peso de la deuda y parte de esa deuda se debe a la guerra en Irak.

¿Usted ve un vínculo directo entre ese conflicto y la crisis financiera?

Stiglitz: La guerra ha contribuido al debilitamiento de la economía. En el 2008-2009 está previsto que tengamos el mayor déficit presupuestario de nuestra historia.

La guerra también ha contribuido al alto precio del petróleo. Hemos drenado nuestra economía para comprar petróleo. Eso fue el motivo de la amplia liquidez (suministrada por la Reserva Federal antes de la crisis): aminorar los efectos de un gasto tan alto en Irak, pero por supuesto, con eso se creaba un problema en el futuro.

Es sorprendente que la economía estadounidense siga creciendo, aunque lentamente, pese a la crisis financiera. ¿Cómo ve usted sus perspectivas?

Stiglitz: El desempleo ha subido, al 6,1 por ciento, y probablemente se eleve sustancialmente más. Esa es una de las razones por las que esto es sólo el principio de la crisis.

Nos dirigimos lentamente hacia un descarrilamiento económico que exacerbará los problemas financieros. A medida que los ingresos caigan, los precios de la vivienda bajarán más y habrá más desahucios, así que estamos dentro de una espiral y nadie hace nada para pararla.

Hay una probabilidad significativa de una recesión en los próximos trimestres.

¿Cómo evalúa la situación actual de los mercados?

Stiglitz: La situación es mucho peor de lo que usted imagina, como demuestra que el mercado monetario casi se colapsara el jueves. Incluso gigantes industriales pueden afrontar problemas de liquidez ahora. Los problemas son muy graves. Es lógico que tras ocho años de mala gestión económica (el mandato de George W. Bush) haya esta falta de confianza.
¿Qué debería hacer el Gobierno para frenar la crisis?

Stiglitz: Podemos fomentar la renegociación de las hipotecas para que menos personas tengan que declarar la bancarrota. No le ayuda a nadie que la gente se vean obligadas a salir de sus casas.

¿Cree que una regulación deficiente ha jugado un papel en la crisis?

Stiglitz: No hay duda. El problema no es sólo la falta de regulación, sino la falta de aplicación de las normas.

Hemos aprendido que no se puede dejar a los bancos de inversión regularse a sí mismos. No se puede dejar a la Reserva Federal, que está aliada estrechamente con los banqueros, a cargo de toda la regulación del sistema financiero. Se suponía que la Reserva se llevaba el ponche cuando la fiesta se vuelve escandalosa, pero en su lugar echó más alcohol.

Fuente: elEconomista.es / EFE

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miércoles, 20 de agosto de 2008

"HEMOS TRANSFORMADO EL CUERPO HUMANO EN UN NUEVO DIOS". Lo afirma el psicoanalista Eric Laurent

"Hoy lo que tenemos en común no es el lazo social ni el lazo político ni el religioso, sino nuestro cuerpo, nuestra biología. Hemos transformado el cuerpo humano en un nuevo dios: el cuerpo como última esperanza de definir el bien común. A mí me parece que esto es el prototipo de las falsas creencias", afirma el reconocido psicoanalista francés Eric Laurent.

Laurent, nacido en París en 1945 y uno de los más destacados discípulos de Jacques Lacan, critica el espíritu cientificista y mecanicista de esta época. "Ahora que no está más la garantía de Dios hay una garantía en el cuerpo. Este es, supuestamente, el fundamento de una ciencia de la felicidad. Gracias a las nuevas tecnologías, los neurólogos nos ofrecen imágenes en las que podemos ver el centro de la felicidad. Eso es muy fascinante. Sin embargo, las respuestas rápidas que ofrecen las neurociencias a los conflictos psíquicos son falsas", dijo Laurent, máximo responsable de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, durante una entrevista con LA NACION en su última visita a Buenos Aires.

"En nuestra sociedad existe la idea de que todo puede ser reducido al mundo técnico. Es un protocolo maquinista", sostuvo. Autor de numerosos libros (12 de los cuales han sido publicados en español), Laurent es profesor de posgrado en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII, prestigiosa institución donde dictaron clases intelectuales como Michel Foucault, Gilles Deleuze, Alain Badiou y Lacan.

Amable y efusivo, Laurent opina que un ejemplo del espíritu mecanicista de la época se puede ver en la actuación de Estados Unidos en Irak: "Intentó constituir un Estado democrático, en un laboratorio. Pasó del modelo de laboratorio al país sin pensar en la gente. Esta concepción técnica del mundo no deja de producir catástrofes".

-Usted describe la civilización actual como individualismo de masa. Esta sociedad genera, según sus dichos, excesos y exclusión. ¿Qué respuestas tiene el psicoanálisis para los marginados del sistema?

-Los marginados son sujetos que están excluidos de la relación económica. Los cartoneros, por ejemplo, tratan con los restos que quedan del consumo: ellos mismos se encuentran reducidos a eso. Tratan con lo excluido y son excluidos. El objeto fundamental producido por nuestra civilización es la basura. Y estas personas son, de la misma manera, usadas y rechazadas. Lo que decimos frente a estos modos de expulsión es que los excluidos no lo están en el plano de la lengua. Hablan, son seres humanos, son seres parlantes.

-¿Cómo se los puede recuperar?

-Dándoles la palabra. A pesar de que no tienen poder adquisitivo, tienen el poder de encontrar una solución.

-Esta imposibilidad de acceder al consumo genera violencia. ¿Cree que esta sociedad es más violenta que las anteriores?

-No es que haya más violencia, sino más tecnología de la violencia. Se ha construido una sociedad de vigilancia generalizada; entonces, se genera más violencia, para superar esas defensas. Es una cuestión de tecnología. Nos rodea un mundo tecnológico donde la violencia se vuelve más eficaz en su carácter destructivo. Es una eficacia negativa, es pulsión de muerte, la parte maldita...

-Entre las víctimas de esta violencia, los más débiles son los niños. ¿Dónde quedan ubicados en este escenario?

-Los chicos pueden sentirse abandonados a sí mismos y a su propia violencia. Hay algo vinculado a la condición humana en esta violencia. El hombre es un animal violento. Los niños se sienten abandonados a la violencia que tienen en ellos. Antes se los mandaba a la guerra; ahora se los manda a las escuelas, pero esas escuelas tienen problemas de autoridad. Hay que encontrar nuevos modelos que ayuden a la juventud a atravesar la adolescencia. La culpa es nuestra, no de los niños. No hemos sabido inventar los rituales apropiados que puedan ayudar a un joven violento a encontrar salidas que no sean autodestructivas o destructivas para los demás.

-Por ejemplo

-En el siglo XIX, los ingleses, cuando tuvieron que pasar a la educación de masas, inventaron el deporte de masas, el fútbol. En ese sentido, deberíamos inventar el nuevo deporte del siglo XXI, un nuevo ritual que al mismo tiempo fuera una práctica del cuerpo y que permitiera la socialización.

-Uno de los refugios que parecían irreductibles eran las familias. ¿No lo son ya?

-Hoy tenemos familias recompuestas, monoparentales y de personas sueltas. Tenemos también las familias compuestas por parejas del mismo sexo. Son modos de mantener un deseo de familia. No se puede decir que la familia no es más un objeto de deseo: más bien es un objeto de deseo sobre formas múltiples, que no está regulado por la tradición.

-Y en esas familias, ¿qué lugar ocupa esta figura que siempre fue central para el psicoanálisis, el padre?

-Un cambio de esta época es la desautorización de las prohibiciones. Recuerdo el famoso eslogan de fines de los años 60: "prohibido prohibir". Hoy hay una desautorización de la autoridad, del modelo tradicional de la autoridad. La figura del padre fue trastrocada: hoy su función es cargarse de la culpa de prohibir. Esto lo vemos en la extensión de los trastornos de atención, en las adicciones. Lo que parece estar extendiéndose son las patologías de acciones, no las patologías derivadas de la prohibición.

-¿Cuáles son estas patologías de acciones?

-Vemos cada día más gente desaforada en los shoppings, gente que no puede parar de comprar. Si la felicidad es tener tanto como los demás, hay que endeudarse de manera excesiva para tener más, sin pensar, sin tener en cuenta las consecuencias.

-¿El psicoanálisis está en contra del uso de medicamentos para ciertas patologías?

-El psicoanálisis es un discurso que evoluciona. En el siglo XIX era una práctica que se ejercía en una civilización en la cual no existían los fármacos psiquiátricos. Pero ahora todo el mundo toma fármacos. Por enfermedad, por trastornos, de forma preventiva, por las dudas... Toma medicación que sirve de recreo.

-¿A qué le llama "recreo"?

-A la automedicación, la medicación consumida fuera de una indicación médica precisa. Se utilizan, por ejemplo, remedios que supuestamente están hechos para tratar la disfunción de la erección en el hombre y se los utiliza con la fantasía de mejorar las performances sexuales. Estamos en una civilización en la cual el uso de fármacos está muy presente. El psicoanálisis sólo constata que su discurso opera en una civilización que ha cambiado completamente.


Fuente: LANACION.com / entrevista de Virginia Arce para LA NACION (con la colaboración de Cecilia Diwan) Foto: Fabián Marelli

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