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domingo, 14 de diciembre de 2008

Falta liderazgo frente a la crisis mundial

Análisis de Julio María Sanguinetti para El País (España)

Cuando Estados Unidos seguía ejerciendo de superpotencia, el dólar se caía y los Gobiernos latinoamericanos se desvivían ante la revaluación de sus monedas. Pasaba en Brasil, en Argentina, en todas partes. Los exportadores de materias primas y alimentos no se quejaban demasiado porque sus precios volaban por las alturas, pero los fabricantes de manufacturas industriales insistían en que no podían competir. Hasta que un día se vino la crisis de Wall Street, se derrumbó la catedral del mundo capitalista y el dólar comenzó a subir en el mundo entero. Subía frente al euro y, naturalmente, frente a todas nuestras monedas. La sola excepción era el yen.

Desde entonces el problema se ha invertido: los Gobiernos tratan de impedir una subida brusca del dólar. Es verdad que todos habían revaluado sus monedas en función de los fabulosos precios de sus exportaciones; en el caso contrario, la inflación se les habría ido a las nubes. Pero ahora, con la caída de los precios, o ayudan a los exportadores con una devaluación mayor, o ellos entran en crisis y paralizan la producción. Brasil -la economía mayor de la región- ha devaluado un 45%; México y Chile, aproximadamente un 28%. En Argentina, incluso, se ha llegado a que el Gobierno reclame de los bancos -coactivamente- información sobre quiénes compran dólares y, así, organizar su apriete para que no lo hagan.

Ahora bien, el dólar no sólo se revalúa en nuestra América Latina. También ocurre sobre el euro (más de un 15%) y la aparente paradoja no lo es. La economía no es sólo racionalidad de costos y beneficios, inversiones y rentabilidad. Incluye poderosos factores psicológicos, en los que el factor seguridad es fundamental. Ya Adam Smith hacía referencia a este aspecto en su Teoría de los Sentimientos Morales, pero más modernamente hay economistas que han desarrollado la teoría de las expectativas, explicando las tendencias del mercado más por lo que se espera que por aquello que se ve. Es lo que ocurre en el caso: se habrá caído Wall Street, pero si Estados Unidos no sale del atolladero, menos saldrá el resto.

Es lo que siente el inversor común e incluso el sofisticado operador cambiario, hoy notoriamente devaluado por los desastres de los que es parte protagonista. Se advierte que el peso de la economía norteamericana sigue siendo decisivo y se reconoce que esa mayor flexibilidad para adaptarse a los cambios le permitirá zafarse cuanto antes. Detrás de todo, naturalmente, está su competitividad, que nace de la modernidad de la gestión, de la rápida incorporación de tecnología y de la producción innovadora, sustentada en su predominio en patentes de invención.

Mientras tanto, nuestro escenario exhibe todavía incongruencias formidables. Cuando el secretario de Comercio argentino inspecciona mesas de cambios, en actitud policíaca, naturalmente cunde el pánico. Podrá circunstancialmente apaciguar la tendencia alcista, pero no se puede tapar el cielo con un harnero y ella recrudecerá. Cuando Ecuador anuncia el default de sus intereses de deuda externa y hace pública su voluntad de reprogramaciones unilaterales de vencimientos, enciende luces rojas en muchos tableros. Ni hablemos de las señales venezolanas, que se suman para configurar un panorama que nos hace daño a todos.

Es verdad que quienes tienen poder de decisión en estos temas, sea en la organización internacional o en la banca privada, cada vez discriminan más. Saben bien que Brasil, por ejemplo, lleva un manejo muy serio de sus finanzas desde los tiempos de Fernando Henrique Cardozo, continuados por un Lula mimado por la derecha en razón de su moderación y adorado por la izquierda por su origen social. Pese a todo, sin embargo, resulta difícil para la región latinoamericana generar una confianza hacia la inversión cuando aún está en suspenso en el mundo desarrollado.

Para enfrentar una situación de esta naturaleza, se advierte estos días la falta de liderazgo. Cuando hay crisis se mira hacia el Estado y los vilipendiados políticos que lo conducen. Su protagonismo, como dice Felipe González, ha retornado "de la mano del mercado". Y aquí nos encontramos con un Estados Unidos en tránsito, Bush saliendo y Obama entrando, dependiente éste de asesores que llenen su vacío de experiencia. Europa, a su vez, más bien lenta por su estructura, ha venido acompañando razonablemente pero sin marcar un rumbo. Se advirtió en la publicitada reunión del G-20, que no ofreció un rumbo claro y cierto. Dijo lo que todos ya sabíamos: que no se podía incurrir en el error de 1929 y había que mantener la economía real en funcionamiento, que debía realizarse un esfuerzo para reflotar Doha y, por supuesto, reordenar las instituciones financieras internacionales. El "qué" reunía evidente consenso antes de la reunión. Es en el "cómo" donde reina la incertidumbre y allí poco avance se advirtió.

Como dice un personaje de Carlos Fuentes en La Silla del Águila: "Los pueblos juzgan más por lo que ven que por lo que comprenden". Y ése es el tema. No se ve quién está a cargo. Se escucha un coro, no siempre bien concertado. Cuando se ajuste esa partitura, recién comenzaremos a emprender el real camino de la salida. Por ahora, seguimos con medidas parciales, unas más efectivas que otras, pero sin claridad sobre el conjunto.


Fuente: El Pais.com
Autor: Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, es abogado y periodista.
Fotografia: Daylife / Getty Images "They are: (L-R) Sarkozy, U.S. President George W Bush, British Prime Minister Gordon Brown, Canadian Prime Minister Stephen Harper, Russian President Dmitry Anatolyevich Medvedev, Japanese Prime Minister Yasuo Fukuda, Italian President Silvio Berlusconi and EC President Jose Manuel Durao Barroso".

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lunes, 6 de octubre de 2008

La región "blindada"

Análisis de Julio María. Sanguinetti para El País ( España)


Desde 1929 no se ha visto algo igual. Y, como siempre, todos miran al Estado cuando las papas queman. Confirmando a la historia, en el terror del naufragio económico, las soluciones políticas manejadas por los Estados son los únicos salvavidas disponibles. Normalmente, hasta el día antes han sido despreciados tanto el Estado como la política, y quizás nunca como ahora ha sido más rotunda la paradójica contradicción, con un Gobierno republicano en el timón de la Casa Blanca comprando activos bancarios deleznables, nacionalizando empresas de seguros y salvando bancos de inversión de aventuras fantasiosamente especulativas. En grande, lo que en chico hemos hecho los países subdesarrollados más de una vez, cuando se nos ha caído la estantería, con los consiguientes retos de los organismos internacionales.

Escribimos desde el Cono Sur de América, donde aún no hay conciencia de la crisis. Se la mira como a un hecho lejano, como a los aviones terroristas de las Torres Gemelas, algo horrible que ocurrió y que presumiblemente nos pueda causar alguna molestia, pero no mucho más. Los diarios y la televisión informan de la situación y los analistas especulan; a nivel colectivo, sin embargo, ni en Santiago, ni en Buenos Aires, ni en San Pablo, ni en Montevideo, hay alarma. Los Gobiernos, naturalmente, llaman a la calma, pero se advierte un peligroso tono de "tout va tres bien, Madame la Marquise...".

Algunos Gobiernos, incluso, se han tomado a broma la cuestión, sacando pecho con nuestra superioridad frente a quienes, hasta hace poco, nos daban lecciones de desarrollo.

No hay duda de que estamos ante una crisis financiera y que, como todas las de su naturaleza, convoca a todos los odios. Las finanzas son algo bastante misterioso y no hay nada como algo que no se conoce bien, para que se le odie. En ellas no hay producción tangible, no hay creación visible, y lo único que se ve es jugar con las subidas y las bajadas del mercado para obtener ganancias que no responden al trabajo, sino a las habilidades de un oficio extraño, a la audacia y a la suerte. En el caso, ni siquiera se trata de los bancos comerciales tradicionales que viven de prestar dinero, actividad repudiada por todas las religiones. Ni siquiera eso. Aquí no se sabe si es dinero. Son papeles que indirectamente refieren a operaciones reales, pero que son sólo papeles, papeles que se emiten sobre otros papeles y así sucesivamente. El fin no son los objetos, sino el dinero, aquellos son apenas el pretexto. En una palabra, estamos ante algo naturalmente llamado a convocar los odios. Exacerbados, además, por la "plata dulce" de las fortunas amasadas por los ejecutivos de estas empresas, que han exhibido estos años automóviles, yates y relojes concebidos para la envidia.

Como dice Felipe González, "de broma, pero en serio, podríamos decir que el capitalismo no se contrapone al comunismo, por extinción de éste, sino que se mira en su propio espejo y constata que la imagen que le devuelve es fea y fuera de control". El hecho es que nunca se dijo que el capitalismo fuera hermoso. Es eficaz, tan eficaz como un revólver o el filo de un bisturí. Depende de cómo y para qué se usen. Es un sistema derivado de la propiedad privada y la economía de mercado, pero que asume modalidades diferentes y procedimientos muy variados. Hace ya unos cuantos años, cuando caído el muro de Berlín la señora Thatcher y el presidente Reagan ensayaban su revolución liberal (o neoliberal, o conservadora, o neoconservadora), Michel Albert, antiguo comisario general del plan francés y presidente de una gran compañía de seguros, escribió un excelente libro, Capitalismo contra Capitalismo, en el que oponía dos concepciones del mismo sistema: el modelo "neoamericano", fundado en el éxito individual, las expansiones rápidas y el provecho financiero a corto término, por oposición a lo que llamaba el "modelo renano", practicado en Alemania, Suiza y de algún modo en Japón, menos seductor, más calmo y volcado hacia el éxito colectivo. El primero tenía -y tiene- la Bolsa como escenario, donde las empresas son financiadas por miles de inversores que ni idea tienen de cómo están manejadas, mientras el otro descansaba -y descansa- en la banca comercial, siempre desconfiada, siempre pidiendo garantías, recelosa de los crecimientos rápidos.

Es evidente que hoy estamos ante una crisis de esa primera modalidad, que por cierto no caerá, pero que llevará la báscula hacia el otro lado: regulación del Estado, desconfianza a la especulación febril, búsqueda de seguridades más que de ganancias.

El hecho es que nuestros países, que miran y contemplan, comenzarán -inevitablemente- a sufrir un proceso de ajuste. La fiesta terminó. La soja, princesa de la agricultura en la última década, ha perdido un 30% en un mes, a la hora de escribir estas líneas, y nadie sabe bien en qué terminará. Lo mismo viene ocurriendo con los demás alimentos, notoriamente con el petróleo y presumiblemente con las materias primas en general. La exportación de esos productos fue lo que generó aumento de actividad y grandes recaudaciones fiscales. Ha de pensarse que esas grandes recaudaciones disminuirán -y aunque no se caigan a los niveles anteriores- y en la mayoría de nuestros países se enfrentarán a presupuestos públicos notoriamente acrecidos. Nunca ha habido tantas reservas, es verdad, pero bien sabemos que si se empiezan a disminuir por la aparición de déficit, llevan a la temible corrida hacia abajo.

De todo lo cual resulta que, sin ser agoreros, no hay duda de que el ciclo ha cambiado. Algunos han despilfarrado los buenos años, como Venezuela, compradora de armas y empresas extranjeras, otros los han aprovechado, como Brasil o Perú, receptores de fuertes inversiones. Pero unos y otros tendrán que mirar esto con mucha prudencia. Y no soñar con que estamos "blindados". Porque en este mundo globalizado, por suerte o por desgracia, nadie deja de degustar algún bocado cuando viene el festín pero nadie está inmunizado para las epidemias.


Fuente: El Pais.com
Autor: Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, es abogado y periodista.
Fotografía principal: "América Invertida" de Joaquín Torres García. 1943 Col. Museo Torres García. Montevideo. Uruguay

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