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domingo, 18 de octubre de 2009

Misión no cumplida. Por Paul Krugman

Las acciones suben. Ben Bernanke dice que la recesión ha terminado. Y percibo una disposición cada vez mayor entre los mandamases a declarar la "misión cumplida" en cuanto a la lucha contra la crisis. No paro de oír que es hora de dejar de centrarnos en el estímulo económico para ocuparnos del déficit presupuestario. Pues no, no es así. Y la complacencia que ahora se está adueñando de la visión de la situación de la economía es tan absurda como peligrosa.

Sí, la Reserva Federal y la Administración de Obama nos han "apartado del borde del precipicio" (el título de un nuevo informe de Christina Romer, que dirige el Consejo de Asesores Económicos). Sostiene de forma convincente que la política expansionista nos ha salvado de una posible repetición de la Gran Depresión.

Pero, aunque no tener otra depresión es bueno, todo indica que, a menos que el Gobierno haga mucho más de lo que actualmente está previsto para ayudar a la economía a recuperarse, el mercado laboral (un mercado en el que actualmente hay seis veces más personas buscando trabajo que puestos vacantes) seguirá en una situación terrible durante años.

De hecho, la previsión económica de la propia Administración (una previsión que tiene en cuenta los puestos de trabajo adicionales que el Gobierno dice que se crearán gracias a sus políticas) es que la tasa de paro, que estaba por debajo del 5% hace tan sólo dos años, será de media del 9,8% en 2010, del 8,6% en 2011 y del 7,7% en 2012.
Esto no debería considerarse una perspectiva aceptable. Por un lado, implica una enorme cantidad de sufrimiento durante los próximos años. Además, un paro que siga tan alto durante tanto tiempo hará que el futuro de Estados Unidos sea muy sombrío.

Cualquiera que piense que estamos haciendo lo suficiente para crear empleo debería leer un nuevo informe de John Irons, del Instituto de Política Económica, que describe la "cicatriz" que es probable que deje un paro alto y prolongado. Entre otras cosas, Irons señala que una prolongada tasa de paro de la magnitud que ahora se prevé conduciría a un enorme aumento de la pobreza infantil; y que hay pruebas innegables de que los niños que crecen en la pobreza tienen una probabilidad preocupante de arruinar su vida.

Este coste humano debería ser nuestra principal preocupación, pero las consecuencias en dólares y céntimos también son funestas. Las previsiones de la Oficina Presupuestaria del Congreso, por ejemplo, indican que durante el periodo de 2010 a 2013 (es decir, sin contar las pérdidas que ya hemos sufrido), la "brecha de producción", la diferencia entre lo que la economía podría haber producido y lo que realmente produce, será de más de dos billones de dólares. Eso son billones de dólares de potencial productivo tirados por la borda.

Pero esperen. La cosa se pone peor. Un nuevo informe del Fondo Monetario Internacional muestra que la clase de recesión que hemos tenido, una recesión causada por una crisis financiera, suele producir daños a largo plazo en las perspectivas de crecimiento de un país. "La trayectoria de la producción tiende a caer sustancial y persistentemente después de las crisis bancarias".

Sin embargo, el mismo informe indica que no se trata de algo inevitable: "Encontramos que una respuesta de política fiscal a corto plazo más enérgica" -y con esto se refieren a un aumento temporal del gasto público- "se asocia de forma significativa a unas pérdidas de producción menores a medio plazo".

Así que deberíamos estar haciendo mucho más de lo que hacemos para impulsar la recuperación económica, no sólo porque así se reduciría nuestro sufrimiento actual, sino también porque mejorarían nuestras perspectivas a largo plazo.

¿Pero podemos permitirnos hacer más: ofrecer más ayuda a los parados y los gobiernos estatales que se ven acorralados, gastar más en infraestructuras, ofrecer créditos fiscales a los empresarios que creen empleo? Sí, podemos.

Es una creencia generalizada que tratar de ayudar a la economía ahora genera beneficios a corto plazo a costa de pérdidas a largo plazo. Pero, como acabo de señalar, desde el punto de vista del país en su conjunto, las cosas no funcionan así en absoluto. La crisis está causando daños a largo plazo en nuestra economía y sociedad, y mitigar esa crisis nos conducirá a un futuro mejor.

Lo que es verdad es que gastar más en la recuperación y en reconstrucción empeoraría la situación fiscal del Gobierno. Pero, incluso en eso, la creencia generalizada exagera muchísimo las cosas. Los verdaderos costes fiscales de apoyar la economía son sorprendentemente pequeños.

Ya ven, gastar dinero ahora equivale a una economía más fuerte, tanto a corto como a largo plazo. Y una economía más fuerte equivale a más ingresos, lo que compensa una gran parte del coste inicial. Los cálculos, grosso modo, indican que la compensación no llega al 100%, de modo que el estímulo fiscal no sale del todo gratis. Pero cuesta mucho menos de lo que uno pensaría tras escuchar lo que se supone que es una discusión informada.

Miren, yo sé que más estímulo es una política difícil de vender. Pero es urgentemente necesario. La pregunta no debería ser si podemos permitirnos hacer más para impulsar la recuperación. Debería ser si podemos permitirnos no hacerlo. Y la respuesta es no.


Fuente: El País.com / 2009 New York Times Service.
Autor: Paul Krugman (28 de febrero de 1953) es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. Actualmente profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía.
Traducción: News Clips.

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viernes, 16 de octubre de 2009

Un nuevo enfoque para la seguridad alimentaria. Por Hillary Rodham Clinton

Día Mundial de la Alimentación

Para 1.000 millones de personas en el mundo, el esfuerzo diario de cultivar, comprar o vender alimentos es el esfuerzo que define su vida. Eso es importante para ellos, y para todos nosotros.

Consideren a una de las pequeñas agricultoras del mundo. Vive en una aldea, se levanta antes del alba y camina varios kilómetros para recoger agua. Trabaja todo el día en un campo, a veces cargando a un bebé en la espalda. Si la sequía, las enfermedades o las pestes no destruyen sus cosechas, quizá tenga suficiente para alimentar a su familia y algo para vender. Pero no hay carretera que llegue al mercado más cercano y no hay nadie en la aldea que pueda darse el lujo de comprarle sus productos.

Consideremos a un joven en una ciudad a más de 100 kilómetros de distancia de esa agricultora. Cobra unos centavos en su trabajo. Va al mercado pero los alimentos allí se están pudriendo o los precios están fuera de su alcance. La agricultora tiene alimentos extra para vender, y él quiere comprarlos. Pero esa transacción sencilla no puede ocurrir debido a fuerzas complejas más allá de su control.

Hacer frente al desafío del hambre mundial está en el centro de la "seguridad alimentaria" -facultar a los agricultores del mundo para que siembren y cosechen cultivos abundantes y pesquen o cuiden efectivamente del ganado- y asegurar que lo que producen llega a las personas más necesitadas. La seguridad alimentaria representa la convergencia de cuestiones complejas: sequías e inundaciones causadas por el cambio climático, altibajos en la economía mundial que afectan a los precios de los alimentos y alzas en el precio del petróleo que aumentan los costes de transporte. La seguridad alimentaria también es seguridad nacional. El hambre crónica amenaza la estabilidad de los gobiernos y las sociedades. Las personas que no tienen nada para comer o están desnutridas y no pueden cuidar de sus familias sienten una desesperanza que puede llevar a la tensión, los conflictos, e incluso a la violencia. Desde 2007, se han producido disturbios a causa de los alimentos en más de 60 países.

Los fracasos de la agricultura en muchas regiones del mundo tienen un impacto poderoso en la economía mundial. La agricultura es la única o la principal fuente de ingresos para más de tres cuartas partes de los pobres del mundo. Cuando tantos trabajan arduamente cada día pero no pueden salir adelante es el mundo entero el que no progresa.

La Administración Obama considera el hambre crónica como una prioridad clave de nuestra política exterior. Otros países se nos unen en este esfuerzo. Las principales naciones industrializadas han comprometido más de 22.000 millones de dólares durante más de tres años para impulsar el crecimiento económico de la agricultura. El 26 de septiembre, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, y yo organizamos una reunión de líderes de más de 130 países para lograr apoyo internacional.

Nuestro enfoque se basará en nuestra experiencia. Hemos empleado demasiados años y dinero en proyectos de desarrollo que no han rendido resultados duraderos, pero hemos aprendido de estos esfuerzos. Ahora sabemos que las estrategias más efectivas surgen de quienes se encuentran más cerca de los problemas, no de las instituciones o gobiernos extranjeros a miles de kilómetros de distancia. Sabemos que el desarrollo funciona mejor cuando se percibe como una inversión, no como una ayuda.

Teniendo en cuenta esas lecciones, nuestra iniciativa de seguridad alimentaria se guiará por cinco principios.

Primero, no hay un modelo que sirva para todos. Así que trabajaremos con países socios para crear y aplicar sus planes.

Segundo, atenderemos las causas fundamentales del hambre al invertir en todo, desde mejores semillas hasta seguros para pequeños agricultores. Es crítico que nuestras inversiones en agricultura apoyen la ambición y perseverancia de las mujeres agricultoras.


Tercero, ninguna entidad puede erradicar el hambre por sí sola. Pero si los interesados trabajan juntos -coordinando a nivel nacional, regional y mundial- nuestro impacto puede multiplicarse.

Cuarto, apoyaremos a las instituciones multilaterales que tienen el alcance y los recursos que se extienden más allá de cualquier país.


Por último, prometemos compromiso y responsabilidad a largo plazo. Para demostrarlo, invertiremos en instrumentos de vigilancia y evaluación que permitan que el público vea lo que hemos hecho.


Este esfuerzo puede alargarse durante años, incluso décadas, antes de que lleguemos a la meta, pero ofrecemos todos nuestros recursos y energía. Mientras realizamos este esfuerzo, mantendremos nuestro compromiso profundo a la ayuda alimentaria de emergencia, para responder al urgente llamamiento de socorro cuando ocurran tragedias y desastres, como sucede ahora en el Cuerno de África, donde la sequía, fracasos en las cosechas y la guerra civil han causado la peor crisis en 18 años.

Revitalizar la agricultura mundial no será fácil. En realidad, es uno de los esfuerzos de diplomacia y desarrollo más ambiciosos y completos que nuestro país haya emprendido jamás, pero puede hacerse y vale la pena hacerse. Y si tenemos éxito, nuestro futuro será más próspero y más pacífico que nuestro pasado.


Fuente: ElPais.com
Autor: Hillary Rodham Clinton, (1947-) es una abogada y política, actual Secretaria de Estado de los Estados Unidos. Fue Senadora Junior de los Estados Unidos por el Estado de Nueva York y fue candidata a la nominación demócrata en la elección presidencial de 2008. Está casada con Bill Clinton, 42º Presidente de los Estados Unidos y fue la Primera Dama de los Estados Unidos de 1993 a 2001.

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domingo, 4 de octubre de 2009

60 años no es nada. Francisco G. Basterra

Sesenta años son sólo una brizna de historia, pero para China han supuesto un inmenso salto desde una sociedad campesina a la tercera economía del mundo, a una nación orgullosa respetada globalmente, con clases medias que compran en Ikea y un sistema que en 30 años ha conseguido sacar a 300 millones de habitantes de la pobreza. Una política exterior global que se proyecta en África, Latinoamérica y Oriente Medio, sedienta de materias primas. Un país indispensable para afrontar el cambio climático -es al tiempo el primer contaminador de la atmósfera- o detener a los ayatolás de Irán. Pero viendo las imágenes de la colosal celebración del aniversario del nacimiento de la China comunista, el salto no es tan manifiesto. Desde el mismo lugar en el que Mao proclamó, el 1 de octubre de 1949, el nacimiento de la República Popular China: "El pueblo chino se ha levantado", su sucesor, Hu Jintao, con un traje de cuello Mao de diseño, presidía un desfile de masas y cacharrería militar, sólo de fabricación china, con una coreografía réplica de los mejores años de la URSS de Stalin. Había sido prohibido en todo Pekín el vuelo de cometas y la población tenía órdenes estrictas de no asomarse a las ventanas. Un millón de voluntarios estaban encargados de asegurar la estabilidad social del acontecimiento y de informar de comportamientos sospechosos. Control total: hasta las nubes habían sido bombardeadas horas antes para anticipar la lluvia y conseguir un día radiante. Aunque 1949 y 2009 separan a dos mundos, el dirigismo estatal y el orden son todavía en China valores superiores a las libertades y al individuo. La ceremonia proyectó una imagen de poder en ascenso, orgullo nacional, una enorme fuerza controlada.

El jueves no se celebraba en la gigantesca explanada de Tiananmen a la China de Mao, sino a la China del pequeño timonel, Deng Xiaoping. La historia de la República Popular tiene dos capítulos claramente diferenciados. Los primeros 30 años son de Mao: el sagaz líder campesino vencedor de una guerra civil devuelve la dignidad y la integridad territorial a China. Copia el modelo soviético y pone en marcha una brutal operación de ingeniería social, con el Gran Salto Adelante. Una tremenda hambruna y millones de muertos pusieron término a esta locura. En 1966, el Gran timonel desató la Revolución Cultural, una orgía de terror para restaurar la pureza de su revolución. A Deng, acusado de "burgués y reaccionario", le costó el exilio interior, y su hijo mayor, Deng Pufang, quedó parapléjico tras ser torturado. El resistente Deng hace la autocrítica, vuelve rehabilitado a Pekín y, en 1979, abre las compuertas al pragmatismo, dejando que los hechos, no la ideología, sean el principio rector del sistema. Allí pronuncia su famosa frase: "No importa si es un gato negro o un gato blanco. Siempre que sepa cazar ratones será un buen gato". Deng daba paso al socialismo con características chinas que ha permitido multiplicar por 14 el crecimiento de la economía en 30 años. China continúa sin embargo siendo un país pobre. Un estudio del FMI señala que, en términos de Producto interior bruto per cápita, no está todavía entre los primeros 100 países del mundo: se sitúa por detrás de Cabo Verde y por encima de Irak. Pero al tiempo es el taller mundial: fabrica las dos terceras partes de todas las fotocopiadoras y zapatos, el 30% de los ordenadores personales, el 60% de los móviles, y el 75% de los juguetes. China ha salido antes de la recesión, tirando de otras naciones y consolidando así su peculiar sistema híbrido: un cuasi capitalismo de Estado con un autoritarismo semidemocrático, en palabras del profesor David Shambaugh, en la revista Time.

Responder a la cuestión de ¿adónde va China? es uno de los ejercicios más apasionantes de este comienzo de siglo. Estamos, 60 años después de su nacimiento, ante un país, una sociedad, no comunista dirigida por un partido comunista. Gran pirueta histórica. La legitimidad del PCCh se ha sostenido en su capacidad de ofrecer prosperidad económica, manejando los desequilibrios campo/ciudad, ya existen las clases sociales, y abriendo con extremada cautela la válvula de las libertades. Todo ello sin perder su monopolio del poder. Topa con muchos problemas: la degradación del medioambiente, la corrupción, la integración de los otros: disidentes urbanos, musulmanes de Xinjiang, tibetanos. El éxito del modelo ha provocado una nueva revolución, la de las expectativas crecientes. Si es capaz de continuar alimentándolas, 60 años puede que no sean nada.


Fuente: El País.com
Autor: Francisco G. Basterra, español, docente de la Universidad Complutense. Ex director general de CNN+ y director de los Servicios Informativos de Canal+. Colaborador habitual de El País, del cual fue subdirector de la edición dominical

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domingo, 27 de septiembre de 2009

Un mundo nuevo y cruel. Entrevista a Zygmunt Bauman

How to spend it.... Cómo gastarlo. Ese es el nombre de un suplemento del diario británico Financial Times. Ricos y poderosos lo leen para saber qué hacer con el dinero que les sobra. Constituyen una pequeña parte de un mundo distanciado por una frontera infranqueable. En ese suplemento alguien escribió que en un mundo en el que "cualquiera" se puede permitir un auto de lujo, aquellos que apuntan realmente alto "no tienen otra opción que ir a por uno mejor..." Esta cosmovisión le sirvió a Zygmunt Bauman para teorizar sobre cuestiones imprescindibles y así intentar comprender esta era. La idea de felicidad, el mundo que está resurgiendo después de la crisis, seguridad versus libertad, son algunas de sus preocupaciones actuales y que explica en sus recientes libros: Múltiples culturas, una sola humanidad (Katz editores) y El arte de la vida (Paidós). "No es posible ser realmente libre si no se tiene seguridad, y la verdadera seguridad implica a su vez la libertad", sostiene desde Inglaterra por escrito.

Bauman nació en Polonia pero se fue expulsado por el antisemitismo en los 50 y recaló en los 60 en Gran Bretaña. Hoy es profesor emérito de la Universidad de Leeds. Estudió las estratificaciones sociales y las relacionó con el desarrollo del movimiento obrero. Después analizó y criticó la modernidad y dio un diagnóstico pesimista de la sociedad. Ya en los 90 teorizó acerca de un modo diferente de enfocar el debate cuestionador sobre la modernidad. Ya no se trata de modernidad versus posmodernidad sino del pasaje de una modernidad "sólida" hacia otra "líquida". Al mismo tiempo y hasta el presente se ocupó de la convivencia de los "diferentes", los "residuos humanos" de la globalización: emigrantes, refugiados, parias, pobres todos. Sobre este mundo cruel y desigual versó este diálogo con Bauman.

Uno de sus nuevos libros se llama Múltiples culturas, una sola humanidad. ¿Hay en este concepto una visión "optimista" del mundo de hoy?

Ni optimista ni pesimista... Es sólo una evaluación sobria del desafío que enfrentamos en el umbral del siglo XXI. Ahora todos estamos interconectados y somos interdependientes. Lo que pasa en un lugar del globo tiene impacto en todos los demás, pero esa condición que compartimos se traduce y se reprocesa en miles de lenguas, de estilos culturales, de depósitos de memoria. No es probable que nuestra interdependencia redunde en una uniformidad cultural. Es por eso que el desafío que enfrentamos es que estamos todos, por así decirlo, en el mismo barco; tenemos un destino común y nuestra supervivencia depende de si cooperamos o luchamos entre nosotros. De todos modos, a veces diferimos mucho en algunos aspectos vitales. Tenemos que desarrollar, aprender y practicar el arte de vivir con diferencias, el arte de cooperar sin que los cooperadores pierdan su identidad, a beneficiarnos unos de otros no a pesar de, sino gracias a nuestras diferencias.

Es paradójico, pero mientras se exalta el libre tránsito de mercancías, se fortalecen y construyen fronteras y muros. ¿Cómo se sobrevive a esta tensión?

Eso sólo parece ser una paradoja. En realidad, esa contradicción era algo esperable en un planeta donde las potencias que determinan nuestra vida, condiciones y perspectivas son globales, pueden ignorar las fronteras y las leyes del estado, mientras que la mayor parte de los instrumentos políticos sigue siendo local y de una completa inadecuación para las enormes tareas a abordar. Fortificar las viejas fronteras y trazar otras nuevas, tratar de separarnos a "nosotros" de "ellos", son reacciones naturales, si bien desesperadas, a esa discrepancia. Si esas reacciones son tan eficaces como vehementes es otra cuestión. Las soberanías locales territoriales van a seguir desgastándose en este mundo en rápida globalización.

Hay escenas comunes en Ciudad de México, San Pablo, Buenos Aires: de un lado villas miseria; del otro, barrios cerrados. Pobres de un lado, ricos del otro. ¿Quiénes quedan en el medio?

¿Por qué se limita a las ciudades latinoamericanas? La misma tendencia prevalece en todos los continentes. Se trata de otro intento desesperado de separarse de la vida incierta, desigual, difícil y caótica de "afuera". Pero las vallas tienen dos lados. Dividen el espacio en un "adentro" y un "afuera", pero el "adentro" para la gente que vive de un lado del cerco es el "afuera" para los que están del otro lado. Cercarse en una "comunidad cerrada" no puede sino significar también excluir a todos los demás de los lugares dignos, agradables y seguros, y encerrarlos en sus barrios pobres. En las grandes ciudades, el espacio se divide en "comunidades cerradas" (guetos voluntarios) y "barrios miserables" (guetos involuntarios). El resto de la población lleva una incómoda existencia entre esos dos extremos, soñando con acceder a los guetos voluntarios y temiendo caer en los involuntarios.

¿Por qué se cree que el mundo de hoy padece una inseguridad sin precedentes? ¿En otras eras se vivía con mayor seguridad?

Cada época y cada tipo de sociedad tiene sus propios problemas específicos y sus pesadillas, y crea sus propias estratagemas para manejar sus propios miedos y angustias. En nuestra época, la angustia aterradora y paralizante tiene sus raíces en la fluidez, la fragilidad y la inevitable incertidumbre de la posición y las perspectivas sociales. Por un lado, se proclama el libre acceso a todas las opciones imaginables (de ahí las depresiones y la autocondena: debo tener algún problema si no consigo lo que otros lograron ); por otro lado, todo lo que ya se ganó y se obtuvo es nuestro "hasta nuevo aviso" y podría retirársenos y negársenos en cualquier momento. La angustia resultante permanecería con nosotros mientras la "liquidez" siga siendo la característica de la sociedad. Nuestros abuelos lucharon con valentía por la libertad. Nosotros parecemos cada vez más preocupados por nuestra seguridad personal... Todo indica que estamos dispuestos a entregar parte de la libertad que tanto costó a cambio de mayor seguridad.

Esto nos llevaría a otra paradoja. ¿Cómo maneja la sociedad moderna la falta de seguridad que ella misma produce?

Por medio de todo tipo de estratagemas, en su mayor parte a través de sustitutos. Uno de los más habituales es el desplazamiento/trasplante del terror a la globalización inaccesible, caótica, descontrolada e impredecible a sus productos: inmigrantes, refugiados, personas que piden asilo. Otro instrumento es el que proporcionan las llamadas "comunidades cerradas" fortificadas contra extraños, merodeadores y mendigos, si bien son incapaces de detener o desviar las fuerzas que son responsables del debilitamiento de nuestra autoestima y actitud social, que amenazan con destruir. En líneas más generales: las estratagemas más extendidas se reducen a la sustitución de preocupaciones sobre la seguridad del cuerpo y la propiedad por preocupaciones sobre la seguridad individual y colectiva sustentada o negada en términos sociales.

¿Hay futuro? ¿Se puede pensarlo? ¿Existe en el imaginario de los jóvenes?

El filósofo británico John Gray destacó que "los gobiernos de los estados soberanos no saben de antemano cómo van a reaccionar los mercados (...) Los gobiernos nacionales en la década de 1990 vuelan a ciegas." Gray no estima que el futuro suponga una situación muy diferente. Al igual que en el pasado, podemos esperar "una sucesión de contingencias, catástrofes y pasos ocasionales por la paz y la civilización", todos ellos, permítame agregar, inesperados, imprevisibles y por lo general con víctimas y beneficiarios sin conciencia ni preparación. Hay muchos indicios de que, a diferencia de sus padres y abuelos, los jóvenes tienden a abandonar la concepción "cíclica" y "lineal" del tiempo y a volver a un modelo "puntillista": el tiempo se pulveriza en una serie desordenada de "momentos", cada uno de los cuales se vive solo, tiene un valor que puede desvanecerse con la llegada del momento siguiente y tiene poca relación con el pasado y con el futuro. Como la fluidez endémica de las condiciones tiene la mala costumbre de cambiar sin previo aviso, la atención tiende a concentrarse en aprovechar al máximo el momento actual en lugar de preocuparse por sus posibles consecuencias a largo plazo. Cada punto del tiempo, por más efímero que sea, puede resultar otro "big bang", pero no hay forma de saber qué punto con anticipación, de modo que, por las dudas, hay que explorar cada uno a fondo.

Es una época en la que los miedos tienen un papel destacado. ¿Cuáles son los principales temores que trae este presente?

Creo que las características más destacadas de los miedos contemporáneos son su naturaleza diseminada, la subdefinición y la subdeterminación, características que tienden a aparecer en los períodos de lo que puede llamarse un "interregno". Antonio Gramsci escribió en Cuadernos de la cárcel lo siguiente: "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos". Gramsci dio al término "interregno" un significado que abarcó un espectro más amplio del orden social, político y legal, al tiempo que profundizaba en la situación sociocultural; o más bien, tomando la memorable definición de Lenin de la "situación revolucionaria" como la situación en la que los gobernantes ya no pueden gobernar mientras que los gobernados ya no quieren ser gobernados, separó la idea de "interregno" de su habitual asociación con el interludio de la trasmisión (acostumbrada) del poder hereditario o elegido, y lo asoció a las situaciones extraordinarias en las que el marco legal existente del orden social pierde fuerza y ya no puede mantenerse, mientras que un marco nuevo, a la medida de las nuevas condiciones que hicieron inútil el marco anterior, está aún en una etapa de creación, no se lo terminó de estructurar o no tiene la fuerza suficiente para que se lo instale. Propongo reconocer la situación planetaria actual como un caso de interregno. De hecho, tal como postuló Gramsci, "lo viejo está muriendo". El viejo orden que hasta hace poco se basaba en un principio igualmente "trinitario" de territorio, estado y nación como clave de la distribución planetaria de soberanía, y en un poder que parecía vinculado para siempre a la política del estado-nación territorial como su único agente operativo, ahora está muriendo. La soberanía ya no está ligada a los elementos de las entidades y el principio trinitario; como máximo está vinculada a los mismos pero de forma laxa y en proporciones mucho más reducidas en dimensiones y contenidos. La presunta unión indisoluble de poder y política, por otro lado, está terminando con perspectivas de divorcio. La soberanía está sin ancla y en flotación libre. Los estados-nación se encuentran en situación de compartir la compañía conflictiva de aspirantes a, o presuntos sujetos soberanos siempre en pugna y competencia, con entidades que evaden con éxito la aplicación del hasta entonces principio trinitario obligatorio de asignación, y con demasiada frecuencia ignorando de manera explícita o socavando de forma furtiva sus objetos designados. Un número cada vez mayor de competidores por la soberanía ya excede, si no de forma individual sin duda de forma colectiva, el poder de un estado-nación medio (las compañías comerciales, industriales y financieras multinacionales ya constituyen, según Gray, "alrededor de la tercera parte de la producción mundial y los dos tercios del comercio mundial").

La "modernidad líquida", como un tiempo donde las relaciones sociales, económicas, discurren como un fluido que no puede conservar la forma adquirida en cada momento, ¿tiene fin?

Es difícil contestar esa pregunta, no sólo porque el futuro es impredecible, sino debido al "interregno" que mencioné antes, un lapso en el que virtualmente todo puede pasar pero nada puede hacerse con plena seguridad y certeza de éxito. En nuestros tiempos, la gran pregunta no es "¿qué hace falta hacer?", sino "¿quién puede hacerlo?" En la actualidad hay una creciente separación, que se acerca de forma alarmante al divorcio, entre poder y política, los dos socios aparentemente inseparables que durante los dos últimos siglos residieron –o creyeron y exigieron residir– en el estado nación territorial. Esa separación ya derivó en el desajuste entre las instituciones del poder y las de la política. El poder desapareció del nivel del estado nación y se instaló en el "espacio de flujos" libre de política, dejando a la política oculta como antes en la morada que se compartía y que ahora descendió al "espacio de lugares". El creciente volumen de poder que importa ya se hizo global. La política, sin embargo, siguió siendo tan local como antes. Por lo tanto, los poderes más relevantes permanecen fuera del alcance de las instituciones políticas existentes, mientras que el marco de maniobra de la política interna sigue reduciéndose. La situación planetaria enfrenta ahora el desafío de asambleas ad hoc de poderes discordantes que el control político no limita debido a que las instituciones políticas existentes tienen cada vez menos poder. Estas se ven, por lo tanto, obligadas a limitar de forma drástica sus ambiciones y a "transferir" o "tercerizar" la creciente cantidad de funciones que tradicionalmente se confiaba a los gobiernos nacionales a organizaciones no políticas. La reducción de la esfera política se autoalimenta, así como la pérdida de relevancia de los sucesivos segmentos de la política nacional redunda en el desgaste del interés de los ciudadanos por la política institucionalizada y en la extendida tendencia a reemplazarla con una política de "flotación libre", notable por su carácter expeditivo, pero también por su cortoplacismo, reducción a un único tema, fragilidad y resistencia a la institucionalización.

¿Cree que esta crisis global que estamos padeciendo puede generar un nuevo mundo, o al menos un poco diferente?

Hasta ahora, la reacción a la "crisis del crédito", si bien impresionante y hasta revolucionaria, es "más de lo mismo", con la vana esperanza de que las posibilidades vigorizadoras de ganancia y consumo de esa etapa no estén aún del todo agotadas: un esfuerzo por recapitalizar a quienes prestan dinero y por hacer que sus deudores vuelvan a ser confiables para el crédito, de modo tal que el negocio de prestar y de tomar crédito, de seguir endeudándose, puedan volver a lo "habitual". El estado benefactor para los ricos volvió a los salones de exposición, para lo cual se lo sacó de las dependencias de servicio a las que se había relegado temporalmente sus oficinas para evitar comparaciones envidiosas.

Pero hay individuos que padecen las consecuencias de esta crisis de los que poco se habla. Los protagonistas visibles son los bancos, las empresas...

Lo que se olvida alegremente (y de forma estúpida) en esa ocasión es que la naturaleza del sufrimiento humano está determinada por la forma en que las personas viven. El dolor que en la actualidad se lamenta, al igual que todo mal social, tiene profundas raíces en la forma de vida que aprendimos, en nuestro hábito de buscar crédito para el consumo. Vivir del crédito es algo adictivo, más que casi o todas las drogas, y sin duda más adictivo que otros tranquilizantes que se ofrecen, y décadas de generoso suministro de una droga no pueden sino derivar en shock y conmoción cuando la provisión se detiene o disminuye. Ahora nos proponen la salida aparentemente fácil del shock que padecen tanto los drogadictos como los vendedores de drogas: la reanudación del suministro de drogas. Hasta ahora no hay muchos indicios de que nos estemos acercando a las raíces del problema. En el momento en que se lo detuvo ya al borde del precipicio mediante la inyección de "dinero de los contribuyentes", el banco TSB Lloyds empezó a presionar al Tesoro para que destinara parte del paquete de ahorro a los dividendos de los accionistas. A pesar de la indignación oficial, el banco procedió impasible a pagar bonificaciones cuyo monto obsceno llevó al desastre a los bancos y sus clientes. Por más impresionantes que sean las medidas que los gobiernos ya tomaron, planificaron o anunciaron, todas apuntan a "recapitalizar" los bancos y permitirles volver a la "actividad normal": en otras palabras, a la actividad que fue la principal responsable de la crisis actual. Si los deudores no pudieron pagar los intereses de la orgía de consumo que el banco inspiró y alentó, tal vez se los pueda inducir/obligar a hacerlo por medio de impuestos pagados al estado. Todavía no empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra sociedad de consumo y crédito. La "vuelta a la normalidad" anuncia una vuelta a las vías malas y siempre peligrosas. De todo modos todavía no llegamos al punto en que no hay vuelta atrás; aún hay tiempo (poco) de reflexionar y cambiar de camino; todavía podemos convertir el shock y la conmoción en algo beneficioso para nosotros y para nuestros hijos.


Bauman Básico.
Poznan (Polonia), 1925. Sociólogo Los análisis y conclusiones de Bauman sobre la globalización y sus consecuencias son referencias ineludibles para las ciencias sociales en muchos rincones del planeta como ocurre también en nuestro país. Recibió el Premio italiano Amalfi de sociología y ciencias sociales y el Theodor W. Adorno de la ciudad de Frankfurt. Es el creador del concepto de modernidad líquida en contraposición a la modernidad sólida. En esta última se mantenía la ilusión de que se iban a solucionar los problemas y que los iban a mantener inmutables. Al desaparecer la solidez, se impone la liquidez como metáfora de lo inasible y de lo que debe ser rectificado periódicamente. Escribió: Legisladores e intérpretes; La sociedad sitiada; Modernidad líquida; Vidas desperdiciadas; Vida líquida; Etica posmoderna.


Fuente: Revistaenie.clarin.com
Autor: Héctor Pavón
Traducción: Joaquin Ibarburu

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martes, 22 de septiembre de 2009

Se respira el cambio. Por Ban Ki-moon

Hace dos semanas, viajé al Ártico, donde visité los restos de un glaciar. Lo que hace solo unos años era una majestuosa masa de hielo, se había desintegrado. No es que se derritiera gradualmente sino que se había desintegrado. Fueron necesarias nueve horas de viaje en barco para alcanzar el casquete polar desde el asentamiento humano más septentrional del mundo. En pocos años, quizás se pueda llegar en barco hasta el Polo Norte sin encontrar obstáculo alguno. Es muy posible que para 2030, el hielo prácticamente haya desaparecido del Ártico.

Los científicos me transmitieron sus aleccionadoras conclusiones. El Ártico nos advierte de manera elocuente de impactos climáticos que afectarán a todo el mundo. Con gran inquietud observé el ritmo acelerado de los cambios en la región y, lo que es aun más preocupante, la aceleración del fenómeno de calentamiento global que provocan. El deshielo del permafrost está liberando metano, un gas de efecto invernadero 20 veces más potente que el dióxido de carbono. El derretimiento de los hielos de Groenlandia amenaza con elevar el nivel del mar.

Mientras tanto, siguen aumentando las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial.

Por ello, estoy absolutamente convencido de que tenemos que actuar y que tenemos que hacerlo ahora.

Con este objetivo, el 22 de septiembre he convocado una cumbre especial sobre el cambio climático en las Naciones Unidas a la que están invitados unos 100 líderes mundiales, en lo que será el acontecimiento de ese tipo con mayor número de Jefes de Estado y de Gobierno de la historia. El desafío colectivo no es otro que transformar la crisis climática en una oportunidad para lograr un crecimiento más seguro, limpio, sostenible y ecológico para todos.

La clave estará en Copenhague, donde los gobiernos se reunirán en diciembre para negociar un nuevo acuerdo global sobre el clima. El mensaje que quiero dirigir a los líderes es claro: el mundo necesita su actuación decidida para alcanzar un trato justo, efectivo y ambicioso en Copenhague. De otro modo tendremos que rendir cuentas a las generaciones futuras del costo de nuestra inacción.

El cambio climático es el principal trance geopolítico de nuestro tiempo, que ha alterado la ecuación mundial de desarrollo, paz y prosperidad. Amenaza a los mercados, las economías y los beneficios del desarrollo y puede diezmar las reservas de agua y alimentos, provocar conflictos y migraciones, desestabilizar las sociedades más frágiles e incluso derrocar gobiernos.

¿Conclusiones exageradas? No, según los científicos más eminentes del mundo. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ha afirmado que en los próximos 10 años las emisiones de gases de efecto invernadero deben alcanzar su techo si no queremos desencadenar poderosas fuerzas naturales que se escapan de nuestro control.

Esos 10 años pasarán antes de que termine la vida política de muchos de los asistentes a la cumbre. Así pues, el drama de la crisis climática se está desarrollando ante sus ojos.

Pero existe una alternativa: el crecimiento sostenible basado en tecnologías y políticas ecológicas que promuevan una reducción de las emisiones frente a los modelos actuales, generadores de grandes cantidades de dióxido de carbono. Muchos de los paquetes de estímulo económico elaborados por los países a raíz de la crisis económica mundial incorporan un importante componente ecológico que crea empleo y prepara a los países para colocarse en la vanguardia de la nueva economía del siglo XXI, basada en la energía limpia.

Se respira el cambio. La clave se encuentra en un acuerdo global sobre el clima para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y limitar el aumento de las temperaturas del planeta hasta niveles científicamente seguros. Un pacto que catalice el crecimiento de las energías limpias; y, lo que es aún más urgente, un acuerdo que proteja y preste asistencia a los más vulnerables frente a los inevitables impactos climáticos.

Lo que se requiere es voluntad política al más alto nivel —Presidentes y Primeros Ministros— que se traduzca en avances rápidos en las negociaciones. Se precisa mayor confianza entre las naciones y más imaginación, ambición y cooperación.

Espero que los líderes pongan manos a la obra y que sus conversaciones no sean un diálogo de sordos. También espero que se esfuercen por resolver los principales problemas políticos que hasta ahora han frenado las negociaciones mundiales hasta el punto de que avanzan con la lentitud de un glaciar. Resulta irónica esta expresión: los glaciales eran lentos hasta hace poco, pero los que yo vi hace unas semanas en el Ártico se están derritiendo más deprisa de lo que avanza la humanidad en sus intentos por remediarlo..

Los intereses a largo plazo del planeta tienen que primar sobre el oportunismo político del momento. Los dirigentes de los países deben actuar como líderes mundiales y asumir una perspectiva de futuro. Si las amenazas actuales trascienden fronteras también nuestra visión debe trascenderlas.

No es preciso resolver en Copenhague todos los detalles. Pero el éxito de un acuerdo global sobre el clima exige la participación de todos los países, según sus posibilidades, en pro de un objetivo común y a largo plazo. He aquí los parámetros que en mi opinión determinarán tal éxito:.

En primer lugar, cada país debe hacer todo lo posible por reducir las emisiones procedentes de las principales fuentes. Los países industrializados han de reforzar sus objetivos de mitigación, en la actualidad muy lejos de los que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático considera necesarios. También los países en desarrollo deben frenar el ritmo al que aumentan sus emisiones y acelerar el crecimiento ecológico como parte de sus estrategias para reducir la pobreza.

En segundo lugar, para que el acuerdo sea satisfactorio, debe ayudar a los más vulnerables a adaptarse a los impactos inevitables del cambio climático, lo cual es a la vez una obligación ética y una inversión inteligente para lograr un mundo más estable y seguro.

En tercer lugar, los países en desarrollo necesitan fondos y tecnología para avanzar más rápidamente hacia un modelo de crecimiento con emisiones bajas. El acuerdo también debe abrir puertas a la inversión privada, entre otras cosas por medio de mercados del carbono. Y en cuarto lugar, los recursos deben gestionarse de manera equitativa y asignarse de tal manera que todos los países puedan hacer oír su voz.

Este año en Copenhague tendremos una gran oportunidad para que la historia nos dé la razón. No solo es posible evitar el desastre, sino también iniciar una transformación fundamental de la economía mundial.

Los nuevos vientos políticos soplan a nuestro favor y millones de ciudadanos están movilizándose. Las empresas más avispadas están trazando un nuevo rumbo de energía limpia. Debemos aprovechar esta situación para ser audaces frente al cambio climático. Puede que esta oportunidad no vuelva a presentarse en mucho tiempo.

El cambio se respira en el ambiente. Sellemos el acuerdo que nos permita lograr un futuro mejor para todos.


Fuente: Naciones Unidas / originalmente fue publicado el 18 de septiembre de 2009 bajo el titulo "The Ice Is Melting" en el International Herald Tribune.
Autor: Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas.

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viernes, 14 de agosto de 2009

Quimérica Chimérica. Por Lluís Bassets

Una quimera es un ser mitológico y fantástico, mezcla de dos especies animales distintas. El término se utiliza también en ingeniería genética para designar los seres producidos en el laboratorio con la mezcla de células de animales diferentes. Para la Real Academia es "lo que se propone como posible o verdadero no siéndolo". El británico Niall Ferguson es el inventor de una quimera que además enuncia su propio nombre: Chimérica, palabra que utiliza para designar a un país imaginario formado por China y América, a las que llama espectivamente Chimérica oriental y Chimérica occidental, y que en inglés significa exactamente quimérica.

"Los chiméricos orientales son ahorradores; los chiméricos occidentales son consumidores. Los orientales se dedican a la manufactura; los occidentales a los servicios. Los orientales exportan; los occidentales importan. Los orientales acumulan reservas; los occidentales gestionan déficits y producen bonos denominados en dólares que son codiciados por los orientales". Así es como este imaginativo historiador y periodista explica el funcionamiento de este coloso dual que domina y conduce el mundo, aunque sólo sea por la fuerza de las grandes magnitudes: cuenta con un 13% del territorio mundial, una cuarta parte de la población y un tercio del PIB del planeta.

Hay complementariedad en la quimera de Ferguson, y a ella se debe precisamente el crecimiento de la economía global en los últimos años. Pero también hay elementos que se repelen por su naturaleza misma. Las estructuras de poder en una y otra Chimérica no son tan sólo distintas, sino abiertamente incompatibles. Los chiméricos orientales se rigen por un sistema oscurantista y secreto, en el que no se conocen las reglas y los sistemas de ascenso y selección, que se producen en reuniones cerradas, seguidas de crípticos comunicados y silenciosos gestos de asentimiento. Los chiméricos occidentales en cambio nada pueden hacer si no es a plena luz y bajo el escrutinio público, de forma que quien quiere ascender debe someterse a un examen pormenorizado sobre su vida, sus opiniones e incluso sus parientes y amigos (véanse estos días los prodigiosos interrogatorios parlamentarios a la juez Sonia Sotomayor, designada como juez del Supremo por Barack Obama). Los primeros sacrifican todo, incluso la libertad personal, a la estabilidad del sistema, al prestigio de la autoridad única del partido y a la cohesión nacional. Los segundos, en cambio, ponen la libertad individual por encima de todo y sólo confían en las autoridades públicas sometidas al control de organismos independientes, y a la división y al equilibrio entre poderes.

Hay que subrayar que la parte oriental de Chimérica no ha hecho más que ganar peso respecto a la occidental en los últimos años, principalmente durante la etapa de Bush en la Casa Blanca. Pero es el actual presidente de Chimérica occidental el que tendrá que soportar la desventaja concedida. En la cumbre celebrada estos días en Washington, la preocupación de Pekín por el descontrol del déficit público americano y sus consecuencias en el valor de los bonos acumulados se ha hecho notar mucho más que el desasosiego de Obama por la escasa consideración hacia los derechos de las minorías y las libertades individuales por parte de las autoridades chinas.

Para que Chimérica tenga larga vida y sea la superpotencia del siglo XXI no basta con una buena ecuación entre intereses mutuos, sino que hace falta algo más de equilibrio y una cierta convergencia económica y política. Su primer y mayor servicio al conjunto del planeta, con el que deberá demostrar su propia consistencia, será reducir sus emisiones de gases a la atmósfera, de la que es líder absoluto y por ello principal responsable de los males que se vinculan al calentamiento global: el 40% de las emisiones le pertenecen, y si su parte occidental es ahora el primer emisor con el 22%, la oriental es el segundo con el 18,5% y pronto se convertirá en el primero.

Chimérica es también el nombre que podemos darle a un mundo gobernado, la otra denominación del G-2, la institución que va a sustituir al G-8 y al G-20 si los otros, también los europeos, no espabilan. Pero mundo y gobernado son por el momento términos tan quiméricos como la propia Chimérica. Para que funcionen en el futuro uno y otra, los actuales términos tan desproporcionados de la ecuación que han sido la garantía de éxito deben empezar a invertirse. Y por este lado, el económico, son los occidentales quienes deben realizar el mayor esfuerzo. Pero la mayor convergencia debe ser política, y ahí el esfuerzo corresponde a los chiméricos orientales, aunque algo tendrá que hacer Obama para animarles. Sin pluralismo político, sin un sistema judicial independiente y una democracia parlamentaria eficaz, sin medios de comunicación libres en su parte oriental, Chimérica seguirá siendo una quimera, que en cualquier momento puede desarrollar sus reflejos más monstruosos y amenazantes.

Fuente: El País.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS. Se ocupa de las páginas y artículos de Opinión.

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martes, 4 de agosto de 2009

14 mitos caídos tras dos años de crisis. Por Iñigo de Barrón

La crisis cumple ahora su segundo aniversario sin mostrar el final del túnel. Una travesía mucho más oscura desde que, en septiembre pasado, EE UU dejó caer una entidad tan interconectada con todo el mundo como Lehman Brothers, un error monumental en opinión de la mayoría de los economistas consultados. La crisis ha sacudido al capitalismo, que necesita reformas urgentes que tardan en llegar. Incluso existe el riesgo de que el poderoso lobby financiero atenace a las autoridades para que sólo hagan cambios cosméticos, ante la tímida recuperación de las cuentas.

Los expertos creen que la confianza sólo regresará cuando los supervisores y reguladores consigan entidades más transparentes. Evitar el espejismo de la liquidez ilimitada y que la banca pueda transferir riesgo al sistema, como hizo con las subprime, apunta José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney, son otras lecciones de la debacle.

De todas formas, como dicen los economistas Xavier Sala i Martí y Jaques Attali, las nuevas normas no evitarán la siguiente crisis, sólo cambiará su naturaleza. "Las nuevas crisis financieras mundiales utilizarán todos los recursos de las nuevas tecnologías de la comunicación", dice Attali.

Esta crisis se ha llevado por delante un puñado de mitos:

- Más mercado y menos Estado. Antes de la crisis, en plena vorágine de crecimiento alocado, se pedía que dejaran manos libres al mercado, al que se consideraba justo repartidor de riquezas. "En sectores que son sistémicos, no sólo la banca, es absurdo que el Estado se retire del todo. Si por volumen de empleo o el peso en la economía, una empresa no puede caer, el Estado debe tener controles y supervisión", comenta Alfonso García, socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI). En esta crisis los Estados han sido los paganos, con una factura de más de tres billones de euros.

- La supervisión escasa impulsa al mercado libre. En el mundo financiero anglosajón, la normativa se tomaba como una pesada carga que frenaba la creación de riqueza. A la vez, persistía la creencia de que la autoridad supervisora británica, la Financial Services Authority, y la norteamericana, la Securities Exchange Commission, eran implacables con los que se saltaban la ley. La crisis ha demostrado que las entidades van por delante de los reguladores. Crearon una banca en la sombra sin ningún control y organizaron un mercado de hipotecas subprime sin asumirlas en sus balances. Pese a los anuncios de mayor control al sector, Estados Unidos ha renunciado a dar más poder a los supervisores como se planteó en un principio. En el mercado existe el convencimiento de que es un problema de cantidad (escaso número de funcionarios) y de calidad (tienen menor preparación que los ejecutivos). Luis Garicano, profesor de la Universidad de Chicago e impulsor de un nuevo departamento en la London School of Economics, opina que: "La clave es regular sin estrangular al mercado".

- Los banqueros son profesionales de prestigio y deben tener salarios elevados. Ha quedado demostrado que los ejecutivos y los consejeros aprobaban productos de los que desconocían su riesgo real, como ha dicho Juan Ramón Quintas, presidente de la CECA. Es decir, no hicieron bien su trabajo. Sin embargo, cobraban unos sueldos estratosféricos que les hace responsables de lo ocurrido, aunque al final la factura la han pagado los ciudadanos y los accionistas. La UE ha decidido atacar los sueldos que fomenten el riesgo al fomentar la subida de beneficios a corto plazo. En Reino Unido, el Gobierno ha pedido conocer los salarios para que no se relacionen con operaciones de riesgo. En EE UU sigue abierto el debate. "Ni siquiera alguien con la capacidad de siete personas se merecería esos salarios", apunta Pablo Fernández, del IESE, "los bonus por beneficios fuerzan a mentir a la gente para cobrar más".

- El que la hace, la paga. Este axioma ha mutado en "al que la hace, le pagan", porque los pocos altos ejecutivos que han perdido su puesto se han ido a casa con muchos millones. Hasta ahora, la lista de bajas de presidentes o consejeros delegados es esta: Fred Goodwin, del Royal Bank of Scotland; Charles Prince, de Citigroup; Stanley O'Nelly, de Merrill Lynch; Marcel Ospel, de UBS; Martin Sullivan, de AIG; Ferry Killinger, de Washington Mutual... y pocos más.

Luis de Guindos, responsable financiero de PriceWaterhouseCoopers cree que si los culpables (y sus entidades) no asumen las responsabilidades, se trasladará la idea de que cuando hay beneficios son para las empresas, y si hay pérdidas, las paga el Estado.

- La banca comercial es aburrida. El dinero está en la banca de inversión. Hace sólo unos años, las entidades dedicadas a la banca comercial, la que obtiene resultados céntimo a céntimo eran consideradas atrasadas financieramente, menos rentables y ausentes de glamour. Algunos Gobiernos y supervisores alentaron el crecimiento de la banca de inversión, que protagonizaba grandes operaciones internacionales y movía el tejido empresarial. La crisis ha demostrado que detrás de todo esto había más ingeniería financiera y burbujas de liquidez que otra cosa.

"Hay que volver a la banca aburrida, la más próxima al cliente, para recomponer el sistema" ha dicho Paul Krugman, premio Nobel de Economía de 2008. Las autoridades quieren que, en el futuro, las grandes entidades combinen el negocio comercial con el de inversión. "Lo que se ha llevado esta crisis es el modelo de banca que ganaba un 25% más cada año por el fuerte endeudamiento. Cuando el mercado va mal, estas entidades son las que peor lo pasan", apunta De Guindos, ex secretario de Estado de Economía. Garicano añade: "Nada es gratis. Retornos excepcionales casi siempre proceden de asumir riesgos excepcionales".

- Los grandes mercados están supervisados y regulados. Las hipotecas basura y los CDS (seguros de impago) movían miles de millones pero no estaban regulados ni supervisados. Además, las entidades los tenían fuera de sus balances. "Este tipo de productos ha demostrado ser vulnerables a la incertidumbre. Sus mercados se cerraron hasta el punto de que no hubo ni una transacción", comenta García, de AFI. Para evitarlo, la UE quiere que, a partir de 2011, la banca que trabaje con productos fuera de balance tenga más capital.

- El mercado es eficiente y pone precio a los activos. Este largo ciclo de crecimiento alentó la creencia de que el mercado siempre da precio a los activos. En mitad de esa carrera alcista, los bancos norteamericanos insistieron en la utilización del mark to market, es decir, que los activos se valoren a precio de mercado, recogido en las Normas Internacionales de Contabilidad (NIC). El resultado fue que los activos se hincharon en paralelo a la burbuja. Esta filosofía también está en la reforma internacional de Basilea II. Ambas están en profunda revisión.

Ahora, la banca norteamericana y británica ha conseguido que el supervisor elimine la valoración de mercado para no castigar sus cuentas, en un movimiento que algunos consideran "maquillaje" y que puede favorecer otra burbuja futura. Sin embargo, la UE ha suavizado la normativa, pero la mantiene. Los expertos piden utilizar otros modelos, pero con transparencia. "Sobre Basilea II hemos aprendido que los propios bancos no pueden decidir el riesgo crediticio y por lo tanto las reservas usando sus propios modelos", dice Garicano.

- No hay que preocuparse de la liquidez, casi es ilimitada. "La idea de que siempre había liquidez acabó con el principio del medir el riesgo real. Parecía que había dinero para todo", apunta Robert Tornabell, catedrático y profesor del Departamento de Dirección Financiera de ESADE. Lo cierto es que se ha pasado de golpe, de la inundación a la sequía.

- No hay ciclos en la economía. En mitad de la borrachera de crecimiento, algunos economistas sostuvieron que los ciclos habían desaparecido. Tras superar, sin graves problemas, la crisis de las divisas latinoamericanas y de las empresas puntocom de principios del 2001, algunos apuntaron que la experiencia pasada, junto a la interconexión entre las autoridades internacionales, podía mitigar la virulencia de ciclos pasados. Lejos de eso, la globalización ha demostrado que hace sobrereaccionar a los mercados, amplifica las noticias negativas y la desconfianza.

Emilio Ruiz, economista, especializado en la Gran Depresión del 29, dijo en diciembre de 2004: "El uso generalizado de las comunicaciones, ¿nos hace suponer la desaparición o, por lo menos, admitir que los ciclos se desenvolverán dentro de una mayor estabilidad? Si admitimos la existencia de grandes ciclos en la dinámica de la economía capitalista, la duración de cierta estabilidad llegaría hasta 2020". En mayo de 2006, Juan José Toribio, director del IESE de Madrid, comentó: "Creo que al vivir en una economía más globalizada, las recesiones de una zona vienen compensadas por las aceleraciones de otra".

- Los bancos, cuanto más grandes, más seguros. Nadie osaría hacer este comentario en presencia de los presidentes de Citigroup, Bank of America, Royal Bank of Scotland o del ex presidente del difunto Lehman Brothers... Precisamente las víctimas de esta crisis están, en parte, en la lista de los gigantes del sector, con la excepción de los españoles.

El Banco de Inglaterra y el BIS han dicho que si las entidades son demasiado grandes para quebrar, son demasiado grandes para existir. El BCE pide que sean controlados por colegios de supervisores, no sólo por el de su país.

- Con la globalización, no importa donde esté la sede social. Parte del negocio ruinoso de Citigroup o de Lehman estaba en Asia o Europa. El Royal Bank tuvo pérdidas en Nueva York... pero al final han sido los Gobierno norteamericano y británico los que han pagado la factura del rescate. Cuando una entidad cae, el lugar donde está la sede social es clave para las ayudas. Por eso, los políticos quieren "campeones nacionales" y ha resurgido el nacionalismo económico.

- Estamos a salvo con las nuevas normas: las NIC y Basilea II. Poco ha durado el prestigio de ambas normativas. Están en revisión completa para reforzar cuatro aspectos: las provisiones, que deberán hacerse en momentos de bonanza aunque no haya morosidad (el modelo español); el capital, que deberá aumentar, sobre todo si hay operaciones de riesgo; el principio de consolidación dentro del balance de todos los productos (para evitar la venta de subprime a terceros) y vigilancia de la liquidez, que apenas se tenía en cuenta.

- Las agencias de 'rating' y los auditores vigilan. El oligopolio de las tres grandes agencias de calificación financiera, Moody's, Standard&Poo's y Fitich ha fracasado y se prepara una profunda revisión. Han demostrado no tener sistemas fiables para medir los créditos basados en activos basura. Los auditores también han sido criticados por mezclar sus servicios con los de consultoría. "No aprendieron de la crisis de Enron", dicen en AFI. Tornabell, de Esade, cree que no pueden cobrar de los clientes a los que tienen que juzgar. Fernández, del IESE, cree que hay empresas que consideran que los auditores no te pueden criticar porque les estás pagando.

- Los 'hedge funds' y los productos sofisticados dinamizan la economía. La titulización de activos (que es una forma de empaquetar y revender productos), los derivados y los hedge funds fueron los protagonistas de la época dorada. Ahora se les considera responsables de buena parte de la burbuja y del sobreendeudamiento. Warren Buffet advirtió de que "los derivados son verdaderas armas de destrucción masiva". De Guindos opone que "el origen de la burbuja de liquidez no son tanto los derivados como el mantenimiento de los tipos de la FED en niveles muy bajos durante mucho tiempo".


Fuente: El Pais.com
Autor: Iñigo de Barrón, redactor de finanzas del diario El País. Ganador del Premio Schroders de Periodismo Financiero, por por su artículo “Las claves de una crisis financiera inédita y con un final incierto”.

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lunes, 13 de julio de 2009

Megatendencias. Por Joaquín Estefanía

1. Acaba de celebrarse en Italia una cumbre del G-8. En la última semana de septiembre tendrá lugar en EE UU la siguiente reunión del G-20. Las formaciones G parecen instalarse de modo definitivo como los escenarios más eficaces para tratar de la crisis económica y otros problemas no menos urgentes como el cambio climático. Eficacia frente a legitimidad. La Asamblea General de la ONU debatió hace unos días sobre las dificultades económicas y sus conclusiones, como se esperaba, apenas tuvieron relevancia pública. Cobra ahora mayor significación la propuesta que hace bastantes años hizo Jacques Delors, cuando era presidente de la Comisión Europea: crear un Consejo de Seguridad Económica en el seno de las Naciones Unidas para tratar los conflictos económicos de nuestra era. No prosperó y hoy lo echamos de menos.

2. Dentro de las formaciones G, la compuesta por 20 miembros tiene mayor impacto que el G-8. Ello se debe a la composición de la nueva geografía del poder mundial, que incorpora a los principales países emergentes. Así lo declaró la canciller alemana Angela Merkel en los días previos a la cita italiana. Para aumentar los grados de eficiencia organizativa sería preciso que en esas cumbres se conjugase al mismo ritmo la integración regional; por ejemplo, que los europeos o los latinoamericanos actúen con una sola voz en las soluciones que se adopten.

3. Conforme se va superando la parte álgida de la crisis financiera (los efectos sobre la economía real en forma de paro y empobrecimiento de las clases medias siguen vigentes), se manifiesta una pérdida del potencial reformista reclamado tan sólo hace unos meses. Hace tres cuartos de siglo, 66 países se reunieron en Londres (año 1933) para solucionar concertadamente los efectos de la Gran Depresión. Fue un fracaso porque triunfaron los intereses nacionales. Ese fallo le costó al mundo más tiempo de depresión, y sólo 11 años después, en Bretton Woods, se crearon las instituciones necesarias para dar predictibilidad al sistema. No se deben olvidar las lecciones de la historia.

4. En ese mismo año, 1933, Keynes publicó El camino hacia la prosperidad, y mil días después dio a luz su obra central, la Teoría de la ocupación, el interés y el dinero. La pregunta es si la actual crisis, con su potencial agresivo y duradero, alumbrará una nueva teoría económica que sustituya a las utopías regresivas (concepto de Fernando Henrique Cardoso): tanto el fundamentalismo de mercado, hegemónico en las últimas tres décadas, con la llegada de Thatcher y Reagan al poder y la extensión de la revolución conservadora, como el estatismo burocrático anterior, que no supo dar salida al estancamiento con inflación de la primera mitad de los años setenta.

Hay quienes miran a otra parte del keynesianismo menos de moda: los comportamientos humanos y los animal spirits. ¿Todos somos keynesianos?


Fuente: El País.com
Autor: Joaquín Estefanía, (Madrid, 1951-) es un periodista español. Licenciado en Ciencias Económicas y en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, comenzó su actividad profesional en 1974 como redactor en el Diario Informaciones; poco después pasa a ser jefe de la sección de economía de la revista Cuadernos para el diálogo y redactor jefe del diario económico Cinco días. Más adelante se incorpora al Diario El País, del que llegó a ser director entre 1988 y 1993 y de 1993 a 1996 director de publicaciones del Grupo PRISA. Continúa escribiendo una columna sobre economía en el Diario El País.
Es autor, entre otros títulos, de La nueva economía (1995), La nueva economía: la globalización (1996), El capitalismo (1997), Contra el pensamiento único (1998), El poder en el mundo (2000), La cara oculta de la prosperidad (2003) y La mano invisible (2006), La larga marcha: medio siglo de política (económica) entre la historia y al memoria (2007).

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jueves, 2 de julio de 2009

Recesión, cambio climático y planificación. Por Anthony Giddens

En la actualidad, el cambio climático y la actitud que hay que tomar ante él son cuestiones que no dejan de aparecer en las noticias. Lo mismo ocurre, claro está, con la recesión económica, de alcance igualmente mundial y por sí sola enormemente preocupante. ¿Pero qué relación puede acabar estableciéndose entre ambos problemas?

Según Sigmund Freud, cualquier crisis puede suponer un estímulo para la parte positiva de nuestra personalidad, siendo una oportunidad de empezar de nuevo. Y esto es algo que no se les ha escapado a los dirigentes políticos. Siguiendo el ejemplo del presidente estadounidense Obama, muchos se han apuntado a la idea de un New Deal del cambio climático. Se entiende que la inversión en tecnologías que producen pocas emisiones de dióxido de carbono, el aislamiento de los edificios y el uso del transporte público pueden ser cruciales para volver a poner en marcha la economía.

Nick Stern, autor del célebre Informe Stern sobre la economía del cambio climático, señala que a esas medidas tendría que destinarse por lo menos el 20% de los fondos para planes de recuperación. Las propuestas de Obama se quedan un poco cortas a ese respecto. Pero algunos países están destinando mucho más. Corea del Sur, por ejemplo, dedica a medidas de ese tipo un mínimo de dos tercios de su plan de recuperación.

Yo soy partidario de ese New Deal del cambio climático y confío en que produzca el doble beneficio que se pretende (que, en realidad, sería triple si los países consiguieran también reducir su dependencia respecto al crudo importado). Sin embargo, el efecto estimulante del que hablaba Freud debería galvanizarnos para que nuestras ideas y nuestros actos se orientaran a un frente mucho más amplio.

Nos encontramos en el punto culminante de una gran revolución, la de la inminente desaparición de la economía dependiente del crudo. Ha llegado el momento de ponerse a evaluar sus posibles implicaciones, que van desde lo práctico y lo prosaico hasta aspectos especulativos y de mayor alcance.

En lo tocante a lo práctico, hay que prestar mucha atención al empleo. Según sus partidarios, el New Deal del cambio climático creará por sí mismo nuevos puestos de trabajo. Yo no estoy tan seguro de ello si, como debería ser, estamos hablando de empleos netos, es decir, de más puestos de trabajo que antes. Al incrementarse la cantidad de energía producida con medios que generan menos emisiones de dióxido de carbono, y con ella la eficiencia energética, algunos trabajadores de sectores ligados a la producción de combustibles fósiles, como el carbón, se quedarán sin empleo. La mayoría de las innovaciones tecnológicas, más que incrementar la necesidad de mano de obra, la reducen.

Los puestos de trabajo los crearán menos las propias tecnologías renovables que los cambios de forma de vida resultantes de afrontar el cambio climático y de incrementar la seguridad energética. Cambiarán las sensibilidades y con ellas los gustos. La nueva economía será todavía más radicalmente posindustrial que la que ahora tenemos. Al igual que se encontraron formas de revitalizar zonas portuarias de las que ahora se ha evaporado el sector naviero, de los empresarios dependerá la labor de detectar las oportunidades económicas que traiga consigo la expansión.

Al reflexionar sobre qué tipo de recuperación debería permitirnos salir de la recesión, tendríamos que pensar seriamente en la naturaleza del propio crecimiento económico, por lo menos en los países ricos. Hace tiempo que se sabe que, por encima de cierto nivel de prosperidad, el crecimiento no conduce necesariamente a un mayor bienestar personal y social. Ahora es el momento de añadirle al PIB criterios más equilibrados para calibrar el bienestar y de darles una auténtica resonancia política. Ha llegado la hora de plantear una crítica sostenida y positiva del consumismo, que pueda tener peso político. Ahora es el momento de descubrir cómo garantizar que la recuperación no conlleve un retorno a una sociedad inundada por el dinero.

El periodo de la desregulación thatcheriana ha terminado. El Estado ha vuelto. Necesitaremos políticas activas de industrialización y planificación, centradas en las instituciones económicas, pero también en el cambio climático y en la política energética.

Sin embargo, habrá que evitar los errores cometidos por anteriores generaciones de planificadores. Aquí también aparecen varios problemas. Pensemos, por ejemplo, en las tecnologías renovables. Si en algún momento los combustibles fósiles pasan a la historia, la tecnología tendrá que cambiar drásticamente. Sin embargo, ¿cómo van a decidir los Gobiernos qué tecnologías hay que respaldar? ¿Cómo pueden enfrentarse al hecho de que, como ocurrió con Internet, es frecuente que nadie prevea las innovaciones tecnológicas más trascendentales?

Tenemos que encontrar un nuevo papel para el Gobierno, pero también para los mecanismos de mercado. De repente, los complejos instrumentos financieros, a los que se culpa de la debacle en los mercados, han pasado de moda. Sin embargo, seguiremos necesitándolos, porque, en realidad, con la regulación adecuada, en lugar de ir en contra de la inversión de larga duración, son la clave que la posibilita.

Pensemos en el caso de los seguros que cubren daños ocasionados por fenómenos meteorológicos extremos como los huracanes caribeños. Esos episodios serán más frecuentes y más virulentos, ya que es prácticamente seguro que va a producirse cierto cambio climático. Para lidiar con los daños que se registren, será muy importante que, sobre todo los más pobres, cuenten con seguros que los cubran. Las aseguradoras privadas tendrán que proporcionar gran parte del capital, ya que sus muchas obligaciones en otros sectores las convierten en una garantía a la que sólo se recurrirá en última instancia.

Al final, nos topamos con el origen de todo esto, la globalización, que ha avanzado a marchas forzadas sin someterse a los adecuados controles internacionales. El futuro exige una regulación eficiente de los mercados financieros mundiales, que quizá podría allanar el camino para la colaboración esencial que se precisa para enfrentarse al cambio climático (a este respecto, cuando 200 países se preparan para las reuniones que en diciembre patrocinará la ONU en Copenhague, también habrá que replantearse muchas cosas). A manos de la crisis financiera y sus secuelas, arraigadas formas de pensar han sufrido una sacudida que podría y debería ser de enorme importancia. Nos encontramos al final del fin de la historia.


Fuente: El País.com / Tribune Media Services
Autor: Anthony Giddens, (Inglaterra, 1938-) sociólogo, reconocido por su teoría de la estructuración y su mirada holística de las sociedades modernas. También adquirió gran reconocimiento debido a su intento de renovación de la socialdemocracia a través de su teoría de la Tercera Vía. Del cual se transformo en uno de los principales divulgador de la Tercera Vía de Tony Blair. Fue director de la London School of Economics. Su nuevo libro es The Politics of Climate Change.
Traducción: Jesús Cuéllar Menezo

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jueves, 25 de junio de 2009

El mundo que se viene. Por Tomás Abraham

Vivimos una época que ha conocido dos enormes crisis planetarias. En el año 1989 se derrumba una concepción del Estado y de la sociedad. Veinte años después, cae el mercado financiero. Sobre el sentido que acarrea esta última crisis todo está por decirse, y lo que se dice no deja de terminar en puntos suspensivos.

Con la caída del Muro hubo quienes lo vieron como el inicio de su integración al universo de la democracia. Muchos que habían apoyado a dictaduras criminales, los que estuvieron del lado de quienes alentaron invasiones a países que no respondieran a los intereses de las grandes corporaciones, y a favor de la acción de infiltración para derrocar a gobiernos populares, se sintieron en condiciones de abandonar sus cruzadas en defensa de Occidente. La Guerra Fría había terminado con el reconocimiento del fracaso de uno de los sistemas.

Ya no tenía sentido justificar por cualquier medio la defensa de los valores del individuo y de la libertad. El peligro comunista desaparecía. Fue el momento en que el anuncio del fin de la historia se ponía de moda.

Durante casi dos décadas, un discurso calificado como “único” tuvo la hegemonía en las cuestiones económicas. La tercera vía se presentó en escena para proponer reflexionar sobre un nuevo modelo dado el fracaso de las políticas neoliberales y de una socialdemocracia basada en un Estado de Bienestar ya insostenible.

Después del ’89 el socialismo pretendió adaptarse a la globalización y a los cambios en la tecnología, con un discurso que rescatara sus principios morales y sociales, y que fuera funcional a un mundo en expansión ilimitada y transformación continua.

La política de Bush dejó totalmente de lado las tibias aspiraciones de la tercera vía y aceleró la dinámica de los mercados desregulados.

Nadie previó el derrumbe del ’89 y menos aún el de 2008. Por supuesto que había señales de alarma, siempre las hay en el mundo de la interpretación infinita. Pero los visionarios de lo que vendrá, y efectivamente ocurrió, se perdieron en la muchedumbre de otros visionarios versados en un saber conjetural que no es una ciencia basada en predicciones ni en certezas demostradas.

La crisis de las hipotecas es la crisis de un paradigma crediticio y de una política financiera. El mundo creció durante años a tasas difícilmente homologables. La economía norteamericana aceleró su dinamismo y creó un estímulo tras otro para que todos se endeudaran y canalizó los flujos de capital hacia el mercado inmobiliario y la compra de acciones.

Estableció una tasa de interés mínima que abarató el crédito y fomentó la inversión hacia fondos especulativos. Los EE.UU. asociaron su política a la de China, y solventaron su déficit creciente con capitales de todo el mundo y la compra de sus bonos federales. China producía y los norteamericanos consumían, y la economía que concentra la cuarta parte de la riqueza mundial, junto a su asociado asiático en impresionante crecimiento, ponía en movimiento al resto del planeta.

El 30 de abril de este año, se reunieron en el Museo Metropolitano de Nueva York economistas de renombre, a propósito de un simposio de economía organizado por la New York Review. Fueron convocados Paul Krugman, George Soros, Jeff Madrick y Niall Ferguson, entre otros.

Ninguno de ellos se muestra optimista. Las soluciones que proponen desde perspectivas distintas están llenas de dudas. Admiten su desorientación. La palabra “apalancamiento” (leverage) es usada varias veces para describir un funcionamiento financiero a base de deuda futura que, según reconocen, produjo mucho daño.

No se ponen de acuerdo acerca de cuánto keynesianismo está en juego. Recuerdan que Keynes escribió su texto de referencia general en 1936, siete años después del desencadenamiento de la crisis. Ven en el gobierno de Obama una acción a dos puntas. Una es la inyección de ingentes cantidades de dinero con el fin de restablecer el crédito para que la recuperación no sea tan lenta y los efectos tan devastadores como los de la crisis del ’29. No consideran ajena a la misma el acceso al poder de los gobiernos fascistas y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Ninguno quiere siquiera pensar que la crisis actual pueda dar lugar a nuevas formas de autoritarismo y a conflictos mundiales.

Por otro lado, el gobierno de Obama estimula una política de grandes inversiones. Con la monetización forzada de la economía vía emisión y la asunción de obras de infraestructura por el Estado, más el salvataje de corporaciones financieras e industriales, el déficit de los EE.UU. está cerca del 17% de su PBI.

Los economistas convocados hablan de trillones y billones destinados a un mercado paralizado. Las acciones bursátiles no valen nada, y los recuperos se deben a maniobras especulativas de corto alcance. El estímulo a la demanda no parece funcionar. Es normal que en una época como ésta los individuos teman al crédito y se inclinen por el ahorro. El mañana es temible.

Los inversores tampoco quieren arriesgar y no van más allá de pretender recuperar su capacidad instalada. El Estado se dispone a asumir por el momento el rol que los privados deberían cumplir. No deja de disiparse el fantasma de la deflación de precios, y una posterior estanflación.

Soros insiste en que los mercados financieros deben estar regulados. Ferguson no cree en las políticas de estatización ni en que la conducción de la economía deba estar en manos del Estado. Para él, la salida de la crisis depende de los avances tecnológicos y del incremento de la productividad que históricamente, sostiene, es impulsado por los capitales privados.

Krugman cree que el Estado debe cumplir un rol activo y tomar la iniciativa de la inversión sin temerle en exceso al gasto. Pero reconoce que el público norteamericano sólo volverá a gastar si el gobierno le despierta confianza.

La emisión de deuda futura, y el uso de los dineros públicos para incentivar un mercado de trabajo deteriorado por el aumento de la desocupación y para compensar la desfinanciación de las fuerzas productivas tendrá efectos positivos si los ciudadanos norteamericanos confían en la eficiencia y la honestidad de su gobierno.

Krugman estima que Obama es el que está en las mejores condiciones para concitar tal credibilidad. Pero la bruma no se disipa.

Ante una realidad así, los agoreros del fin del capitalismo sienten que llegó su hora. Aún no se sabe muy bien para qué. Hay proyecciones de todo tipo. Utopías de “lo pequeño es hermoso”, de la fundación de una sociedad basada en la vida simple y solidaria de pueblos con espíritu cooperativo, la celebración de la nueva unión del Estado con los pueblos largamente desplazados por la ilimitada codicia del capital, la voluntad de poner la piedra basal de un nuevo modelo de sociedad que resulte de necesarias mutaciones culturales y, además, el deseo de un cambio drástico de una civilización que erró su camino hace siglos; todo indica que ésta es una época fértil para los anunciantes de una nueva aurora.


Fuente: Perfil.com
Autor: Tomás Abraham (Rumania, 1947-) es un filósofo y escritor argentino. Los padres de Tomás Abraham emigraron a la Argentina en 1948. Estudia Universidad de la Sorbona, Paris. Fue alumno de Michel Foucault —al cual considera su mayor influencia— y participó en 1968 del Mayo Francés. Autor de 17 libros, el ultimo "El Presente Absoluto" (2007).

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