OPERACIÓN REDIMENSIONAMIENTO / OJO ADVENTISTA.
La mayoria de los articulos de "Estatologico" estan siendo transferidos a dos nuevas secciones de Ojo Adventista: OPINIONES del MUNDO y NUEVO ORDEN MUNDIAL.
Mostrando entradas con la etiqueta Joseph Nye. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joseph Nye. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de marzo de 2009

Cómo lidera Obama. Por Joseph S. Nye

Hace dos años, Barack Obama era un senador en su primer mandato que había manifestado interés en postularse para la presidencia. Mucha gente se mostraba escéptica ante la posibilidad de que un afroamericano con un nombre extraño y escasa experiencia pudiera ganar. Pero a medida que desarrolló su campaña, demostró que tenía los poderes necesarios -blando y duro- para gobernar.

El poder blando es la capacidad de atraer a los demás y sus cualidades esenciales son la visión, la inteligencia emocional y la capacidad de comunicar. Pero un líder necesita también cualidades del poder duro, como una capacidad organizativa y hasta maquiavélica. Igualmente importante es la inteligencia contextual que le permite variar la mezcla de estas habilidades en diferentes situaciones para producir las combinaciones exitosas que yo llamo "poder inteligente".

Durante su campaña, Obama demostró estas habilidades en su tranquila respuesta a las crisis, su visión de futuro y su soberbia capacidad organizativa. En cuanto a su inteligencia contextual, se había forjado desde abajo, con sus experiencias personales en Indonesia y Kenia y su comprensión de la política norteamericana a partir de su trabajo como organizador comunitario en Chicago.

Obama siguió demostrando estas habilidades en su casi perfecta transición. Al elegir a su principal rival, Hillary Clinton, como secretaria de Estado, y superar el partidismo para retener a Robert Gates como secretario de Defensa, demostró su disposición a contar con subordinados fuertes. En su discurso de toma de posesión, apeló al poder inteligente -"tender una mano abierta a quienes aflojen sus puños"-, pero también mostró responsabilidad en un momento en que los norteamericanos afrontan serios problemas económicos.

Es más, Obama ha iniciado su mandato de manera activa. En sus primeras semanas, ha comenzado sus promesas diseñando un plan de estímulo económico masivo, ordenando el cierre de Guantánamo, concediéndole una entrevista a la cadena Al Arabiya y enviando un importante emisario a Oriente Próximo.

George W. Bush dijo que su papel como líder era ser el que decide. Pero incluso aunque Bush hubiera sido mejor a la hora de decidir, la gente quiere algo más de un líder. Queremos a alguien que nos diga quiénes somos. Juzgamos a los líderes no sólo por la efectividad de sus acciones, sino también por sus significados.

La mayoría de los líderes se alimentan de la identidad y la solidaridad de sus grupos. Pero algunos ven obligaciones morales más allá de su grupo inmediato. Cuando Obama se enfrentó a una crisis por las incendiarias observaciones raciales de su ex pastor, no se evadió del problema, sino que usó el episodio para pronunciar un discurso que sirvió para ampliar la capacidad de entendimiento entre los norteamericanos blancos y negros.

El 11-S fue una oportunidad para que Bush expresara una nueva visión de la política exterior. Pero no logró producir una visión sostenible sobre el liderazgo de EE UU en el mundo. Una visión exitosa es aquella que combina inspiración con viabilidad. Bush nunca entendió esa combinación.

Obama necesitará utilizar tanto su inteligencia emocional como contextual si ha de restablecer el liderazgo norteamericano. Hace una década, lo convencional era pensar en un mundo con una hegemonía norteamericana unipolar. Los neocons llegaron a la conclusión de que EE UU era tan poderoso que podía hacer lo que quería, y que los demás no tenían otra alternativa que seguirle.

Este nuevo unilateralismo se basaba en un entendimiento profundamente erróneo de la naturaleza del poder -la capacidad de movilizar a los otros para obtener los resultados que uno quiere- en la política mundial. EE UU puede ser la única superpotencia, pero preponderancia no es imperio; puede influir, pero no controlar a otras partes del mundo. Que ciertos recursos produzcan poder siempre depende del contexto.

Para entender el poder y sus contextos en el mundo hoy, sugerí la metáfora de un juego de ajedrez tridimensional. En el tablero superior del poder militar, EE UU es la única superpotencia. En el tablero intermedio de las relaciones económicas, el mundo ya es multipolar. EE UU no puede obtener los resultados que quiere en comercio, lucha contra los monopolios y otras áreas sin la cooperación de la Unión Europea, China, Japón y otros. En el tablero inferior de las relaciones transnacionales fuera del control de los gobiernos -pandemias, cambio climático, control del narcotráfico o terrorismo transnacional, por ejemplo-, el poder está distribuido de manera caótica. Nadie ejerce el control.

Éste es el mundo complejo en el que Obama asume el liderazgo. Hereda una crisis económica global, dos guerras en las que hay desplegadas tropas estadounidenses y aliadas, crisis en Oriente Próximo y el sur de Asia y la lucha contra el terrorismo. Tendrá que lidiar con este legado y al mismo tiempo trazar un nuevo horizonte. Tendrá que tomar decisiones difíciles y a la vez crear una mayor sensación de sentido, donde EE UU vuelva a exportar esperanza y no miedo. Ésa será la prueba de fuego de su liderazgo.


Fuente: ElPaís.com / © Project Syndicate, 2009.
Autor: Joseph S. Nye, Jr., decano de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, fue presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos y Secretario Adjunto de Defensa en el gobierno de Clinton. Autor de Soft Power: The Means to Success in World Politics.
Fotografía: las manos de Barack Obama.

+ Leer más...

lunes, 2 de febrero de 2009

Inseguridad cibernética. Por Joseph S. Nye

En agosto de 2008 las tropas rusas entraron en Georgia. Los observadores no están de acuerdo en quién disparó primero, pero hubo una dimensión a la que se prestó poca atención y que tendrá enormes repercusiones para el futuro. En las semanas anteriores al estallido, piratas informáticos atacaron las páginas web del Gobierno georgiano. Así que el enfrentamiento entre Rusia y Georgia es el primer conflicto armado que ha ido acompañado de una serie de ataques informáticos importantes.

Las amenazas cibernéticas son un ejemplo del aumento de la vulnerabilidad y la pérdida de control en las sociedades modernas. Los Gobiernos se han preocupado sobre todo por los ataques contra las infraestructuras informáticas de sus propias burocracias, pero existen puntos vulnerables en la sociedad mucho más allá de los ordenadores oficiales.

En una carta abierta dirigida al presidente de Estados Unidos en septiembre de 2007, varios profesionales norteamericanos del sector de la defensa cibernética advertían de que "las infraestructuras críticas de Estados Unidos, en concreto la energía eléctrica, las finanzas, las telecomunicaciones, la sanidad, los transportes, el agua, la defensa e Internet, son muy vulnerables a los ataques informáticos. Es necesario actuar de manera rápida y decidida para evitar una catástrofe nacional".

Algunas perspectivas, como la de un Pearl Harbor electrónico, parecen alarmistas, pero sirven para ilustrar el traspaso de poder desde los Gobiernos centrales a los individuos. En 1941 la poderosa marina japonesa usó numerosos recursos para causar daños a miles de kilómetros de distancia. Hoy, un solo pirata que emplee software malintencionado puede provocar el caos en lugares lejanos sin que le cueste mucho.

Además, la revolución de la información permite a los individuos cometer sabotajes a una velocidad y una escala sin precedentes. Se calcula que el llamado "virus del amor", lanzado en Filipinas en 2000, ha causado daños por valor de miles de millones de dólares. Y los terroristas también pueden explotar la nueva vulnerabilidad del ciberespacio para emprender una guerra asimétrica.

En 1998, cuando EE UU presentó una queja por siete direcciones de Internet de Moscú implicadas en el robo de secretos del Pentágono y la NASA, el Gobierno ruso respondió que los números de teléfono desde los que se habían originado los ataques no estaban en funcionamiento. EE UU no pudo saber si el Gobierno ruso había participado o no. Más recientemente, en 2007, se acusó al Gobierno chino de patrocinar miles de incidentes de piratería informática contra ordenadores del Gobierno federal alemán y sistemas de la defensa y el sector privado de EE UU. Pero era difícil probar el origen de los ataques, y el Pentágono tuvo que cerrar varios de sus sistemas informáticos. En 2007, cuando el Gobierno estonio quitó una estatua de la II Guerra Mundial que conmemoraba a los muertos soviéticos, los piratas se vengaron con un costoso ataque consistente en la denegación de servicios que obstruyó el acceso de Estonia a Internet. No hubo forma de demostrar si este ataque se produjo con la ayuda del Gobierno ruso, fue un movimiento espontáneo de respuesta nacionalista o ambas cosas a la vez.

En enero de 2008, George W. Bush firmó dos órdenes presidenciales que exigían el establecimiento de un plan exhaustivo de seguridad informática y pidió 6.000 millones de dólares en las partidas de 2009 con el fin de desarrollar un sistema para proteger la seguridad cibernética nacional. El presidente electo probablemente seguirá adelante con el plan. En su campaña, Obama exigió nuevas normas sobre la seguridad informática y la resistencia física de las infraestructuras críticas, y prometió nombrar a un asesor especializado que dependerá directamente de él y será responsable de desarrollar una política y de coordinar los esfuerzos de los organismos federales.

La tarea no será fácil, porque muchas de las infraestructuras en cuestión no están bajo control directo del Gobierno estadounidense. Además, Donald Kerr, subdirector nacional de Inteligencia, habló hace poco de lo que llamó "ataques contra la cadena de suministro", en los que los piratas no sólo roban información privada sino que insertan datos y programas erróneos en el hardware y el software de las redes de comunicación; unos caballos de Troya que pueden hacer que los sistemas se vengan abajo.

Los Gobiernos pueden confiar en la disuasión contra los ataques informáticos como pueden confiar en ella contra los ataques nucleares o con otro tipo de armas. Pero la disuasión necesita que la amenaza de respuesta sea creíble para el atacante. Y eso es mucho más difícil en un mundo en el que a los Gobiernos les resulta difícil saber de dónde proceden los ataques. Aunque unas leyes internacionales que definan con más claridad los ataques informáticos y la cooperación en materia de medidas preventivas pueden ayudar, es probable que ese tipo de soluciones, de control de armas, no sea suficiente. Tampoco bastarán las medidas defensivas, como construir firewalls electrónicos y crear redundancias en sistemas delicados. Dada la enorme cantidad de incertidumbres que entran en juego, las nuevas dimensiones informáticas de la seguridad deben ser una prioridad de todos los Gobiernos.


Fuente: ElPaís.com / © Project Syndicate, 2008.
Autor: Joseph S. Nye, Jr., decano de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, fue presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos y Secretario Adjunto de Defensa en el gobierno de Clinton. Autor de Soft Power: The Means to Success in World Politics.
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia.

+ Leer más...

martes, 20 de enero de 2009

Los límites del poder de la Casa Blanca. Por Joseph S. Nye

Este articulo ha salido publicado el día 7 de noviembre de 2008, en el diario El País, de España y lo he reservado para reproducirlo hoy; el día que Barack Obama es investido como el 44º Presidente de los Estados Unidos de América, días antes del 200 aniversario del nacimiento del presidente Abraham Lincoln. Editor

Uno de los primeros retos con los que se va a encontrar el presidente Barack Obama es la actual crisis financiera, que ha puesto en tela de juicio el poder estadounidense. Un artículo aparecido en The Far Eastern Economic Review proclama que "la crisis de Wall Street presagia un giro tectónico mundial: el comienzo del declive del poder estadounidense". El presidente ruso, Dmitri Medvédev, cree que la crisis es una señal de que el liderazgo mundial de EE UU está llegando a su fin, y el presidente venezolano, Hugo Chávez, ha declarado que Pekín es ya mucho más importante que Nueva York.

Sin embargo, el dólar, símbolo del poder de Estados Unidos, ha subido, en vez de bajar. Como destaca Kenneth Rogoff, catedrático de Harvard, "es irónico, después de que hayamos metido la pata hasta el fondo, que la reacción de los extranjeros sea invertir más dinero en nuestro país". Cuando Estados Unidos contrajo la gripe financiera, otros países le siguieron. Muchos extranjeros pasaron rápidamente de alegrarse del mal ajeno a tener miedo; y se refugiaron en la seguridad de los bonos del Tesoro estadounidense.

La fuerza de la economía estadounidense sigue siendo impresionante. El mal comportamiento de Wall Street y los reguladores estadounidenses le ha costado mucho al país en atractivo de su modelo económico, pero el golpe no tiene por qué ser fatal si, a diferencia de Japón en los años noventa, EE UU consigue absorber las pérdidas y limitar los daños. La economía estadounidense es la más competitiva del mundo, por la flexibilidad de su mercado de trabajo, la educación superior, la estabilidad política y la apertura a la innovación.

No obstante, cabe preguntarse sobre el futuro a largo plazo del poder estadounidense. Una previsión para 2025 que está elaborando el Consejo Nacional de Inteligencia de EE UU cree que el dominio de este país estará "muy disminuido" y que el terreno fundamental en el que persistirá la superioridad norteamericana -el poder militar- tendrá menos importancia en el mundo competitivo del futuro. No se trata tanto del declive de Estados Unidos como del ascenso de los demás.

En el mundo actual, el reparto de poder se parece a un complejo juego de ajedrez tridimensional. En el tablero superior, el poder militar es, en gran parte, unipolar, y seguramente seguirá siéndolo durante un tiempo. Pero, en el tablero intermedio, el poder económico ya es multipolar, con Estados Unidos, Europa, Japón y China como jugadores fundamentales y otros que adquieren cada vez más importancia.

El tablero inferior es el ámbito de las relaciones transnacionales que escapan al control de los Gobiernos. En él hay actores tan variados como los banqueros, los terroristas y los piratas informáticos. En él se incluyen también nuevos retos como las pandemias y el cambio climático. En este tablero inferior, el poder está muy disperso, y no tiene sentido hablar de unipolaridad, multipolaridad o hegemonía.

Después de la crisis financiera, el factor en la política interestatal más importante será la continuación del "regreso de Asia". El ascenso de China e India puede crear inestabilidad, pero es un problema con precedentes, y la historia puede enseñarnos cómo la política puede influir en el resultado. Hace un siglo, Gran Bretaña abordó el ascenso del poder estadounidense sin conflictos, mientras que el mundo no supo ocuparse debidamente del ascenso del poder alemán y eso desembocó en dos guerras mundiales.

También hay que hacer algo respecto al ascenso de los actores no estatales. En 2001, un grupo no estatal mató a más estadounidenses de los que Japón había matado en Pearl Harbor. Una pandemia propagada por aves o por viajeros en avión podría matar a más gente de la que murió en las dos guerras mundiales.

El reto al que se enfrenta Barack Obama es que cada vez hay más cuestiones y problemas que se escapan al control de los Estados, incluso del más poderoso. Aunque EE UU sigue saliendo bien parado según las formas tradicionales de medir el poder, dichas formas están cada vez más anticuadas para captar lo que hoy define la política mundial, que, debido a la revolución de la información y a la globalización, está cambiando de tal manera que es imposible que los estadounidenses logren todos sus objetivos internacionales si actúan a solas.

Por ejemplo, la estabilidad financiera mundial es fundamental para la prosperidad de Estados Unidos, pero se precisa la cooperación de otros países para garantizarla. El cambio climático también afectará a nuestra calidad de vida, pero Estados Unidos no puede abordar el problema por su cuenta. Y, en un mundo en el que las fronteras son cada vez más porosas y permiten el paso de todo, desde las drogas hasta el terrorismo, pasando por las enfermedades infecciosas, Estados Unidos debe movilizar coaliciones internacionales para afrontar amenazas y problemas comunes.

Estados Unidos es la mayor economía del mundo y su liderazgo seguirá siendo crucial. El problema del poder estadounidense tras la crisis financiera no es que esté en declive, sino que es preciso darse cuenta de que ni siquiera el país más poderoso puede alcanzar sus objetivos sin la ayuda de los demás. Por suerte, Barack Obama es consciente de ello.


Fuente: ElPaís.com / © Project Syndicate, 2008.
Autor: Joseph S. Nye Jr., decano de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, fue presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos y Secretario Adjunto de Defensa en el gobierno de Clinton. Autor de Soft Power: The Means to Success in World Politics.
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia.

+ Leer más...

viernes, 21 de noviembre de 2008

Regresa el 'poder blando'. Por Paul Kennedy

El mundo ha acogido con esperanza la victoria de Obama. El futuro presidente puede y debe restablecer con algunos actos concretos la dañada imagen de su país. Wilson, Roosevelt y Kennedy son buenos ejemplo.

Hay mucho que decir -y se está diciendo- sobre la histórica victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, y los analistas de las fascinantes transformaciones de la sociedad estadounidense actual pueden explicar el resultado mucho mejor que yo. Pero, cuando observaba la extraordinaria reacción de otros países al triunfo de Obama, a la mañana siguiente de que el mundo conociera su victoria, sentí la tentación de ir un poco más allá.

¿Contribuirá el atractivo de este hombre en todo el mundo a la capacidad de Estados Unidos de persuadir a otros países para que acepten su liderazgo y aprueben medidas que Washington desee pero sobre las que los demás miembros del sistema internacional puedan no sentir tanto entusiasmo? ¿Convencerá a los Gobiernos y los pueblos de otras naciones de que las políticas made in USA son buenas para la humanidad en su conjunto?
Porque ésa es, al fin y al cabo, la definición del término poder blando defendida por el profesor de Harvard Joseph Nye en unos libros publicados en los años noventa. Durante demasiado tiempo, alegaba Nye, los estudiosos habían prestado una atención excesiva a los aspectos más duros del poder militar, económico y financiero, y habían ignorado la importancia de las características nacionales que permitían que determinados países "hicieran amigos e influyeran en la gente" mejor que otros.

Nye consideraba que un estilo de vida atractivo, una cultura interesante, la capacidad de ir de la mano de la opinión mundial en vez de ir en su contra, podían ser unas herramientas tan útiles para un país como la habilidad de los diplomáticos, la solidez financiera e incluso los grandes portaaviones. Es evidente que cuando Nye elaboró estas ideas, creía que Estados Unidos contaba con la mayoría de los atributos del poder blando; pensaba, con razón, que Hollywood, MTV y la cultura juvenil norteamericana tenían mucho más atractivo para el mundo que la desintegrada Unión Soviética y la falta de libertades en China.

Además, amplias zonas del mundo avanzaban en la dirección señalada por los fundadores de la nación norteamericana: democracia, imperio de la ley, libertad económica, etcétera. La posición de EE UU en el mundo estaba reforzándose, para confusión de los que escribían sobre el declive norteamericano. Las tres patas sobre las que se apoyaba su preeminencia -el poder militar, el poder económico y el poder blando- iban a mantener a la república en la cima durante generaciones.

Pero entonces llegaron George W. Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld y las políticas neocon de activismo militar, agresividad ideológica, anulación de derechos humanos esenciales, excesiva importancia de "la guerra contra el terror" y una repugnancia patológica, ejemplificada en John Bolton, hacia el multilateralismo. De acuerdo con todas las formas de medir la opinión mundial -por ejemplo, los sondeos de la Fundación Pew-, el Gobierno de Bush se convirtió en la más impopular de la historia reciente de Estados Unidos. No es extraño, por tanto, que el poder blando estadounidense se viniera abajo. La capacidad de la Casa Blanca de convencer a otros países desapareció; la simpatía mundial tras los atentados del 11-S se evaporó poco a poco, incluso en países tradicionalmente amigos de Estados Unidos.

La alegría colectiva que experimentó hace dos semanas todo el mundo ante el final de la era de Bush fue prueba de hasta qué punto el país de Lincoln, Wilson, Franklin Delano Roosevelt y Kennedy se había ganado la antipatía internacional durante los últimos ocho años.

Sin embargo, el poder blando (soft power), quizá por su propia naturaleza, es muy volátil. Y seguramente es más ajustable y moldeable que, por ejemplo, un declive relativo y prolongado del poder militar y estratégico. Así que la pregunta que debe interesarnos es ésta: ¿servirá la victoria electoral de Barack Hussein Obama para devolver a Estados Unidos la tercera pata del taburete que sostiene su posición mundial: la ventaja del atractivo político e ideológico?

A juzgar por las noticias aparecidas en la prensa de todo el mundo, la respuesta es un sí sin reservas. Como era de prever, el presidente francés Nicolas Sarkozy, siempre dispuesto a ser el primero, envió a Obama este mensaje: "Su elección suscita en Francia, en Europa y en todo el mundo una inmensa esperanza". Y ofreció un abrazo francés que el próximo inquilino de la Casa Blanca haría bien en aceptar con cautela, aunque los sentimientos sean sinceros. Por lo demás, el júbilo en África e Indonesia, que sacan a relucir su relación con Obama, es general. Y según The New York Times, un librero de 24 años de Caracas, Venezuela, dijo: "Es agradable poder volver a sentirnos satisfechos de EE UU".

Los regímenes que no permiten elecciones libres están claramente inquietos por la onda expansiva de Obama, del mismo modo que sus adversarios políticos se sienten animados por este ejemplo asombroso de transparencia democrática. E incluso al fundamentalista más ciego de Hezbolá o Irán le será difícil acusar a alguien llamado Barack Hussein (descendiente del profeta) de tener un prejuicio antimusulmán intrínseco.

Desde luego, si Obama intenta apoyarse exclusivamente en los buenos deseos internacionales para impulsar políticas que beneficien a Estados Unidos, será como un automóvil que tratase de funcionar con aire caliente en vez de gasolina; y la luna de miel se acabará de inmediato.

Lo que debe hacer el próximo presidente es reconocer con claridad cuáles son las esperanzas que le han dado tanta popularidad en tantas partes distintas del mundo: las esperanzas africanas de que preste verdadera atención y ayude de verdad al atribulado continente; los deseos latinoamericanos de que mantenga las políticas liberales en comercio e inmigración, haga algo para superar el punto muerto en las relaciones con Cuba y muestre verdadero respeto por Latinoamérica; las aspiraciones en Europa, Canadá y Australia de que se tome en serio las obligaciones de Estados Unidos con las instituciones y los tratados internacionales, incluidos los compromisos ambientales y antiproteccionistas; y las esperanzas de los árabes moderados de que ofrezca algo más que buenas palabras a los palestinos.

Todas estas aspiraciones son mucho más fáciles de proclamar que de hacer realidad, como sin duda sabe Obama, y todas necesitarán compromisos entre algunas de sus promesas de campaña a los votantes estadounidenses y los simpatizantes con los que cuenta en el extranjero. Pero, si verdaderamente quiere restaurar el poder blando de su país, tendrá que empezar por ofrecer al mundo algunas de las cosas con las que sueñan los extranjeros; no todo el paquete, por supuesto, pero sí algunos elementos que den buena imagen y ayuden a aplacar los numerosos temores y preocupaciones mundiales.

Para eso, le será muy útil estudiar con detalle la retórica y las políticas de sus antecesores Wilson, FDR y JFK. Porque, como saben los historiadores de esas presidencias, ninguno de estos estadistas hizo nada más que defender los intereses "nacionales" de Estados Unidos. Lo que tuvieron en común fue el ingenio y la inteligencia para saber combinar lo que convenía a su país con lo que convenía al mundo o, al menos, a grandes partes de él. Convencieron a millones de personas en todo el planeta de que debían tener fe en el compromiso, el juicio y el liderazgo de EE UU y, por consiguiente, tomarse en serio las propuestas reformistas nacidas de la Casa Blanca. Y eso es la esencia del poder blando.

Ahora bien, este poder, como es blando, puede disolverse con rapidez. Una buena parte de un mundo ansioso espera anhelante la llegada de la presidencia de Obama y, en su mayoría, tiene la sensatez suficiente para no contar con una especie de milagro en los 100 primeros días. La gente va a juzgar lo que vea, como los votantes de Ohio y Florida, y está dispuesta a conceder al nuevo hombre el beneficio de la duda, pero no siempre, quizá no durante mucho tiempo. Como tantas otras cosas en la vida y la política, el intento de Obama de restaurar el poder blando estadounidense tiene un plazo.


Fuente: El País.com
Autor: Paul Kennedy ocupa la cátedra J. Richardson de Historia y es director del Instituto de Estudios sobre Seguridad Internacional en la Universidad de Yale. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © 2008, Tribune Media Services, Inc

+ Leer más...