OPERACIÓN REDIMENSIONAMIENTO / OJO ADVENTISTA.
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domingo, 4 de octubre de 2009

60 años no es nada. Francisco G. Basterra

Sesenta años son sólo una brizna de historia, pero para China han supuesto un inmenso salto desde una sociedad campesina a la tercera economía del mundo, a una nación orgullosa respetada globalmente, con clases medias que compran en Ikea y un sistema que en 30 años ha conseguido sacar a 300 millones de habitantes de la pobreza. Una política exterior global que se proyecta en África, Latinoamérica y Oriente Medio, sedienta de materias primas. Un país indispensable para afrontar el cambio climático -es al tiempo el primer contaminador de la atmósfera- o detener a los ayatolás de Irán. Pero viendo las imágenes de la colosal celebración del aniversario del nacimiento de la China comunista, el salto no es tan manifiesto. Desde el mismo lugar en el que Mao proclamó, el 1 de octubre de 1949, el nacimiento de la República Popular China: "El pueblo chino se ha levantado", su sucesor, Hu Jintao, con un traje de cuello Mao de diseño, presidía un desfile de masas y cacharrería militar, sólo de fabricación china, con una coreografía réplica de los mejores años de la URSS de Stalin. Había sido prohibido en todo Pekín el vuelo de cometas y la población tenía órdenes estrictas de no asomarse a las ventanas. Un millón de voluntarios estaban encargados de asegurar la estabilidad social del acontecimiento y de informar de comportamientos sospechosos. Control total: hasta las nubes habían sido bombardeadas horas antes para anticipar la lluvia y conseguir un día radiante. Aunque 1949 y 2009 separan a dos mundos, el dirigismo estatal y el orden son todavía en China valores superiores a las libertades y al individuo. La ceremonia proyectó una imagen de poder en ascenso, orgullo nacional, una enorme fuerza controlada.

El jueves no se celebraba en la gigantesca explanada de Tiananmen a la China de Mao, sino a la China del pequeño timonel, Deng Xiaoping. La historia de la República Popular tiene dos capítulos claramente diferenciados. Los primeros 30 años son de Mao: el sagaz líder campesino vencedor de una guerra civil devuelve la dignidad y la integridad territorial a China. Copia el modelo soviético y pone en marcha una brutal operación de ingeniería social, con el Gran Salto Adelante. Una tremenda hambruna y millones de muertos pusieron término a esta locura. En 1966, el Gran timonel desató la Revolución Cultural, una orgía de terror para restaurar la pureza de su revolución. A Deng, acusado de "burgués y reaccionario", le costó el exilio interior, y su hijo mayor, Deng Pufang, quedó parapléjico tras ser torturado. El resistente Deng hace la autocrítica, vuelve rehabilitado a Pekín y, en 1979, abre las compuertas al pragmatismo, dejando que los hechos, no la ideología, sean el principio rector del sistema. Allí pronuncia su famosa frase: "No importa si es un gato negro o un gato blanco. Siempre que sepa cazar ratones será un buen gato". Deng daba paso al socialismo con características chinas que ha permitido multiplicar por 14 el crecimiento de la economía en 30 años. China continúa sin embargo siendo un país pobre. Un estudio del FMI señala que, en términos de Producto interior bruto per cápita, no está todavía entre los primeros 100 países del mundo: se sitúa por detrás de Cabo Verde y por encima de Irak. Pero al tiempo es el taller mundial: fabrica las dos terceras partes de todas las fotocopiadoras y zapatos, el 30% de los ordenadores personales, el 60% de los móviles, y el 75% de los juguetes. China ha salido antes de la recesión, tirando de otras naciones y consolidando así su peculiar sistema híbrido: un cuasi capitalismo de Estado con un autoritarismo semidemocrático, en palabras del profesor David Shambaugh, en la revista Time.

Responder a la cuestión de ¿adónde va China? es uno de los ejercicios más apasionantes de este comienzo de siglo. Estamos, 60 años después de su nacimiento, ante un país, una sociedad, no comunista dirigida por un partido comunista. Gran pirueta histórica. La legitimidad del PCCh se ha sostenido en su capacidad de ofrecer prosperidad económica, manejando los desequilibrios campo/ciudad, ya existen las clases sociales, y abriendo con extremada cautela la válvula de las libertades. Todo ello sin perder su monopolio del poder. Topa con muchos problemas: la degradación del medioambiente, la corrupción, la integración de los otros: disidentes urbanos, musulmanes de Xinjiang, tibetanos. El éxito del modelo ha provocado una nueva revolución, la de las expectativas crecientes. Si es capaz de continuar alimentándolas, 60 años puede que no sean nada.


Fuente: El País.com
Autor: Francisco G. Basterra, español, docente de la Universidad Complutense. Ex director general de CNN+ y director de los Servicios Informativos de Canal+. Colaborador habitual de El País, del cual fue subdirector de la edición dominical

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domingo, 5 de julio de 2009

4 de julio en el Mall. Por Francisco G. Basterra

Estados Unidos celebra hoy (ayer) la fiesta de su independencia: banderas desplegadas, barbacoas, fuegos artificiales, perritos calientes (el año pasado se consumieron 150 millones), cerveza. La principal celebración será en el Mall de Washington, la gran avenida imperial que conecta el monumento a Lincoln con el Capitolio, el mismo lugar en el que el 20 de enero tomaba posesión de la presidencia Barack Hussein Obama. Es un buen momento para detenerse a pensar en estos primeros seis meses del primer presidente negro que, por encima de todo, ya ha pasado una esponja capaz de lavar la pésima imagen arrastrada por su país desde comienzos del nuevo siglo. Hoy también se abre de nuevo al público en Nueva York la estatua de la Libertad, cerrada a las visitas tras los ataques terroristas del 11-S. Todo un símbolo del comienzo de una nueva época en la que Obama ha prometido conciliar la seguridad con las libertades. Promesa que ya ha chocado con la realidad, con el difícil funambulismo realizado por el presidente a la hora de acabar con la ignominia de Guantánamo.

Por encima de la vibrante retórica, la apertura al mundo musulmán y la mano tendida a los enemigos, Barack Obama ha podido constatar ya los límites de su presidencia. Abraham Lincoln admitía, en 1864: "No he controlado los acontecimientos. Por el contrario, éstos me han controlado a mí". Obama ya ha recibido las llamadas telefónicas de las tres de la madrugada de Corea del Norte, Pakistán, Afganistán, Jerusalén, Teherán, con el mensaje de que la realidad internacional es tozuda y las buenas intenciones por sí solas no la cambian.

Esta semana le sacó de la cama el golpe de Honduras, en el antiguo patio trasero de Estados Unidos, en Latinoamérica, resucitando una ominosa historia, que ya dábamos por enterrada, de invasiones y golpes militares, protagonizada desde el siglo pasado por Washington. Pero ahora la respuesta de Obama ha sido la opuesta: condenar el golpe, dejar que actúe la Organización de Estados Americanos y evitar prudentemente que el caudillo Hugo Chávez, su gran antagonista continental, pueda acusarle de intervención yanqui en los asuntos hemisféricos. Sería impensable que, hace 30 años, un Ejército como el hondureño, formado y financiado por Washington, hubiera sacado de la cama de madrugada a punta de fusil a un presidente sin la luz verde de la Casa Blanca. ¿Recuerdan que en la noche del 23-F, Alexander Haig, secretario de Estado del presidente Reagan, calificó el golpe de Tejero como "un asunto interno"?

Obama también ha demostrado prudencia ante la crisis de Teherán, manteniendo el ofrecimiento de abrir un diálogo directo con la teocracia iraní por encima de la convulsión interna de un régimen que sigue viendo a EE UU como el Gran Satán. En los dos casos, uso del poder blando de la única superpotencia todavía realmente existente, aunque sea por descarte. Templanza asimismo en Irak, donde todavía no ha cerrado la guerra desatada por George Bush, pero sí ha iniciado una retirada de las tropas estadounidenses, de momento de las ciudades. Por el contrario, en Afganistán, Barack Obama ya tiene su guerra propia. El jueves lanzaba una operación de 4.000 marines en el valle del río Helmand, en un intento de limpiar de talibanes esta provincia sureña, productora de opio, con el que se financian los insurgentes. Pero también es una acción militar con componente civil, porque las tropas ocuparán aldeas con un objetivo de reconstrucción y ayuda a la población. En cualquier caso, la guerra de Afganistán, complicada por la inestabilidad de Pakistán, es la apuesta más arriesgada para el nuevo Estados Unidos de Obama. Y la próxima semana el presidente celebrará en Moscú su primera cumbre con Rusia. Se trata de ver si abraza, y con qué condiciones, al oso ruso, reiniciando una relación bastante deteriorada. Barack se ha curado en salud y ha advertido que Putin "todavía tiene un pie en la guerra fría".

Pero al final del día serán la crisis económica, reavivada con una mala cifra de paro que ya alcanza al 9,5% de los estadounidenses, presagiando una recuperación sin empleos, y la difícil reforma de la sanidad, que el presidente pretende presentar este mismo mes a un Congreso incrédulo, las cuestiones que definirán el éxito de la Administración de Obama. Todavía no sabemos ante qué presidente nos encontramos: el buenista pragmático, para algunos blando y excesivamente componedor, que cree sobre todo en el diálogo, o el idealista sin ilusiones, como se definió John Kennedy, que será capaz de forzar la mano de sus adversarios en el exterior y en la escena doméstica y cambiar la historia. Aún es pronto para responder.


Fuente: El País.com
Autor: Francisco G. Basterra, español docente en la Universidad Complutense. Ex director general de CNN+ y director de los Servicios Informativos de Canal+. Colaborador habitual de El País, del cual fue subdirector de la edición dominical

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miércoles, 29 de abril de 2009

Cien días bien aprovechados. Por Francisco G. Basterra

El historiador británico Arnold Toynbee escribió que "no hay armadura que proteja del destino". A Barack Obama le ha alcanzado el destino pocos días antes de cumplir los primeros 100 días en la Casa Blanca, el próximo miércoles 29 de abril. Le ha golpeado la memoria histórica: el legado de Bush mal enterrado, con las torturas autorizadas por el presidente número 43 y diseñadas por su equipo de fundamentalistas, al margen de la ley y en nombre de la seguridad nacional, para obtener "resultados" en la lucha contra el terrorismo. La tormenta perfecta ha descargado sobre Obama, que no desea abrir un juicio sobre el pasado reciente de Estados Unidos. No puede aparecer como blando en la defensa frente a Al Qaeda ni desea abrir una causa general contrabrir una causa general contra su antecesor, que podría provocar un desgarro civil cuando Estados Unidos vive la mayor crisis económica desde la Gran Depresión. No olvidemos, con perspectiva histórica, un antecedente significativo: el perdón concedido en 1974 por Gerald Ford al presidente Nixon tras el escándalo Watergate. Sirvió para cauterizar heridas y unir a la nación en los difíciles momentos de la primera dimisión en la historia de un presidente.

Como le ocurrió a John F. Kennedy en sus primeros 100 días, en plena guerra fría, también a Obama, casi medio siglo después, se le ha aparecido el fantasma de la CIA. Para JFK fue el regalo envenenado de Eisenhower y la CIA de Allen Dulles, con la invasión de Cuba por mercenarios con apoyo militar norteamericano que concluyó, en abril de 1961, con el fracaso de Bahía Cochinos y la consolidación del castrismo. Kennedy no se atrevió a suspender la invasión servida en bandeja por su antecesor republicano. Obama se vio obligado la semana pasada a acudir a la sede de la CIA, en Langley, a las afueras de Washington, para garantizar a sus agentes que no serán perseguidos legalmente por las torturas perpetradas contra supuestos terroristas islámicos. El presidente de EE UU ya ha topado con la razón de Estado y la zona gris de la política, que acaban encogiendo las promesas y los ideales morales del político en campaña.

Lincoln tenía razón cuando confesó: "No he controlado los acontecimientos, éstos me han controlado a mí". Pero la tozudez de las historias mal sepultadas, en España todavía lo debatimos, sólo empaña parcialmente el arranque fulgurante y, en gran medida, acertado de la presidencia de Obama. Lógicamente no puede reclamar aún logros importantes. Pero Obama sí ha demostrado que es capaz de hacer más de dos cosas a la vez. Aun siendo consciente de que la lucha contra la crisis hará o deshará su presidencia, ha atendido a otros frentes. Obama ha conseguido en este primer compás de su presidencia dos objetivos fundamentales. En primer lugar, ha obtenido la luz verde del resto del mundo para que sea EE UU, el país que ha infectado todo el planeta, quien refunde el capitalismo. Para ello utilizará las mismas instituciones que le han servido para mantener su hegemonía económica desde 1945. El fin del capitalismo tendrá que esperar.

En segundo lugar, Obama ha pasado la esponja para lavar la negativa imagen de EE UU consolidada globalmente tras ocho años de presidencia de Bush. Con sus promesas de diálogo entre iguales, de no imposición -"He venido a escuchar, no a dar lecciones", dijo en Europa- y reconocimiento de errores en Latinoamérica arrebata las banderas de las que se ha alimentado el antiamericanismo. Se trata de dar los primeros pasos para restaurar una cierta indispensabilidad de EE UU, ayudada por una China embebida en sí misma, y una Europa incapaz de traducir su peso demográfico y económico en influencia polío a Turquía y ha ofrecido un diálogo respetuoso con el mundo musulmán. Ha reconocido la importancia de Irán; ha reprogramado la relación con Rusia y anuncia un diálogo estratégico y económico con la poderosa China. Sin embargo, se le ha atragantado Oriente Próximo y plantea una nueva guerra en Afganistán mientras el radicalismo islámico amenaza con colapsar Pakistán.

Obama todo lo hace con sentido práctico. Salta por encima del proceso político y continúa en campaña dirigiéndose directamente a los ciudadanos. Utiliza como nadie el púlpito que le ofrece la Casa Blanca. Su ideología es el estilo, la visión de futuro, la promesa de un nuevo EE UU. Ha visto el otro lado del túnel o así nos lo hace querer creer. No nos engañemos, Obama rechaza el declive de EE UU. Probablemente crea que podrá ejercer durante años una hegemonía benigna. Como ha escrito Parag Khanna en su provocador libro, recién publicado en España, El segundo mundo (Paidós), "EE UU podría realmente incrementar su influencia si atempera su poder". Quizás Obama esté tratando de hacerlo.


Fuente: El País.com
Autor: Francisco G. Basterra, español docente en la Universidad Complutense. Ex director general de CNN+ y director de los Servicios Informativos de Canal+. Colaborador habitual de El País, del cual fue subdirector de la edición dominical.

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